LA AMBICIÓN DE PODER AMAR

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La diócesis de Almería es una sede episcopal sufragánea de la archidiócesis de Granada, en España. Su sede es la Catedral de la Encarnación de Almería.

Vamos a traer a nuestra reflexión dos deseos humanos y su repercusión en la vida de las personas y de la sociedad: la ambición y el poder. Aquí el objetivo no es hacer una síntesis del acto sino reflexionar sobre el poder y la ambición desde una perspectiva cristiana. Ambos términos pueden utilizarse de manera positiva o negativa.

La ambición consiste en desear siempre más. Es una huida hacia delante que jamás acaba de conseguir su objetivo de posesión de dinero, de poder y de prestigio. Hay que añadir que lo poco o mucho que va consiguiendo lo suele hacer pisoteando a los demás. El poder, en cambio, es la capacidad creadora del ser humano que lo hace competente en algún ámbito de la vida y, en este sentido, es una fuerza positiva. El problema emerge cuando esta capacidad creadora se mezcla con la ambición y la lucha por el poder, porque entonces esta fuerza se vuelve corrosiva. Esto se puede observar fácilmente en el ámbito de la política y la economía.

Pero esta tensión, propia de los seres humanos en todos los ámbitos de la vida, también se produce en el interior de la Iglesia, porque la religión puede ser vivida como un poder espiritual y trascendente que fundamenta la libertad interior y el amor incondicional, pero también como un poder que utiliza el nombre de Dios para dominar la conciencia de los otros y utilizarlos al servicio de los propios intereses.

Así pues, también en el seno de la Iglesia podemos encontrar aspectos positivos y negativos. La bondad se manifiesta en la fuerza de aquellos cristianos, frecuentemente anónimos, que han desarrollado una libertad creadora y la viven con un amor incondicional. Las palabras de Jesús de Nazaret en la escena del lavatorio de los pies de los discípulos es una muestra de la vertiente de bondad en el uso del poder (cf. Jn 13, 1-17). La vertiente negativa se pone de relieve cuando la religión es utilizada para controlar a los demás y crear una dependencia económica, mental, emocional o espiritual. La escena de la expulsión de los mercaderes del templo es una muestra de esta perversión (cf. Jn 2, 13-22)

Por tanto, en este caso, los cristianos hemos de estar muy atentos en denunciar este tipo de uso ambicioso del poder en el interior de la Iglesia porque degrada la institución y supone un gran escándalo. Los cristianos hemos de anunciar la creatividad de la fe al servicio del bien común. Para ello, nuestro afán por lograrlo podría ser llevar a cabo aquel imperativo, que nos propone san Pablo, de ambicionar los carismas mayores a través de ese camino tan excepcional que no tiene límites (cf. 1 Cor, 12, 31-13, 13).

Jesús García Aiz

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