HOMILÍA DE SAN IGNACIO DE LOYOLA

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La diócesis de Almería es una sede episcopal sufragánea de la archidiócesis de Granada, en España. Su sede es la Catedral de la Encarnación de Almería.

Querida Comunidad parroquial y a todas las personas que hoy especialmente os habéis sumado a la asamblea de la Eucaristía; queridos padres jesuitas, gracias por estar aquí, en este barrio, en esta diócesis.

Dicen las crónicas que hoy hace 500 años, el intrépido Iñigo se convirtió. Creo que la conversión es un largo peregrinaje, aunque siempre tiene un punto de partida. Lo que sí estamos seguros es que hoy hace 400 años fue canonizado, junto a san Francisco Javier, santa Teresa de Jesús, san Isidro Labrador y, para que no fuera solo una fiesta de españoles, también se canonizó al italiano san Felipe Neri. Un buen escaparate de santidad para que podamos elegir.

A san Ignacio le dio por el peregrinaje y eso fue toda su vida, aunque él no la imaginó así, estoy seguro. Suele pasar, son “las carambolas de Dios”. Tú te montas la vida de una manera y te sale de otra, inesperadamente. Lo importante es descubrir si en cada acontecimiento, relación, experiencia… está Dios, o no, en tu vida. Eso es ser contemplativo en la acción. Y no es sencillo hacer ese discernimiento tú contigo mismo, sino que se necesita una compañía que camine contigo, puede ser una persona o una comunidad.

Hay muchas maneras de peregrinar, si no miremos nuestra propia vida. La peregrinación de san Ignacio da para muchas novelas y muchos libros de espiritualidad, de hecho, existen, y alguna que otra película. La vida de Íñigo es una existencia frenética. Por eso hay tantas personas y comunidades que le eligen como referente para vivir su fe, pues hay mucho donde escoger: ejemplos para la desolación, para la quietud, para la misión, para el discernimiento, para la incertidumbre, para la oración, para la tempestad, para la vida en comunidad, para la incomprensión, para el diálogo con el mundo, para la persecución… es un no parar. No puedo dejar de pensar en san Pablo y en los primeros años de nuestra comunidad de cristianos, de la Iglesia.

Yo creo que san Ignacio no cambió mucho en su vida. Fue, como se suele decir, genio y figura hasta la sepultura. Cambió de bandera a tiempo. Lo que quiero decir, que él como buen caballero, militar y estratega para ganar, eligió un buen capitán y cambió a tiempo de compañía.

En aquel tiempo, en las plazas de los pueblos y las ciudades, se ponía en una mesa un soldado que representaba a un capitán, para apuntar a los jóvenes que quisieran hacer fortuna en la batalla. Al lado de la mesa estaba la bandera, guion o estandarte, del capitán de la compañía a la que ibas a pertenecer. A veces, había diferentes mesas y escribanos y era necesario elegir la mejor compañía o mejor bandera. Para eso había soldados de confianza que te embaucaban para que te apuntaras en su grupo. En la vida nos pasa lo mismo, siempre estamos eligiendo. Fue y es una tarea difícil de discernimiento.

Íñigo es lo que hizo, durante su frenética juventud estuvo bajo la bandera de “hago lo que me da la gana” pero la adversidad nos desnuda y nos pone a cada uno en nuestro sitio. Sobre todo, cuando te asomas al borde del sepulcro y te preguntas: ¿qué he hecho de mi vida? En definitiva, de otra manera hecha la pregunta, era el aguijón que le punzaba: “¿de qué me sirve ganar el mundo entero si pierdo mi alma?”. Es el tiempo del conocimiento interno. El poder del amor de Dios que se nos acerca. El caballero del mundo y sus pompas y glorias efímeras se trasformó en caballero de Dios. Y concluyó: “todo para la mayor gloria de Dios”. He leído que esta frase se encuentra en las Constituciones de la Compañía de Jesús 259 veces, casi está en todas las páginas. Es como una obsesión. Una respiración constante, que da unidad a toda su peregrinación en la vida.

Y finalmente, el MÁS = Magis. Es su convicción más profunda. En una novela me encontré con la frase: “no es lo mismo ser humilde que tener ideas raquíticas”. Muchas veces nos quedamos estancados en el camino por nuestras ideas mediocres. Iñigo siempre pretende ser el vencedor en la batalla, esté bajo la bandera que esté. Así lo intentó en su juventud y le salió fatal y la herida le hizo mirar en su propio interior, cuando hasta entonces su vida había sido una mera puesta en escena buscando las grandezas de este mundo. Está claro, que en esta evolución del MAS en su vida, ganó. Pasó del vacío de las vanaglorias a la esencia de la fe. Es decir, hizo una peregrinación espiritual: salió de si para “en todo amar y servir”, dejó de mirarse al ombligo para mirar con la calidad de los ojos de Dios. Pues este también es nuestro camino. Feliz día de la conversión de san Ignacio. Nos queda todavía Cuaresma por delante.

Almería, 12 de marzo de 2022

                   + Antonio Gómez Cantero

                               Obispo de Almería

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