
Se dice que vivimos en una generación de “blandos”, en la que todos nos ofendemos por todo. Continuamente nos sentimos ofendidos por lo que nos dicen. Miramos bien con lupa a ver dónde está la ofensa para denunciar ese agravio. Todos nos consideramos, por tanto, profetas para denunciar el pecado. Sin embargo, más bien somos como aquellos fariseos que filtran el mosquito y se tragan el camello. Estamos muy pendientes de las acciones de los demás, sin dejar pasar una, y, para nuestros errores, siempre encontramos una justificación. Esa hipocresía que vivimos, a veces sin darnos cuenta, está siempre cargada de buenas intenciones porque queremos ayudar a los demás, queremos un mundo mejor… pero no lo conseguimos.
Sentimos la frustración y nos duele que, aquellos que están a nuestro alrededor, en los que confiamos nos decepcionen y traicionen constantemente. Ese es el mayor dolor que puede sentir un hombre, el dolor de la traición. Nos sentimos traicionados, vendidos, cuando esas personas que queremos, con las que compartimos mesa, se dejan llevar por sus propios intereses sin importarles cuánto bien se les haya podido hacer. Pero seguimos siendo como los fariseos, nos seguimos mirando a nosotros mismos, a la ofensa que nos hacen. Es el reproche que a diario hacemos a nuestros seres queridos. Parece que, cuando hacemos un bien tenemos que tener el interés de que tiene que venir de vuelta. No hacemos, por tanto, nada gratuito, no hacemos nada por amor.
Si nos olvidáramos, al menos por un instante, de nosotros mismos y miráramos, como cristianos, a Jesucristo veríamos que Él, perfecto Dios y perfecto hombre, es traicionado y vendido por uno de sus amigos. Estos días de Semana Santa, en los que muchos se acercan a las iglesias y otros tantos salen de las mismas para procesionar y realizar estación de penitencia, hemos de aprender a mirar a Dios cara a cara en Jesucristo. Él es de nuevo traicionado por mí. Porque se entregó hasta la última consecuencia, que fue la cruz, y, sin embargo, yo sigo mirándome a mí mismo, a mis problemas, a mis ideales, a las ofensas recibidas. Preguntarnos en qué traiciono yo a nuestro Señor, nos puede ayudar a morir definitivamente a ese hombre viejo que llevamos dentro para resucitar y vivir plenamente con Cristo. En definitiva, es saber construir nuestra vida de fe sobre la roca firme del Crucificado donde ninguna tormenta puede derrumbarlo. La Cruz, en sus múltiples formas, estará siempre presente en nuestro caminar, si aprendemos a abrazarla, sabremos que ya lo tenemos todo ganado, pues, el precio de nuestro rescate fue el madero.
Raúl Del Águila Gázquez
Párroco de Dalías