
En este domingo V de Cuaresma comentamos un pasaje que curiosamente no solía incluirse en los manuscritos joánicos más antiguos y que ha sido recuperado en las traducciones bíblicas más recientes situándolo en el contexto de la controversia de Jesús con el judaísmo situándolo en el contexto de la fiesta más popular y frecuentada del año llamada de las chozas o tabernáculos (Jn 8,1-11). En aquel contexto de fiesta, en la ciudad de Jerusalén, encontramos la narración donde se dice que Jesús se retiró al monte de los Olivos a orar antes de ir al templo al amanecer, a donde comenta el texto, acudía «el pueblo» para oír sus enseñanzas. El evangelista hace notar que enseñaba con autoridad como indica su posición sedente.
El Evangelio de la mujer sorprendida en flagrante adulterio evoca la parábola del padre misericordioso, cuyo hijo díscolo en este pasaje se presenta en femenino. Así la mujer del relato es un ejemplo tipo de pecadora, como aquel hijo menor que marchó de casa. El hermano mayor se asemeja a los letrados y fariseos que se creen justos y jueces para acusar. Jesús representa al Padre que calla, que no condena, que perdona y devuelve la dignidad perdida.
La pregunta de los “sabelotodo del lugar” no es inocente. Conocían el modo de pensar de Jesús respecto a los pecadores y le provocan para que se exprese de nuevo para poder acusarle y condenarle. La Ley mosaica avalaba a aquellos diletantes preocupados por el cumplimiento, todo pareciera que está de su parte. Ya estaba previsto en la Escritura: «si un hombre comete adulterio con la mujer de su prójimo, será muerto tanto el adúltero como la adúltera» (Lv 20,10). Por tanto, aplicada la ley judía inmisericorde, aquella mujer podía considerarse muerta.
La escena se desarrolla públicamente en el templo. La cuestión planteada, como se diría en clase de leyes, es un caso legal práctico. Aquellos leguleyos no piden a Jesús una sentencia forense, porque éste no es juez. Le piden una aplicación de la ley mosaica al caso que tienen delante. Cualquier respuesta puede ser comprometidas porque las preguntas formuladas vendrían a equivaler a si hay que llevar a la mujer adúltera al tribunal competente o, por el contario, si hay que proceder a ejecutarla sin más trámites dado que el caso es evidente y la ley no da lugar a dudas.
Jesús conocía el modo previsto de practicar la lapidación a los pecadores públicos. Los testigos del delito tenían que arrojar las primeras piedras, después seguía la comunidad como afectada directamente por el pecado (cf. Dt 17,7). Jesús agachado escribe en el suelo, como el que echa cuentas. El comentario del biblista Juan Mateos sobre el signo de Jesús que se pone a escribir (en griego kategraphen) se puede traducir “dibujar, escribir, hacer signos”, pero también “poner una acusación por escrito”. El profesor se inclina por esta segunda interpretación en la que Jesús que sin alzar la voz ni estridencias muestra la culpabilidad de los acusadores.
El silencio de Jesús es toda una predicación que impacienta a los presentes que finaliza con una enseñanza que vale su peso en oro: «El que esté libre de pecado que tire la primera piedra». Aquellos hombres optan por desaparecer de escena. Al final, como comenta san Agustín «solo dos se quedan allí: la miserable y la Misericordia» (In Ioann. Evang, 34,6) y allí se pronuncian aquellas palabras de salud integral, triunfo de la misericordia: «Mujer, yo tampoco te condeno».
La cosa no queda ahí porque Jesús le dice a la mujer restaurada en su dignidad: «Vete y en adelante no peques más». Jesús ama a los pecadores, no al pecado porque el pecado ya es en sí mismo un castigo.
Jesús nos invita con este gesto de misericordia a “no tirar piedras contra nadie”, porque todos somos pecadores. En verdad, lo que aquella mujer necesitaba no eran piedras, sino una mano amiga que le ayudara a levantarse para caminar en libertad.
Manuel Pozo Oller
Párroco de Monsterrat