En la Misa Crismal

Homilía de D. Adolfo González Montes, obispo de Almería, en la Misa Crismal

Homilía de la Misa Crismal

Lecturas bíblicas: Is 61,1-3a.8b-9. Sal 88,21-22.25.27 (R/. «Cantaré eternamente las misericordias del Señor»). Ap 1,5-8. Versículo: Is 61,1 («El Espíritu del Señor está sobre mí…»). Lc 4,16-21.

Queridos sacerdotes y diáconos, religiosos y religiosas, y fieles laicos.

Hermanos y hermanas:

         La misa crismal nos congrega un año más en una situación que sigue siendo de riesgo para la salud, por la prolongación de la pandemia que nos aflige y limita nuestros movimientos y relaciones humanas. Aún así, al congregarnos en torno a la palabra de Dios y la Eucaristía no puede impedir que en nuestra asamblea se manifieste sacramentalmente la unidad de la Iglesia, que la Eucaristía realiza en forma plena. En ella se manifiesta la realidad social de la Iglesia, que acontece la relación de Cristo con cuantos formamos parte de la comunión eclesial. Esta relación es la que resulta de ser Cristo cabeza de su cuerpo místico y se da mediante la comunicación del Espíritu con el cual Cristo Jesús ha sido ungido por el Padre de la cual nos hace partícipes.

El anuncio y figura de esta unción la hemos escuchado en Isaías, que habla de la vocación profética del siervo del Señor sellada por la unción del Espíritu que Dios ha derramado sobre él, para capacitarle como depositario de la misión que le confía. El profeta ha sido agraciado con el Espíritu para llevar adelante la misión de «dar la Buena Noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos y a los prisioneros la libertad» (Is 61,1). El Trito-Isaías tiene una perspectiva amplia y generosa ante sí, viendo cercana la hora en que el judaísmo religioso admita a los prosélitos, cuando a los extranjeros —dice el oráculo profético— sean incorporados a la asamblea de los elegidos: «yo los atraeré a mi monte santo del Señor y les alegraré en mi Casa de oración… Porque mi Casa será llamada Casa de oración para todos los pueblos» (Is 56,7). Cuando Jesús purifique el templo de Jerusalén se referirá a él como «casa de mi Padre» (Jn 2,16) y con esta calificación del templo que Isaías llama «casa de oración» (Mt 21,13), lugar de santificación y de gracia donde todas las naciones se encontrarán con Dios.

         Este lugar construido de piedras por los hombres dará paso a la alusión de Jesús al templo de su cuerpo, verdadera edificación de Dios y morada del Espíritu, donde «Dios tuvo a bien hacer residir toda la plenitud [de la divinidad]» (Col 1,19), edificio de su humanidad al que Jesús se refirió en respuesta a los responsables y guardas del templo que le interrogaron por el significado de su actuación. Un cuerpo que se extiende en los que dan realidad social de la Iglesia, pues «el Espíritu habita en la Iglesia y en los corazones de los creyentes como en un templo (cf. 1Cor 3,16; 6,19)»[1]. En él como templo del Nuevo Testamento, se dispensan los sacramentos de la salvación, que purifican con el agua de la salud y sellan con el crisma de la salvación a aquellos a quienes les comunican el Espíritu derramado sobre Jesús, pues por la participación en él, como afirma el Vaticano II, «sus hermanos, reunidos de todos los pueblos, son constituidos por Cristo místicamente en su cuerpo»[2]. El concilio continúa afirmando cómo en este cuerpo la vida de Cristo «se comunica a los creyentes, que se unen a Cristo, muerto y glorificado, por medio de los sacramentos de una manera misteriosa, pero real»[3].

         Como hemos escuchado en el evangelio de san Lucas, es de Cristo de quien procede la comunicación del Espíritu Santo a los creyentes, por medio del cual llegan a los creyentes los efectos de la redención. El evangelio de san Lucas nos muestra a Jesús en la sinagoga de Nazaret afirmando hallarse ungido por el Espíritu y haber sido enviado por el Padre a la misión de sanación anunciada por el profeta Isaías. El fragmento del Apocalipsis que hemos escuchado en esta liturgia de la palabra subraya el alcance universal de la redención de Cristo que nos llega por los sacramentos, don del que «nos ha amado y ha librado de nuestros pecados por su sangre, nos ha convertido en un reino de sacerdotes de Dios su Padre» (Ap 1,1,6): aquel a quien, por su sacrificio, el vidente del Apocalipsis tributa la gloria y el poder que el Padre le ha entregado al Redentor por los siglos. En la visión el que nos ha limpiado y purificado en su sangre aparece victorioso y lleno de gloria elevado sobre las nubes, porque en él se cumple la profecía de Daniel sobre el Hijo del hombre viniendo sobre las nubes del cielo, colocado a la diestra del Poder como depositario del juicio divino y plenipotenciario de Dios (cf. Dn 7,13). Nadie podrá esquivar su visión «coronado de gloria y honor, por haber padecido la muerte» (Hb 2,9); y habiendo sido atravesado por la lanza del soldado, lo verán los mismos que traspasaron su costado (Jn 19,34.37; cf. Za12,10).

El evangelio de san Juan agrega que de su costado brotó sangre y agua (v. 19,34), y esto sucedió para que los redimidos y congregados en la Iglesia vean en el agua y la sangre que brotaron del costado de Cristo los sacramentos que hacen de la Iglesia[4] pueblo de los bautizados y asamblea eucarística, porque todos hemos sido bautizados en un mismo Espíritu para ser un solo cuerpo (cf. 1Cor 12,13). La fe sacramental de la Iglesia, siguiendo las enseñanzas de san Pablo, confiesa que el sagrado rito del bautismo nos identifica con la muerte y resurrección de Cristo: de suerte que «si hemos sido injertados en él por una muerte semejante a la suya, también lo estaremos por una resurrección semejante» (Rm 6,5).

Los santos padres vieron en el agua que brotó del costado del Crucificado el torrente de la regeneración bautismal, igual que vieron en la sangre el vino místico del racimo de uva que madura en los sarmientos de la vid que es Cristo. Una alegoría sostenida por la lectura simbólica de la Escritura, que alcanza también singular belleza en algunos textos patrísticos que ven el Cristo, roca sobre la que se asienta la Iglesia, aquella otra roca de la que brotó el agua en el desierto golpeada por Moisés; y del mismo modo, del cuerpo golpeado del Salvador brotó el agua de bautismal y la bebida de la sangre eucarística, de suerte que todos[5]. Por eso comenta san Juan Crisóstomo que «no accidentalmente brotaron tales arroyos del costado del Señor, sino porque la Iglesia había sido fundada sobre ambos [sacramentos]»[6].

Queridos hermanos sacerdotes, a nosotros no nos está permitido violentar con nuestra rutina y nuestra desidia la realidad santa de los sacramentos, que no podemos determinar a gusto propio, porque son propiedad de Cristo que los ha confiado a la Iglesia; por esto mismo, la ley litúrgica y la ley canónica están puestas al servicio de la identidad sobrenatural de los sacramentos y de su preservación, garantía de la santidad y verdad de los sacramentos. La Iglesia confiesa y protege la verdad y santidad de los sacramentos contra la manipulación y la utilización ideológica de quienes los violentan, para acomodar su comprensión a la cultura dominante, que pretende usarlos a discreción.

Del mismo modo que la ley canónica está en la Iglesia para sostener su identidad apostólica y su unidad. No es la Iglesia la que crea los sacramentos, sino la que los recibe de Cristo y del Espíritu que en ella mora y vivifica el cuerpo eclesial, confirmando y robusteciendo la gracia bautismal mediante la crismación de los bautizados. No es necesario ponderar el simbolismo bíblico de la unción bautismal, porque en ella actúa el mismo Espíritu que ungió a Cristo, de cuya unción son hechos partícipes los que son marcados con el santo crisma. Esta unción sacramental consagra al pueblo sacerdotal de los bautizados, y de manera análoga la unción con los santos óleos deja sentir los efectos de la acción del Espíritu fortaleciendo a los catecúmenos, aliviando a los enfermos y perdonando a los pecadores que han de transitar por la muerte con Cristo a la vida eterna.

Al consagrar hoy en nuevo crisma y bendecir los óleos, deberíamos reparar una vez más en el alcance de las dos tradiciones de la Iglesia, que en Oriente destaca la unidad de la iniciación cristiana y en Occidente «la comunión del bautizado con su obispo, garante y servidor de la unidad de su Iglesia, de su catolicidad y su apostolicidad y, por ello, el vínculo con los orígenes apostólicos de la Iglesia de Cristo»[7]. Siendo el Obispo quien hace la colación de la Eucaristía, es ministro de la unidad de la Iglesia para la cual se confecciona el sacrificio eucarístico, y es el Obispo quien la manda celebrar a los presbíteros, razón teológica por la cual el nombre del Obispo es mencionado dentro del canon de la Misa.

Nuestras catequesis adolecen de falta, grave a veces, de instrucción mistagógica, de introducción sacramental, responsabilidad primera de los sacerdotes en lo que a ellos compete, auxiliados por los diáconos, los catequistas y los demás colaboradores religiosos y laicos del ministerio sacerdotal.

No hay vida cristiana sin sacramentos y esta verdad fundamental excluye contentarse cada vez más, acosados por la pandemia, con un cristianismo meramente digital. La evangelización no alcanza su objetivo y la meta histórica que Cristo quiso, si no conducidos al evangelizando a los sacramentos. Somos un cuerpo social y sacramental, la Iglesia no es una entelequia, sino un cuerpo articulado y jerárquicamente constituido por Cristo y el Espíritu Santo del Padre y del Hijo, porque como quiso el concilio, la Iglesia es ecclesia de Trinitate, por lo cual, conforme a la expresión trinitaria de san Cipriano, «aparece como el pueblo unido “por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”»[8]. La encarnación del Verbo de Dios como acontecimiento trinitario nos ha de ayudar a comprender que la unidad de la Iglesia descansa en su misma identidad sacramental, que alcanza en la celebración eucarística su expresión cumbre. No hay Iglesia sin sacramentos, a cuyo servicio Cristo ha instituido el ministerio sacerdotal que garantice su celebración y dé articulación y unidad al cuerpo eclesial del cual el mismo Cristo es la Cabeza.

Que esta celebración sacramental nos ayude a todos a mantenernos en la unidad sacramental de la Iglesia, pero muy en particular a los sacerdotes, ministros de la unidad y comunión eclesial confiada por Cristo al ministerio del Obispo. Que la Virgen Madre de Dios interceda por nosotros porque es madre de la cabeza y lo es, por voluntad de Cristo, de su cuerpo que es la Iglesia.

S.A.I. Catedral de la Encarnación

Almería, a 31 de marzo de 2021

Miércoles Santo

                                    X Adolfo González Montes

                                             Obispo de Almería


[1] Vaticano II, Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium [LG], n. 4.

[2] LG, n. 7a.

[3] LG, n. 7b.

[4] Cf. LG, n. 3.

[5] Orígenes, Homilías sobre el Éxodo 11,2.

[6] San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el evangelio de san Juan 85,3.

[7] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1292.

[8] LG, n. 4.

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