Homilía de Mons. Adolfo González Montes, obispo de Almería, en la Misa de la Cena del Señor, celebrada en la catedral el 24 de marzo
HOMILÍA DE LA MISA IN COENA DOMINI
Lecturas bíblicas: Ex 12,1-8.11-14; Sal 115; 1 Cor 11,23-26; Jn 13,1-15
Queridos hermanos y hermanas:
Nos congrega esta tarde el memorial de la Cena del Señor, en la que Jesús «en la noche en que iban a entregarlo, tomó pan y se lo entregó diciendo: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía”. Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar diciendo: “Este cáliz es la nueva alianza sellada en mi sangre…”» (1 Cor 11,23-25a).
Desde aquella memorable cena la Iglesia celebra la Eucaristía, que contiene el memorial de la alianza nueva y eterna en la sangre de Jesús. Él mismo quiso adelantar sacramentalmente esta alianza, anticipando en la cena el acontecimiento del Viernes Santo. La celebración de la Eucaristía prolonga en el tiempo la presencia sacramental del sacrificio redentor de la cruz. Así, conforme a las palabra del Señor: cada vez que comemos del pan eucarístico y bebemos el cáliz de la salvación anunciamos la muerte del Señor hasta su retorno glorioso (cf. 1 Cor 11,18).
El memorial sacramental de la Eucaristía no es un mero recuerdo o memoria de lo sucedido en tiempo pasado, sino que al igual que entendían la celebración de la Pascua los judíos, en este memorial se hacen presentes a los fieles de alguna forma los acontecimientos celebrados. La institución de la Pascua para Israel tuvo lugar con motivo del «paso del Señor», que trajo consigo la libertad la noche en que los israelitas habían de salir de Egipto, cuando fueron castigados los primogénitos de Egipto para que el Faraón dejara salir a los israelitas. Es lo que hemos escuchado en la primera lectura de esta Misa.
La Pascua judía había de ser llevada a plenitud en la Pascua de Cristo, el Paso de este mundo al padre mediante el sacrificio de la cruz y el derramamiento de la sangre de Cristo. De esta forma la alianza antigua sellada en la sangre de las víctimas animales, ofrecidas en sacrificios incesantes que no podían traer el perdón, dejaba paso a la alianza nueva y eterna en la sangre de Jesús. La Eucaristía y el sacrificio de la cruz son un mismo sacrificio, ya que la Eucaristía hace presente en el altar aquel sacrificio de la cruz realizado de una vez para siempre. El sacrificio eucarístico es ofrecido por el sacerdote, que actúa «en la persona de Jesucristo», que de esta manera sigue siendo el único oferente, igual que la ofrenda sigue siendo la misma: el mismo Cristo que por amor a nosotros aceptó entregarse a la muerte.
Con la Eucaristía Jesús instituyó también el sacerdocio del Nuevo Testamento la noche de la última Cena; y así por medio del ministerio de los sacerdotes, los efectos de aquel sacrificio, que se hace presente en la Misa, son nuestra redención y santificación. Por eso para que lleguen hasta nosotros quiso el Señor que con su muerte no se pusiera fin al sacrificio que él ofrecía una sola vez, por eso «quiso dejar a la Iglesia, su esposa amada, un sacrificio visible (…) donde sería representado el sacrificio sangriento que iba a realizarse una única vez en la cruz, cuya memoria se perpetuaría hasta el fin de los siglos y cuya virtud saludable se aplicaría a la redención de los pecados que cometemos cada día» (Concilio de Trento, Sesión 22ª. Doctrina sobre el santo sacrificio de la Misa, cap. 2: DS 1740, cit. en Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1366).
Estas enseñanzas que nos legó el Concilio de Trento han sido reiteradas por el Vaticano II, que de esta manera nos recuerda: «Cuantas veces se renueva en el altar el sacrificio de la cruz, en el que “Cristo, nuestra pascua, fue inmolado” (1 Cor 5,7), se realiza la obra de nuestra redención» (Vaticano II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, n. 3). La Eucaristía es el gran bien de la Iglesia y su verdadero sacrifico, que aplicamos por los vivos y los difuntos, intercediendo por ellos en atención al único y verdadero sacrificio de Cristo, que se hace presente en el altar. Cristo mismo ha querido asociar a la Iglesia a su sacrifico redentor ordenando celebrar el memorial eucarístico y, por su medio, proclamar su muerte y resurrección, con las cuales se configura el que es bautizado, muriendo al pecado y renaciendo a la nueva vida en Cristo por el agua bautismal y la unción del Espíritu Santo.
Es muy importante que mantengamos claras estas ideas acerca de la santa Misa, para que apreciemos de verdad el don admirable que es la Eucaristía, a cuyo servicio está el ministerio de los sacerdotes. Este ministerio es el ministerio que prolonga la misión que Cristo diera a los apóstoles, enviados por él al mundo a proclamar la salvación y con su autoridad apacentar la grey de los bautizados. El ministerio pastoral está puesto al servicio de la santificación de todos los fieles para proclamar la Palabra e instruir en la fe, para administrar los sacramentos y regir y apacentar con caridad pastoral al pueblo de Dios. El Señor ha querido que los sacerdotes, hombres tomados de entre los hombres, sean conocedores de las debilidades de sus hermanos y ejerzan el ministerio de la misericordia configurados con Cristo; de suerte que —como dice la exhortación de la ordenación de presbíteros— imiten aquello mismo que conmemoran y al celebrar el misterio de la muerte y resurrección del Señor, se esfuercen por hacer morir en ellos mismos el mal y procuren caminar en una vida nueva.
Finalmente, en la liturgia de la palabra de esta Misa, el evangelio de san Juan que hemos proclamado recoge el mandamiento del amor, legado del testamento de Cristo, inseparable de la institución de la Eucaristía y del ministerio sacerdotal. El lavatorio de los pies de los apóstoles aparece en el evangelio como el signo y el ejemplo mediante el cual Cristo quiere dar a entender a sus apóstoles que su ministerio ha sido servicio a los hombres, realizado en obediente cumplimiento de la voluntad redentora del Padre. Lavarse los pies unos a otros será la señal de amor por la que los hombres podrán constatar que son discípulos de Jesús. Hoy nos volvemos con verdadera preocupación a todos nuestros hermanos necesitados, conscientes de que sólo mediante nuestra fraterna ayuda podrán paliar sus necesidades, aun cuando nuestras posibilidades de ayudarlos sean limitadas.
No podemos ser insensibles al sufrimiento de los marginados y de los prófugos y perseguidos, de tantos cristianos como sufren por serlo y de los que huyen de la guerra. Sabemos que los violentos son asesinos, que blasfeman cuando le invocan para matar; y de ellos hemos de defendernos, pero que no sean pretexto para que no hagamos lo que podamos por los que necesitan de nuestra ayuda. No podemos hacerlo todo, es verdad, pero hemos de hacer lo posible por ellos y por los pobres, por los que carecen de trabajo, igual que por los enfermos y las personas dependientes. Cada uno de nosotros puede hacer poco, pero sí poner algo de lo nuestro en la colecta en favor de ellos, y siempre orar, para que tengamos el corazón abierto a las necesidades del prójimo.
Así cumpliremos el mandamient
o del amor y fortaleceremos el testimonio de los cristianos en el mundo, para que por nuestra caridad Cristo sea acogido en el corazón de cada ser humano, para que todos se salven. Hoy cobran especial eco las palabras del apóstol san Pablo: «El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión en el cuerpo de Cristo? Porque uno solo es el pan, aun siendo muchos somos un solo cuerpo, pues todos participamos de un mismo pan» (1 Cor 10,16-17).
Acerquémonos a la mesa del Señor y dejemos que él nutra nuestras vidas y haga de nosotros un cuerpo único, donde todos los miembros cooperen en la salud y las funciones del cuerpo entero. Acerquémonos hoy la Sagrario donde se reserva la Eucaristía que comulgaremos mañana, Viernes Santo, y adoremos al Señor presente con su sacrificio en el sacramento del Altar. Que la visita al Santísimo Sacramento nos reconforte y fortalezca nuestra fe, para ser testigos del amor de Cristo en el mundo.
Que la intercesión de la Santísima Virgen, Madre del redentor y “mujer eucarística”, según la bella expresión de san Juan Pablo II, así nos lo alcance de su propio hijo según la carne, porque el cuerpo y la sangre que de ella recibió se hacen presentes en el altar junto con el alma y la divinidad del que es Dios y hombre verdadero.
S.A.I. catedral de la Encarnación
24 de marzo de 2016
Jueves Santo X Adolfo González Montes
Obispo de Almería