
Como cada año por estas fechas, en nuestra Diócesis de Almería abrimos el corazón a la misión y a la solidaridad. Hoy nos acompañan las hermanas Justina y Margarita, misioneras de San Juan Bautista, que han venido a compartir con nosotros su testimonio de vida y de entrega con motivo de la Campaña contra el Hambre 2026 de Manos Unidas.
A través de su experiencia en Angola, nos ayudan a mirar de frente la realidad de tantos hermanos que sufren pobreza y exclusión, y nos invitan a unir nuestras manos para construir un mundo más justo, más fraterno y más en paz.
Para situarnos un poco, hermanas Justina y Margarita, ¿quiénes sois y cómo nace vuestra vocación misionera, que hoy os trae hasta Almería con Manos Unidas?
—HERMANA JUSTINA: Estamos aquí como misioneras de San Juan Bautista. Nuestra congregación es de origen mexicano y fue fundada por un sacerdote diocesano junto a un grupo de mujeres comprometidas en la Acción Católica. A partir de ahí comenzó la misión de nuestra congregación, con distintos apostolados.
Yo conocí a las hermanas en uno de esos apostolados, dedicado a la formación humana y cristiana para la vida seglar, y ahí nació mi vocación. Pronto decidí dar este paso, feliz y convencida, y tuve la gracia —yo digo que la suerte— de ser enviada a África.
—HERMANA MARGARITA: Mi vocación nació al escuchar las necesidades de nuestros hermanos en Angola. Sentí el deseo de entregar mi vida para colaborar con ellos en lo que estuviera a mi alcance. Llevo ya 25 años trabajando allí, acompañando a las comunidades.
La campaña contra el hambre de Manos Unidas lleva por lema “Declara la guerra al hambre”. Desde vuestra experiencia en Angola, ¿qué significa eso en la vida real de las personas más pobres?
—HERMANA JUSTINA: Declarar la guerra al hambre significa enfrentarse a la pobreza extrema. Aquí, en Europa, tenemos lo básico: agua, comida, servicios. Allí, esa “guerra” es la lucha diaria contra la falta de todo. Falta una infraestructura digna para el ser humano.
—HERMANA MARGARITA: Manos Unidas declara la guerra al hambre porque necesitamos paz, y para que haya paz, primero hay que combatir aquello que la destruye: el hambre, la pobreza, la violencia estructural, cultural y física. Nuestros hermanos en Angola necesitan sentir esa paz, sentirse personas con los mismos derechos que cualquier otro ser humano.
A veces el hambre es de comida, pero muchas veces es hambre de educación, de agua, de infraestructuras, de dignidad. Hambre de que los niños puedan pasar el día en condiciones dignas. Hambre de que las madres puedan ofrecer, al menos, una comida al día a sus hijos.
Habéis trabajado con proyectos de Manos Unidas. ¿Qué cambia en una comunidad cuando siente que no está sola y que alguien la acompaña desde tan lejos?
—HERMANA JUSTINA: Cambia todo. Sobre todo, hay mucha alegría. Recientemente hemos terminado un proyecto de Manos Unidas: una escuela que acoge a unos 1.500 niños. Antes no había nada, no tenían condiciones.
Ahora, con la escuela en el barrio, la gente está muy contenta. Dicen: “Por lo menos nuestros hijos tienen una escuela digna”. Y la cuidan muchísimo, porque saben el sacrificio que hay detrás.
—HERMANA MARGARITA: La ayuda de Manos Unidas en educación no beneficia solo a los niños, sino a toda la comunidad: a los padres, a las familias. Se van transmitiendo valores, derechos, respeto, perdón y reconciliación.
Trabajamos en uno de los barrios más marginados. Muchos se preguntan: “¿Por qué aquí?”. Pero hay niños que caminan cuatro, cinco o seis kilómetros para llegar a esta escuela, porque saben que allí encuentran una educación digna. Y eso es posible gracias a Manos Unidas.
En vuestro testimonio aparece mucho la fuerza de la oración y el papel de los niños. ¿Por qué son tan importantes?
—HERMANA JUSTINA: La oración es la base de todo cristiano y de toda persona que busca a Dios. Es lo que nos sostiene.
—HERMANA MARGARITA: Y los niños son el futuro. Si no trabajamos con ellos, no sabemos qué será de esa sociedad mañana. Educarlos es darles una oportunidad. La oración nos da fuerza y fe; como dice el Evangelio, para que haya milagros hace falta fe. Por eso inculcamos el valor de la oración, porque mueve los corazones.
Lleváis toda la semana recorriendo parroquias, colegios y medios de comunicación en Almería. ¿Cómo está siendo la experiencia?
—HERMANA JUSTINA: La gente está siendo muy atenta y acogedora. Percibo una gran generosidad en Almería y estoy profundamente agradecida por esta oportunidad de compartir nuestra realidad.
—HERMANA MARGARITA: Está siendo una experiencia muy bonita. La gente está motivada y dispuesta a ayudar; a veces solo necesita un pequeño impulso. Lo poco o lo mucho que se aporta aquí llega de verdad y se convierte en una realidad. Manos Unidas cumple los proyectos, y nosotros lo vemos allí cada día.
Gracias por vuestra visita y por vuestra labor.
—HERMANA JUSTINA: Gente de Almería, por favor, unan sus manos, como Manos Unidas. Gracias por todo lo que han hecho y por lo que siguen haciendo.
—HERMANA MARGARITA: No se cansen. Su mano aquí y la nuestra allí pueden ser un puente para ayudar al desarrollo y para luchar contra el hambre, para alcanzar esa paz que Dios quiere para el mundo.

