
Lecturas Is 55,3-9 Sal 144 Fil 1,20c-24.27a Mt 20,1-16
Hay palabras del Evangelio que conocemos desde siempre y que, precisamente por eso, corremos el riesgo de dejar de interrogarnos. Las escuchamos, las repetimos, las hemos incorporado a nuestra manera de pensar la fe. Pero el Evangelio no está para confirmar sin más nuestras ideas sobre Dios. Está para convertirnos a Dios
Quizá una de las mayores dificultades de nuestra vida de bautizados sea esta: que terminemos creyendo que ya sabemos quién es Dios. Nos hacemos una imagen de Él, construimos nuestros esquemas religiosos y, poco a poco, podemos llegar a defender nuestra idea de Dios más que dejarnos transformar por el Dios que nos revela su hijo Jesús. Santísimo Cristo de la Luz, ilumina nuestras oscuridades. Enséñanos a confiar en Dios, en el Padre al que entregaste tu vida, tu espíritu. Un Padre que acoge, que busca, que espera, que levanta al que cae y que nos llama a vivir desde el amor, incluso cuando ese amor alcanza a quienes nosotros consideraríamos nuestros enemigos.
La primera lectura de Isaías nos pone en la puerta del Evangelio: «Mis planes no son vuestros planes, mis caminos no son vuestros caminos». Quizá sea esta la primera llamada que hoy nos hace el Señor, en Dalías: dejad que Dios sea Dios. No lo reduzcamos a nuestras medidas, no lo encerremos en nuestros criterios, no lo convirtamos en una justificación de lo que nosotros somos o pensamos.
¿Comprendéis por qué la parábola de los trabajadores de la viña nos resulta tan incómoda? Porque Jesús nos presenta a un Dios Padre cuya bondad desborda nuestras cuentas. Lo hemos proclamado en el salmo: «El Señor es clemente y misericordioso, bueno con todos, cariñoso con todas sus criaturas». Entonces, si Dios no se ajusta a nuestra manera de pensar, podemos sentirnos como los trabajadores de la primera hora: hemos trabajado, hemos cumplido, hemos estado ahí desde el principio… y nos cuesta aceptar que quien llegó al final reciba también lo necesario para vivir. Justamente antes de contar el Señor esta parábola acababa de decir: Mirad, «que muchos que ahora son primeros serán últimos, y muchos últimos serán primeros».
Pero fijémonos bien en lo que hace el dueño de la viña. No está calculando solamente el rendimiento de cada trabajador. Está mirando a la persona y a su necesidad. No paga únicamente según las horas trabajadas: da, a todos, el jornal completo que necesitan para vivir. Aquí está la novedad del Evangelio. Dios no funciona según una contabilidad de méritos. Dios no deja de ser justo, pero su justicia está atravesada por la misericordia. Dios no hace injusticia a nadie y, al mismo tiempo, es capaz de regalar aquello que nadie puede exigirle como un derecho.
Esta es una de las grandes dificultades de la fe: aceptar que la bondad de Dios no se puede administrar, repartir ni controlar desde nuestras categorías tan humanas. Nadie puede presentarse ante Él con una factura en la mano y decir: «Mira todo lo que he hecho; ahora me corresponde esto». Se nos tiene que quitar de la cabeza que no somos propietarios de derechos. Somos hijos que reciben. Y esto tiene consecuencias muy concretas para nuestra manera de vivir la fe. Debemos ensanchar el corazón.
Jesús cuestiona toda actitud religiosa que convierta la fe en una especie de contrato con Dios: yo cumplo, yo trabajo, yo rezo, yo sirvo, yo me sacrifico… y, por tanto, me debes algo Dios. Pero también cuestiona esa otra actitud, quizá todavía más peligrosa, que utiliza la propia fidelidad para mirar por encima del hombro a quien no vive como nosotros.
Lo vemos en tantas páginas del Evangelio. El hermano mayor, que siempre estuvo en casa, no comprende la alegría del padre por el regreso de su hermano. El samaritano, precisamente aquel a quien otros despreciaban, termina siendo quien se acerca y se hace prójimo. La oveja perdida provoca una alegría que deja desconcertadas a las noventa y nueve. Jesús vuelve una y otra vez sobre la misma pregunta: ¿quién crees que merece más el amor de Dios? El Evangelio nos descoloca: Dios no ama como nosotros clasificamos. No establece fronteras para su misericordia. No convierte a unos en propietarios de Dios y a otros en visitantes de segunda categoría.
Por eso tenemos que mirar también a nuestra comunidad cristiana, a nuestras hermandades, a nuestras parroquias, a nuestras familias y a nuestro propio corazón. Una hermandad no puede ser un lugar donde unos se sientan más cerca de Dios que otros. Una comunidad cristiana no puede convertirse en un espacio cerrado, reservado a quienes ya conocen las palabras, las costumbres y las maneras de hacer. La fe recibida durante muchos años no nos concede el derecho a juzgar la fe de los demás. Al contrario: cuanto más hemos recibido, más llamados estamos a servir.
Y quizá hoy el Cristo de la Luz nos esté preguntando precisamente esto: ¿qué haces con la luz que has recibido? ¿La guardas para ti? ¿La utilizas para señalar las sombras de los otros? ¿O dejas que ilumine tus pasos para salir al encuentro de quien llega tarde, de quien se ha alejado, de quien se siente indigno, de quien está herido o de quien todavía no sabe cómo acercarse a Dios? Hoy, aquí, ante el Santísimo Cristo de la Luz, no necesitamos inventarnos un Dios a nuestra medida. Necesitamos dejarnos encontrar por este Hijo que ha muerto por todos. Esta es la clave, muere por todos. Por nosotros (la humanidad) y por nuestra salvación, que decimos en el Credo.
Nuestro Dios sale a todas las horas a buscar trabajadores para su viña. Nunca se cansa de seguir llamándonos. Nuestro Dios mira la necesidad antes que el mérito. Nunca humilla al último que llega. Nuestro Dios nos pide que nadie quede fuera de nuestra mesa, de nuestra comunidad y de nuestro corazón. Por eso, querida comunidad, quizá la pregunta de este día no sea solamente cuánto hemos trabajado, sino qué clase de viña estamos construyendo entre todos.
Que el Santísimo Cristo de la Luz nos conceda esa gracia: no apropiarnos de Dios, sino dejarnos poseer por su amor; no juzgar a quienes llegan a la viña en la última hora, sino alegrarnos porque también ellos han encontrado un lugar; no vivir pendientes de lo que creemos merecer, sino agradecidos por todo lo que recibimos. Y que esta devoción tan arraigada en Dalías, no sea solamente memoria de una tradición hermosa, sino una ocasión para volver al corazón del Evangelio.
Que el Cristo de la Luz ilumine a nuestros enfermos y a quienes sufren; sostenga a quienes están cansados; acompañe a quienes se sienten solos; fortalezca a nuestras familias; bendiga a nuestras hermandades y a quienes sirven a la comunidad; y haga de Dalías una tierra donde la fe se reconozca, sobre todo, en la capacidad de acoger, perdonar y amar. Que así sea.
Dalías, 20 de septiembre de 2026
+ Antonio, obispo de Almería
Foto: Marían León, Diario de Almería

