
Hermanas y hermanos de la vida consagrada, querida comunidad, en torno al altar del Señor.
A esta fiesta de hoy nuestros hermanos ortodoxos la llaman el “Día del Encuentro”. ¡Qué necesitados estamos de encuentros! Viendo el santuario de la Virgen del Mar repleto de caras conocidas, de religiosas y religiosos, de seglares, hermanos y hermanas… se me alegra el corazón. Como dice el salmo 133: “¡Ved que dulzura, qué delicia, convivir los hermanos unidos!”.
Hace un año, (7 a 9 de febrero) celebrábamos el Congreso de Vocaciones. La Jornada Mundial de la Vida Consagrada recuerda aquel lema que nos llevó a reflexionar y discernir sobre nuestra misión en este mundo, en esta tierra: Tú, ¿para quién eres? Haciéndonos tomar conciencia de que cada persona somos “una vocación para la misión”.
En la misma línea, “¿A quién llamas?”, “¿A quién buscas?” y “¿A quién sirves?” son los tres interrogantes desarrollados por los obispos de la Comisión en su mensaje, en un recorrido que concluye con el reconocimiento de que “el corazón de la persona consagrada se vuelve necesitado y agradecido a su Señor”.
Todas son preguntas que tienen como respuesta el amor y servicio a los demás. No hay ninguna vocación que no se haya fundamentado en un servicio para el bien de la comunidad.
El fuerte empeño por “ser comunidad”, es el ideal que nace del mismo Cristo, como lo descubrimos en todas sus enseñanzas, en sus hechos y en su vida. Vemos cómo va conduciendo a sus discípulos, por lo tanto, también a nosotros, hacia la vida comunitaria. Estoy convencido que es la esencia de su mensaje: “Que todos sean uno, como tú y yo Padre somos uno”.
Evidentemente este camino comunitario no nace solo de unos proyectos personales, o de una mera actitud piadosa, o, de unas programaciones o tácticas estratégicas de un grupo. Nace del conocimiento efectivo y afectivo de Cristo. Nace de un anhelo profundo por conocer y seguir la voluntad del Señor, que nos pide que seamos una comunidad: orante, peregrina, samaritana y apostólica.
Tampoco es un deseo repentino, un impulso inconsciente, o un arrebato espiritual mañanero, es FIDELIDAD y PERMANENCIA. Lo hemos escuchado en el evangelio de hoy contemplando la espera persistente de Ana y de Simeón. Muchas noches, muchos días en espera. Solo se espera cuando se cree, de espera viene la palabra esperanza.
Vuelvo a la jornada que celebramos: ¿para quién eres? No dice para qué eres, trabajas, vives…, sino para quién. Porque uno no se consagra para sí mismo sino, en Cristo, para los demás. Y en la entrega está nuestra felicidad.
Sin el encuentro con Cristo, nuestra vida se agota en nosotros mismos. Sin el encuentro con Cristo nos asfixian y agotan los consejos evangélicos, nos agota la vida comunitaria, nos agota el servicio callado, nos agotan los pobres… se nos agotan los caminos de esperanza, para ellos y para nosotros.
Cada una de vosotras, cada uno de vosotros… cada uno de los que ahora rodeamos el altar, mirémonos al corazón: ¿permanecemos aún en ese camino de vuelta? no lo digo peyorativamente. Me refiero a las que, yendo al sepulcro, con los ungüentos, para aceptar la muerte, se encontraron con el resucitado. Me refiero a aquellos que alertados por las mujeres encontraron el sepulcro vacío y creyeron. Me refiero a aquellos que camino de Emaús les ardía el corazón (es decir, se ilusionaron de nuevo). Este es nuestro camino de vuelta, a la comunidad congregada, camino como el de todos aquellos: exultantes de gozo, de ilusión, de ansias de dar testimonio, de arder el corazón, de esperanza, de Vida, con mayúsculas, … Si no es así nuestros caminos serán siempre de amargura, lamentaciones y quejas.
Gracias por caminar en esperanza y caminar compartiendo con todos, la esperanza del Señor. Reconociendo en su figura el rostro de tantos consagrados y consagradas que caminan sinodalmente en esperanza, demos gracias a Dios por la luz que nos llega a través de vuestra vocación entregada y elevemos nuestra oración por la humanidad sufriente, para que llegue el día en que los ojos de todos contemplen a su Salvador.
Almería 2 de febrero de 2026
+ Antonio Gómez Cantero, obispo de Almería

