LLUEVE EN EL DESIERTO

Diócesis de Almería
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La diócesis de Almería es una sede episcopal sufragánea de la archidiócesis de Granada, en España. Su sede es la Catedral de la Encarnación de Almería.

El sábado, la Pastoral Juvenil, nos había convocado al Desierto de Tabernas para buscar ese punto de inflexión tan necesario entre las arenas y los paisajes cincelados por el tiempo. El desierto y sus paisajes no dejan de ser un icono de la vida. La primera vez que fuimos llamados fue para hacernos preguntas, de esas esenciales, las que realmente pueden trasformar, trastocar y trastornar la vida.

El desierto, en su aridez, te impide escaparte por las ramas. Cada grieta, cada insinuación de sendero, cada planta que se escapa por las rendijas de la sequedad, cada piedra flotando sobre la arena, cada tortuosa cárcava, los brotes de humedad enterrada, el silencio y la luz, con sus sombras, son el mapa vital de una existencia. Solo hay que saber contemplar, solo hay que saber escuchar, vaciando tu cabeza y tu corazón, para encontrarte de nuevo.

En el desierto Dios se hace el encontradizo, con aquel que solo desea seguir su propia voluntad. Con Moisés, que se había acostumbrado, tras la huida, a la vida tranquila de pastor. Pero el fuego que no se consume le consumió y le hizo volver a buscar a su pueblo esclavo en Egipto. Con Elías, que también huía de la muerte, y Dios se le insinúa en una suave brisa, tan distinta a la violencia que él había utilizado con los idólatras. Con Jesús, que fue llevado por Dios al desierto, tras el bautismo, para que se afianzara ante las tentaciones que todos sufrimos: el deseo de acumular riquezas, el deseo de tener poder y el deseo de tener fama. Este es el egoísmo del pecado. Y el Señor, aquel adulto de Nazaret, eligió ser el último, el pobre de Yahvé, el cordero inmolado. Y es que solo por la humildad se vence. El orgullo, la soberbia, el acumular tesoros… se lo lleva el viento. No hay más que mirar las inmensas ruinas que rodean el Nilo. En el cementerio de mi pueblo la posesión de una tumba en “perpetuidad” dura cincuenta años.

Las benditas lluvias impidieron este encuentro entre jóvenes. Pero las preguntas quedan suspendidas en el aire. Dime, le decía a un joven el otro día por teléfono, ¿en qué bases cimientas tu vida? ¿sobre qué verdad entretejes la urdimbre de tu persona? Silencio al otro lado de la línea. Lo pensaré, me dijo, en serio que lo pensaré.

Soy un enamorado del desierto. Y no del de la hermosura fotográfica de las ondulantes y suaves dunas, sino el adusto, el cincelado, el plagado de roturas, el de los escondrijos, el de las huellas de ríos secos, el de las plantas supervivientes, el que te sorprende con un hilo de agua relamiendo en caída las piedras calizas, el de las posibilidades miles. Hoy tanto jóvenes, como adultos y también la infancia, necesitamos del desierto, de mirarnos en el espejo de sus paisajes para poder contemplar nuestra vida y caminar de nuevo.

Ahora, que no hemos podido salir al desierto, miro por la ventana y sigue lloviendo. Esta mañana, en la lectura, el profeta Oseas nos decía: “se manifestará el Señor como la lluvia de primavera que empapa la tierra”. Pues eso. ¡Ánimo y adelante!

+ Antonio, vuestro obispo

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