MIÉRCOLES SANTO: LA RELIGIÓN ES UN ENCUENTRO, por Andrés Rodríguez Quesada

Diócesis de Almería
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La diócesis de Almería es una sede episcopal sufragánea de la archidiócesis de Granada, en España. Su sede es la Catedral de la Encarnación de Almería.

Hace un tiempo, en el contexto de la preparación de la Semana Santa, un niño me preguntó: «Bueno, padre, ¿qué es la religión?». He de confesar que no esperaba tal pregunta de un niño que apenas alcanzaba los ocho años. A mi cabeza acudieron las definiciones de Cicerón, Lactancio o san Agustín, entre otras, pero ninguna de ellas parecía adecuada a la situación. Entonces recordé las palabras de un anciano sacerdote: «la religión es un encuentro». En efecto, la religión no es otra cosa que un encuentro entre dos necesidades, entre dos búsquedas.

Hoy día la antropología, en base a la constitución contingente, histórica y abierta del ser humano, atestigua que en el corazón de todos los hombres sin excepción existe una búsqueda de Dios. Puede que algunos no tengan conciencia de ello, pero todos tienen conciencia de su deseo de felicidad. Felicidad que algunos por ignorancia, perversidad o debilidad confunden con los oropeles y futilidades de la tierra. La necesidad de Dios es tan normal para el alma como la de alimento y bebida lo es para el cuerpo. Ahora bien, si normal fue que el hijo pródigo tuviera hambre, anormal fue que la saciara con bellotas. Tener necesidad de Dios es normal, satisfacerla con falsos dioses ya no lo es.

Por otra parte, no es solamente el alma quien busca a Dios, sino que Dios busca también a las almas, invitando a todos los hombres a su banquete de amor. Pero, siendo el amor libre, su invitación es rechazada, porque, empleando el mismo lenguaje del Evangelio, unos acaban de casarse, otros han comprado un campo o quieren probar su yunta de bueyes (cf. Lc 14, 18-20).

Esta doble búsqueda del Creador por la criatura y de la criatura por el Creador se manifiesta en las palabras de Jesús en la cruz: «¡Tengo sed!» (Jn 19, 28). En cierta ocasión había dicho Jesús: «El que tenga sed, que venga a mí y beba» (Jn 7, 37). Pero al encontrarse en la Cruz, Aquel que con las puntas de sus dedos hacía girar planetas y mundos; Aquel que había henchido los valles con el murmullo de fuentes sin número, clama a gritos, no a Dios, sino al hombre: «!Tengo sed!» (Jn 19, 28). El dolor físico de permanecer durante horas clavado en una cruz, sin comer ni beber, bajo el implacable sol del Oriente; la alteración producida por la pérdida de sangre tiene su expresión no en palabras impacientes y ariscas, sino en la amable petición de algo con que saciar su sed.

En el curso de toda su crucifixión nada hace parecer a Jesús tan humano como esta palabra. Y, sin embargo, esta sed no pudo ser solamente física, pues el Evangelio nos dice que pronunció esta palabra para que se cumplieran las Escrituras. Por consiguiente, esta sed era tan espiritual como física. Dios iba tras las almas y esperaba que uno de esos pequeños servicios de la vida ordinaria -dar de beber en su nombre-, podría poner al alcance de la gracia a quien se encargase de realizarlo. El Pastor, en el mismo instante en que daba su vida por el rebaño, buscaba aún a su oveja.

¿Por qué, entonces, hoy en día es tan difícil este encuentro, siendo así que mutuamente se buscan? Dios no encuentra al hombre porque este es libre y puede, como Adán, ocultarse a la presencia de Dios. Como cuando un chiquillo ha hecho algo prohibido se esconde para que su madre no le encuentre, así también, cuando el hombre comete un pecado, se aparta de Dios. Y entonces nos parece que «Dios está lejos de nosotros», cuando, en realidad, los que estamos alejados de Él somos nosotros. Actualmente el mayor drama es la indiferencia ante Dios y ante nuestros hermanos.

Dios respeta la libertad del hombre, Dios llama, Dios no obliga: «Tengo sed»; ese es el lenguaje de la libertad. Dios está más cerca de lo que pensamos como ocurrió con los discípulos de Emaús. De hecho, Jesucristo acompasa su vida a la nuestra para acompañarnos en las vicisitudes de esta vida. Por nuestra parte, lo único que tenemos que hacer es dejarnos encontrar por Él, o, mejor todavía, constatar su presencia en los signos cotidianos de su amor por nosotros.

En estos días santos ¡dadle a Dios una oportunidad! La prolongación de su encarnación en la vida de la Iglesia no es una exigencia, sino un ofrecimiento; no un contrato, sino un regalo. Nunca podremos merecerlo; pero podemos, sin embargo, recibirlo. Dios va a la busca de nuestra alma. Conocer y gustar la paz solo depende de nuestra voluntad.

Andrés Francisco Rodríguez Quesada

Párroco de El Alquian y Retamar

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