
Los tiempos en los que vivimos no favorecen la madurez, cada vez parece que nos convertimos en adultos más tarde. Aparecen miles de mensajes en redes sociales que nos hablan de “creer en nosotros mismos”, “sacar nuestra mejor versión” o “desbloquear nuestro potencial”. En las estanterías de las librerías se acumulan los títulos de autoayuda y cursos de desarrollo personal. También en la literatura religiosa y desde los púlpitos se multiplica este mismo mensaje. En contraposición a la alusión al pecado y la vida de la Gracia, el seguimiento de Cristo o discipulado, nos encontramos con mensajes religiosos que parten únicamente del testimonio de personas que han encontrado una especie de vía iluminativa para interpretar su vida que les ha ayudado a cambiar a un nuevo estado de consciencia.
Al final de la novela Padre Sergio, León Tolstoi hace que su protagonista tenga una iluminación después de ver que las decisiones de su vida habían sido movidas por el desengaño. Contemplando el ejemplo de su prima reflexiona: “Yo vivía para los hombres con el pretexto de vivir para Dios, mientras ella vive para Dios imaginando que vive para los hombres”. El personaje entiende que el olvido de sí es el fundamento de la fe en Dios y solo desde este se puede crecer dando lugar a que el Todopoderoso actúe en él. No me cierro a que tengamos cierta confianza en nosotros mismos, pero la fe es ante todo confianza en Dios. Creer en ti mismo es insuficiente si no se reconoce que los dones de los que somos portadores son algo que hemos recibido y están ordenados a la auto donación. La madurez no es solo independencia económica o emocional, sobre todo requiere vivir según la verdad, responsablemente y en comunidad.
La otra vertiente de los discursos motivacionales es la trampa del individualismo. En esto se refleja una concepción deficiente del ser humano. Somos seres dependientes. La frase “Tú puedes con todo”, es verdad hasta que no puedes y necesitas de un referente que dé sentido a tu vida para seguir adelante. Puede ser la familia, puede ser la pertenencia a un sistema ideológico o a una causa común, pero todos se desvelan insuficientes frente a la fe en Dios. Todo lo podemos en Cristo (Filipenses 4, 13). Lo que significa que también recibimos de Dios la gracia necesaria para superar cada desafío, cortar con aquello que nos ata y reorientar nuestra vida. La adultez también implica reconocer límites, pedir ayuda, equivocarnos y volver a empezar. Aceptar la fragilidad no es una debilidad. Un coach podrá ofrecer herramientas útiles, pero no puede reemplazar la dirección espiritual ni la profundidad de la fe. Para la vida real no bastan las frases de empoderamiento, es necesaria la oración, el sacrificio y el apoyo en la Gracia de Dios.
Jesús Martín Gómez
Párroco de Vera