Dedicación de la iglesia de San Antonio de Padua

Homilía del Obispo de Almería, Mons. Adolfo González Montes el pasado domingo 29 de abril, IV Domingo de Pascua.

Queridos hermanos sacerdotes,

Queridos hermanos y hermanas:

La ley de la Iglesia establece que deben «dedicarse con rito solemne las iglesias, sobre todo las catedrales y parroquiales» (C.I.C., can. 218 §2). La fábrica de esta iglesia de san Antonio de Padua fue construida para iglesia parroquial del nuevo barrio de Ciudad Jardín. Fue diseñada por el arquitecto almeriense Guillermo Langle Rubio entre los años 1940 y 1947, cuya obra ha dejado marcas significativas en nuestra Ciudad a lo largo del siglo XX. De tan bella planta basilical, fue levantada en tiempos de especial penuria y dificultad, pero concebida con bella y diáfana factura. El paso del tiempo había hecho mella en su fábrica y requería de una intervención de amplio alcance, ya que había sufrido un notable deterioro.

Con la importante rehabilitación llevada a cabo, la intervención realizada en su fábrica, propuesta y alentada con entusiasmo por el párroco de la comunidad y el auxilio de sus colaboradores, la iglesia de san Antonio muestra hoy una imagen esplendorosa. Después de la intervención realizada en su fábrica, que incluye además la disposición de algunos de sus elementos estructurales, sobre la remodelación del presbiterio y la adecuación de la capilla del nuevo baptisterio, nos disponemos a celebrar en ella el rito de su dedicación. Mediante este rito sagrado una iglesia, en su construcción material y la disposición de sus elementos simbólicos, se convierte en edificación destinada a la congregación de los fieles y a la celebración de la liturgia cristiana, y aparece como un signo visible de aquello mismo que es en sí misma la propia asamblea de los fieles; es decir, esta edificación de piedra se hace signo de la casa y templo de Dios que es la comunidad ccristiana, «edificio construido con piedras vivas» (1 Pe 2,5).

Por la dedicación o consagración, una iglesia se destina a la proclamación y escucha en ella de palabra de Dios y a la celebración, en la unidad de la fe, de los ritos sacramentales, particularmente la celebración eucarística (cf. Pontifical Romano: Ritual de la dedicación de una iglesia y altar, Introducción a la dedicación de una iglesia, n.1). La celebración de la santa Misa, en efecto, consagra la vida de los fieles, convirtiendo en «ámbito de santidad» el lugar en el que Dios hace santos a los fieles que participan en el sacrificio eucarístico, al hacerse éstos una sola cosa con Cristo por la comunión en su Cuerpo y Sangre.

La iglesia es el aula de la Palabra divina, que resuena en ella produciendo la iluminación de la vida de fe de los fieles, atrayéndolos a la conversión del corazón y la plegaria de alabanza, súplica e intercesión. Como hemos escuchado en la primera lectura, este recinto sagrado es el lugar idóneo para proclamar la palabra de Dios a la asamblea de los fieles y llevarlos a acoger en el propio corazón su contenido de salvación, que ayuda a cada uno de los discípulos de Cristo a orientar la vida según la voluntad de Dios y a conducirse privada y públicamente por ella.

En el libro de Nehemías, que forma una cierta unidad narrativa con el libro de Esdras, se recoge la historia del retorno de los judíos a mediados del siglo VI a.C. a la patria después del destierro de cincuenta años en Babilonia. Retorno que hizo posible el edicto de rey Ciro de los persas (cf. Esd 1,2-4), al cual la sagrada Escritura considera instrumento de su designio de salvación y al que llama asimismo «Ungido del Señor» (Is 45,1) que acepta la ley de Moisés como ley real de validez plena para los judíos. Se comienza así la reconstrucción de las murallas y del templo de Jerusalén. Es en el contexto de esta obra de reconstrucción donde hemos de situar la primera lectura, que siempre ha de leerse en la dedicación de una iglesia. Nehemías, antiguo copero del rey de Persia nombrado gobernador de Judá manda al sacerdote escriba Esdras que traiga el libro de la Ley de Moisés, para ser leído ante la asamblea de Israel convocada por Nehemías, y es así como sobre un estrado levantado para la ocasión, Esdras comenzó la lectura pública de la Ley «en la plaza de la Puerta del Agua desde el alba hasta el mediodía, ante los hombres, las mujeres y los que tenían uso de razón» (Ne 8,3).

Es la asamblea toda del pueblo elegido la destinataria de la lectura. No se trata de una lectura para un sector de la comunidad, bien adultos o bien entendidos, sino del conjunto del pueblo de Dios, al cual Dios dirige su palabra presente en las Escrituras. Este carácter abarcador de la proclamación de la palabra divina es expresa con toda claridad: «Esdras abrió el libro en presencia de todo el pueblo, de modo que toda la multitud podía verlo» (Ne 8,5). Todos los miembros del pueblo de Dios lo son también de la asamblea litúrgica. Todos han de ser instruidos en la ley divina desde la tierna infancia, cuando despunta en los niños el uso de razón.

Así, en la iglesia que hoy dedicamos será proclamada desde el ambón del presbiterio el santo Evangelio, en el cual hallamos el cumplimiento de las Escrituras acontecido en Cristo. En el ambón, serán leídas las Escrituras del Antiguo Testamento y se proclamará el Evangelio de Cristo en quien Dios ha cumplido sus promesas. Desde el ambón se nos exhortará mediante la lectura de las cartas apostólicas, particularmente las cartas de san Pablo, a ser coherentes con la fe que profesamos y llevar una vida conforme con la palabra de Dios proclamada. Desde el ambón, verdadero púlpito de la predicación cristiana, el sacerdote pronunciará la homilía, aclarando con la autoridad del ministerio el sentido de las lecturas bíblicas y su correcta aplicación a la vida de los fieles. Razón por la cual el ambón debe ser preservado de otros usos.

Del mismo modo que la asamblea de Israel respondía a la lectura de la ley con un amén de fe y asentimiento, continuando la plegaria mediante la adoración, también los fieles cristianos de la liturgia de la palabra pasan a la litúrgica eucarística. En ella ofrecen a Dios, por medio del ministerio del sacerdote, el sacrificio de la nueva Alianza, el sacrificio que agrada a Dios como culto de los verdaderos adoradores del tiempo nuevo. Jesús dijo a la samaritana que los que en este tiempo adorarán a Dios, que es espíritu, han de hacerlo «en espíritu y verdad» (Jn 4,24b); y el sacrificio eucarístico es el memorial del sacrificio de Cristo Jesús realizado en espíritu y verdad mediante la ofrenda de la propia existencia al designio del Padre.

La asamblea de aquellos que, por el bautismo, han venido a ser adoptados por Dios Padre como hijos, accede por la palabra de Dios proclamada en la acción litúrgica al misterio del hombre revelado en Jesucristo. Por la palabra de Dios el fiel cristiano, mediante la fe accede conocimiento del destino del hombre, que es Dios mismo. En Cristo, Dios ha manifestado su amor por el mundo mediante la concesión por medio de su Hijo de la filiación divina, universalmente ofrecida a cuantos vienen a la fe. Por eso dice el apóstol y evangelista san Juan: «Mirad que amor nos ha tenido el Padre, para llamarnos hijos de Dio, pues ¡lo somos!» (1 Jn 3,1).

También san Pablo insiste en esta condición de los bautizados, pues, por el nacimiento de Cristo en nuestra carne de pecado, «hemos sido rescatados los que estábamos bajo la ley, para que recibiéramos la adopción filial» (Gál 4,4-5). De este modo san Pablo dice lo mismo que hemos escuchado en la primera carta de san Juan: que somos verdaderamente hijos de Dios; y que por la redención de Cristo, que dio su vida por nosotros, para que fuéramos por el Padre como hijos, «Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: «¡Abba, Padre»» (Gál 4,6).

En la iglesia celebramos el sacramento nuestra fe: la Eucaristía, en la cual se hace presente sobre el altar el sacr
ificio de la cruz, por el cual Cristo consumó su entrega por nosotros, haciendo suya la voluntad y el designio del Padre de salvación para el mundo, redimido en su sangre. Jesús, el Buen Pastor ha entregado su vida por sus ovejas, y es esta entrega generosa la causa de nuestra redención, por la cual hemos sido introducidos mediante el bautismo en la gran familia de los hijos de Dios. Cada iglesia cuenta en el presbiterio con la pieza fundamental del templo cristiano: el altar que es símbolo y signo de Cristo sacerdote y víctima que se entrega por nosotros a la muerte. El sacrificio de Cristo se hace presente en el ara del altar, que es al mismo tiempo mesa de los comensales invitados al banquete nupcial de Cristo con su Iglesia; pues la redención se ha realizado por la Alianza nueva y eterna de Cristo, unido a la humanidad mediante la encarnación, para ser Esposo de la Iglesia, unión nupcial que Cristo ha sellado mediante el derramamiento de su sangre.

El buen Pastor no sólo conoce a sus ovejas y éstas le conocen a él, sino que da su vida por ellas. Dice Jesús a sus adversarios que este conocimiento de Dios que él tiene, en el cual introduce a sus ovejas, se manifiesta en su entrega por ellas: «Yo doy mi vida por las ovejas» (Jn 10, 15b). En esta entrega de la vida por ellas, Jesús se revela como pastor y al tiempo como pasto y alimento de vida eterna para sus ovejas. Sólo él puede llevar a sus ovejas a los verdades pastizales del alimento de vida eterna haciéndolas partícipes de la vida de Dios.

La consagración del altar de esta iglesia es un momento central en el desarrollo del rito sagrado de la dedicación del templo. Sucede así en este domingo del buen Pastor, que nos descubre el misterio de Cristo en su honda verdad, como revelación del amor de Dios en la entrega de Cristo por los hombres. El altar atrae hacia sí, colocado en el centro del presbiterio, las miradas de toda la asamblea dando unidad a la misma, porque del altar brota la vida divina que nutre a la asamblea y hace de ella la congregación de los que por el bautismo han sido hechos hijos de Dios en el Hijo unigénito entregado por ellos. Los que son configurados con la muerte y resurrección de Cristo mediante la ablución del bautismo, que se realiza en el baptisterio de la iglesia, entran en al asamblea cristiana; y los que así se integran en la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, son hechos «miembros de la familia de Dios» (Ef 2,19), para ser partícipes de la vida divina que se nutre del altar.

Del altar, pieza central del presbiterio, a la cual tienden todas las miradas de los fieles, recibimos el sacramento de la Eucaristía. De ella participan no sólo los que celebran la santa misa, sino también los que de ella reciben la fuerza del pan de la vida. En la iglesia reservamos la Eucaristía en el tabernáculo, para ser alimento de los que necesitan de él y no pueden acceder a la asamblea eucarística a causa de la enfermedad, y de aquellos que lo requieren como viático para emprender el viaje definitivo hacia el encuentro con Dios en Cristo en la vida eterna. Por esto, una vez distribuida al sagrada Comunión, hoy reservaremos solemnemente la Eucaristía en el sagrario, donde Cristo presente en el sacramento hasta la consumación de los tiempos, espera nuestra adoración y culto verdadero. Sólo los adoradores en espíritu y en verdad, que alimentan su fe en la adoración y la contemplación de este misterio de amor, se preparan con fuerza divina para dar testimonio de Cristo, acudiendo a la iglesia parroquial y haciendo de ella reclamo y referencia de la vida cristiana.

El salmista se pregunta: «¿Cómo pagaré al Señor / todo el bien que me ha hecho? /Alzaré la copa de la salvación, / invocando el nombre del Señor» (Sal 116/115,12-13). Es san Agustín el que enseña que a Dios sólo podemos darle gracias entregándole aquello mismo que tomamos de la mesa del Señor: de la mesa eucarística tomamos el alimento de vida eterna que emana de la caridad de Dios para con nosotros: «Los mártires, entendiendo bien lo que habían comido y bebido, devolvieron al Señor lo mismo que de él habían recibido (…) ¿De qué copa se trata? Sin duda de la copa de la pasión, copa amarga y saludable (…) ¿Cómo podrían haber triunfado los mártires si en ellos no hubiera vencido aquel que afirmó: «Tened valor: yo he vencido al mundo»» (San Agustín, Serm. 329: PL 38,1454-1456).

Hoy hemos depositado bajo este altar reliquias de los santos Gregorio, Osorio, Liberato y Tito: las mismas que encerraba el antiguo altar. Nos son conocidos como mártires san Gregorio, presbítero, martirizado durante la persecución de Diocleciano; san Tito, sacrificado bajo Marco Aurelio en Lyón el 2 de junio del 177 junto a otros cuarenta mártires; y san Liberato abad, martirizado en Cartago el 2 de julio del 484 bajo la persecución arriana. Ellos devolvieron al Señor aquello mismo que tomaron de su mesa. Asociados a la pasión de Cristo su ejemplo estimula nuestra fidelidad y testimonio en una sociedad que se aleja de la tradición cristiana.

Hoy devolvemos al culto cristiano esta iglesia parroquial con el título de san Antonio de Padua, gran intercesor asociado a la intercesión de Cristo, único Mediador entre Dios y los hombres. La iglesia parroquial de san Antonio abre sus puertas para el encuentro con Dios y acoge a cuantos a ella vienen buscando la paz que reconcilia y el alimento que sacia, el pan de la vida y el cáliz de la salvación.

Confiamos a la Madre del Redentor el cuidado de esta comunidad parroquial. La nueva imagen de Santa María que hoy es puesta al culto sea, para todos los miembros de la comunidad parroquial, referencia constante del cuidado maternal de los discípulos de Jesús, que él confío en la cruz a su santísima Madre.

Lecturas bíblicas: Ne 8,2-4a.5-6.8-10

Sal 117,1.8-9.21-23.26.28-29

1 Jn 3,1-2

Jn 10,11-18

Iglesia parroquial de San Antonio de Padua.

Almería, a 29 de abril de 2012.

+ Adolfo González Montes

Obispo de Almería

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