
El evangelio de san Mateo sitúa la predicación de las Bienaventuranzas en una pequeña colina cercana a Cafarnaúm. Jesús sube al monte, toma asiento, como era costumbre en los maestros de su época para enseñar con autoridad, y se dirige a los presentes con el discurso que se conoce como el sermón del monte (cap. 5 al 7). La escena evoca a Moisés y los acontecimientos del Sinaí con la novedad de que la predicación de Jesús es anuncio de la nueva alianza que supera a la ley del Sinaí.
En este domingo IV del tiempo ordinario nos detenemos en la contemplación del pórtico de este conjunto de enseñanzas (5,1-12a) que, en palabras del Papa Francisco, «son los “nuevos mandamientos”, que superan las normas y señalan el camino nuevo para hallar la felicidad» (Catequesis 20 enero 2020). Estas enseñanzas son consideradas como la “carta magna” y el “corazón del Evangelio”.
El dominico P. Garrigou-Lagrange, teólogo y filósofo francés, en su precioso tratado de Las tres edades de la vida interior, nos explica el significado de las enseñanzas de Jesús del modo siguiente: «Las ocho bienaventuranzas del sermón de la montaña condensan de modo admirable los principios que constituyen el ideal de la vida cristiana y revela toda su sublimidad». Más adelante, prosigue el autor citando a san Agustín y santo Tomás de Aquino, proponiendo un itinerario de vida espiritual que lleva a la felicidad plena: «Las ocho bienaventuranzas van en orden ascendente: las tres primeras, que harían más referencia a la vía purificativa de la vida espiritual, miran a la felicidad que se encuentra en la huida y liberación del pecado, en la pobreza sobrellevada por amor de Dios, en la mansedumbre y en las lágrimas de la contrición. Las dos bienaventuranzas siguientes, que harían referencia a la vía iluminativa de la vida espiritual, pertenecen a la vida activa del cristiano: se refieren a la sed de justicia y a la misericordia con el prójimo. Y vienen luego las tres bienaventuranzas últimas, que harían referencia a la contemplación de los misterios divinos: la limpieza de corazón que dispone a ver a Dios, y la paz que acompaña a la verdadera sabiduría. En fin, la última y más perfecta de las bienaventuranzas, es la que concentra o reúne las anteriores en el centro mismo de la persecución sufrida por la justicia; son las últimas pruebas, condición indispensable de la santidad» [Tomo I (Madrid 1975) 160 y 185].
Las Bienaventuranzas son el programa de vida del seguidor de Jesús. La felicidad, remitiéndome a la traducción del profesor Juan Mateos, la encontramos en aquellos que «no tienen el corazón apegado ni al dinero ni a las cosas, porque tienen a Dios por rey».
Manuel Pozo Oller
Párroco de Montserrat

