DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO, por Ramón Carlos Rodríguez García

Diócesis de Almería
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La diócesis de Almería es una sede episcopal sufragánea de la archidiócesis de Granada, en España. Su sede es la Catedral de la Encarnación de Almería.

Lecturas:  Sab 6, 12-16. Quienes buscan la sabiduría la encuentran. Sal 62. R. Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío. 1 Tes 4, 13-18. Dios llevará con él, por medio de Jesús, a los que han muerto. Mt 25, 1-13. ¡Que llega el esposo, salid a su encuentro!

Hoy San Pablo conforta no sólo a su comunidad, sino que invita a toda la humanidad a una misma esperanza, consecuencia de la resurrección de Jesucristo. Así no ignoraremos la suerte de los que han muerto, llamados a la verdadera VIDA. Cuando el Señor vuelva, todos, vivos y difuntos, saldremos a su encuentro para gozar del banquete, junto al esposo. La Palabra se convierte en fuente de gozo y consuelo para todo el que la acoge en su corazón.

El Salmo se convierte en una valiosa brújula en estos tiempos atiborrados de confusión. ¿Qué busca mi corazón? Ante la inmensidad de ofertas de entretenimiento y preocupaciones que amenazan nuestra cordura, sus estrofas nos orientan para saber apagar la sed…porque ¡cómo ser hombre y no tener sed! ¿Dónde podrá saciarse la agrietada tierra del corazón humano? La nostalgia de Dios se experimenta como carestía biológica. Este domingo en la celebración eucarística busquemos refrescar nuestra vida al hilo de la Palabra y del Pan de Vida.  No nos olvidemos de estas gráciles doncellas que al cincuenta por ciento atinan y desatinan en el camino de la vida.

El evangelista nos presenta una escena muy conocida en tiempos de Jesús. Uno de los momentos más importantes era el traslado de la novia a la casa del novio. Todos esperaban su llegada para acompañar a la pareja y celebrar el banquete. El obligado retraso era contemplado por todos como algo habitual. Debe llamarnos la atención que las jóvenes no puedan participar del festejo. Van a perderse algo muy importante. Esta parábola es sin duda una fuerte llamada de atención ante el riesgo de no poder participar en el gran júbilo del Reino. El tono del evangelista es festivo. No hay miedo ni angustia ante la llegada del “esposo”, al contrario, se espera con impaciencia y alegría (Maranatha ¡ven, Señor! Es el grito de la Iglesia-esposa que reclama a su esposo-Cristo). A veces nuestra mirada se detiene en la esquiva respuesta de las doncellas sensatas pero desconsideradas ante nuestros ojos. Este recurso narrativo nos recuerda que hemos de actuar prudentemente ante las “cosas” del Reino. Nadie puede amar por nosotros. Tenemos que preocuparnos de tener el “aceite” necesario.

Ramón Carlos Rodríguez García

Rector del Seminario

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