EL DÍA EN QUE UN PUEBLO VIO SUBIR A LOS ALTARES A SU CURA

Diócesis de Almería
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La diócesis de Almería es una sede episcopal sufragánea de la archidiócesis de Granada, en España. Su sede es la Catedral de la Encarnación de Almería.

La mañana no amaneció encapotada, pero sí pendiente del cielo. Durante días, los pronósticos más alarmistas de algunas televisiones habían puesto a la comarca en alerta ante la amenaza de una nueva borrasca. La lluvia aparecía una y otra vez en las conversaciones de los días previos, colándose entre preparativos, llamadas de última hora y miradas al horizonte.

Pero Huércal-Overa despertó en calma.

El cielo, limpio al final, dejaba caer una luz serena que muchos quisieron leer en clave de providencia.

—«Al final también aquí ha intercedido el Cura Valera»— se escuchaba entre bromas y fe sencilla mientras los primeros fieles iban ocupando sus asientos.

A las 8:30 de la mañana ya había movimiento constante en el recinto. Llegaban grupos parroquiales, familias enteras, peregrinos de distintos puntos de la diócesis. Había nervios, sí, pero sobre todo una ilusión contenida, esa que solo aparece cuando lo esperado durante tanto tiempo está a punto de hacerse realidad.

Antes de las 10:00 el aforo estaba completo. Fue necesario habilitar el pabellón cercano para que el resto de asistentes pudiera seguir la celebración a través de pantallas. Huércal-Overa no hablaba de un gran día. Hablaba de el DÍA.

Se estima que alrededor de 5.000 fieles participaron en la celebración, mientras toda España podía seguirla en directo a través de 13TV, pendiente de la hora señalada: las 11:00 de la mañana. Alcalde, presidente de la diputación, Subdelegado del Gobierno y un sin Fin de autoridades civiles y militares quisieron sumarse a esta celebración de Acción de Gracias.

La procesión que puso en pie a un pueblo

La procesión inicial avanzó solemne, con ese paso medido que tienen las celebraciones que saben que están entrando en la historia. Todo estaba preparado. Todo respiraba expectación. Tras los ritos iniciales y el canto del Kyrie, comenzó el rito de beatificación propiamente dicho.

Nuestro obispo, D. Antonio Gómez Cantero, acompañado por los postuladores de la causa, se dirigió al representante del Santo Padre para suplicar la inscripción del Venerable Siervo de Dios Salvador Valera Parra en el número de los beatos, según la fórmula prevista por la Iglesia para este momento. La postuladora leyó después unos breves datos biográficos que recorrieron la vida entregada del Cura Valera.

Pero el pueblo esperaba otro instante.

Cuando hablaron las reliquias

La emoción se hizo visible cuando apareció el niño curado milagrosamente Tyquan Hall acompañado de sus padres, el médico y la enfermera. Portaban las velas que precedían a las reliquias.

Tras ellos, sacerdotes naturales de Huércal-Overa llevaban la arqueta con paso firme y y el obispo de Getafe, visiblemente emocionado, natural también de la localidad portaba el relicario. Era un gesto profundamente simbólico: el hijo del pueblo regresaba a los hombrOs de los sacerdotes  de su pueblo. El coro entonó el Aleluya. Y entonces se descubrió el cuadro del nuevo beato. El aplauso fue inmediato, largo, imposible de contener. No rompía la liturgia: la desbordaba. Era la fe popular encontrando voz.

Colocada la arqueta en lugar destacado del altar, se cantó por primera vez el himno al Beato Cura Valera. Era ya memoria viva de la Iglesia.

El obispo D. Antonio, conmovido, expresó su agradecimiento por la proclamación. A continuación, el cardenal Marcello Semeraro hizo entrega de la Carta Apostólica firmada por el Santo Padre al obispo de Almería, al de Cartagena, a D. Ginés y al vicepostulador y párroco de la localidad.

El canto del Gloria culminó el rito de beatificación y dio paso a la celebración eucarística.

“Eso es ser cura: cuidar”

En su homilía, el cardenal Semeraro confesó haber meditado la carta pastoral escrita por los tres obispos. Habló de una vida dedicada a los demás, especialmente a los pobres y a los enfermos del cólera.

—El Cura Valera esparció el perfume de Cristo— afirmó, evocando a san Pablo.

Su figura —dijo— es una llamada a los sacerdotes a dar la vida como el Buen Pastor: conocer a su pueblo, aliviar sus penas, socorrer a los más débiles. «Eso es ser cura: cuidar». Y dejó una frase que quedó resonando en el recinto: «Solo el amor hace posible un conocimiento verdadero». Definió al nuevo beato como el quinto Evangelio: el que se escribe con la vida, por Cristo y para los demás.

Ofrendas y acción de gracias

Las ofrendas fueron presentadas por la familia numerosa Belzunces, signo visible de la Iglesia que se construye en lo cotidiano. Siguió la celebración de la santa misa con la maravillosa música del coro y orquesta de la Mequita Catedral de Córdoba.

La celebración concluyó con la acción de gracias nuestro obispo D. Antonio, en la que se expresó gratitud al Santo Padre, al cardenal Marcello Semeraro y al Dicasterio para las Causas de los Santos por la beatificación. También se agradeció la labor de los obispos presentes, postuladores, autoridades civiles y colaboradores que hicieron posible el acto.

El final que nadie quería cerrar

Concluido el acto, muchos se acercaban sin protocolo. Abrazaban a D. Antonio.
Abrazaban a D. Ginés —tan querido en su pueblo y en toda la diócesis—. Se abrazaban entre ellos. Después fueron marchando poco a poco: En coches particulares. En autobuses parroquiales organizados como peregrinación. Comentando lo vivido. Guardándolo en silencio.

Todos con un mismo sentimiento difícil de explicar con palabras. Huércal-Overa volvía a casa sabiendo que había vivido algo que no sucede dos veces. Sin duda, habían sido testigos de un acontecimiento histórico.

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