DOMINGO III DE PASCUA, por Ramón Carlos Rodríguez

Diócesis de Almería
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La diócesis de Almería es una sede episcopal sufragánea de la archidiócesis de Granada, en España. Su sede es la Catedral de la Encarnación de Almería.

Lecturas:  Hch 3, 13-15. 17-19. Matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos. Sal 4. R. Haz brillar sobre nosotros, Señor, la luz de tu rostro. 1 Jn 2, 1-5a. Él es víctima de propiciación por nuestros pecados y también por los del mundo entero.  Lc 24, 35-48. Así está escrito: el Mesías padecerá y resucitará de entre los muertos al tercer día.

El relato que nos presenta San Lucas este domingo nos permite disfrutar en unos pocos versículos, de toda la temática de los relatos de la Resurrección. No viven de falseadas y dolorosas nostalgias y en cambio se abren a un presente lleno de Jesús resucitado, que se sitúa en medio de los discípulos, de la comunidad. Una paz y alegría completamente desconocidas y radicalmente novedosas, embargan sus corazones…son los frutos del encuentro con el resucitado. Quien les pide comida es el mismo que fue crucificado, no es un fantasma. ¡No es casualidad que coman pescado! Ese pez asado reaviva escenas de sus comidas junto al lago de Galilea. Vuelven a gozar de su cercanía, sencillez, diálogo, fraternidad. Renace de nuevo la posibilidad de compartir la mesa y volver a recrear lo que hacían antes de la crucifixión.  Surge una promesa: el envío del Espíritu. Nace una misión: ser sus testigos en todo tiempo y lugar. Han tenido todos juntos que vencer de nuevo un obstáculo. Los ojos les traicionan también al igual que a María Magdalena que lo confundió con el “hortelano”. Aquellos caminantes de Emaús lo percibieron como un “caminante”. Tomás el “manos largas” se ofuscó ante el absurdo de que un crucificado fuera el Dios de la vida. La comunidad de esta narración le creen un fantasma. No es fácil reconocer a Jesús resucitado y tampoco es fácil confesar la fe en el Señor al margen de la Eucaristía…del encuentro dominical…de la cena compartida que recrea y enamora.

Las primeras palabras de Jesús al grupo vociferante, otrora silencioso, siguen resonando en nuestra celebración con la misma intensidad: “¡Paz a vosotros!” En medio de un mundo en el que las naciones sospechan las unas de las otras. En un momento dramático donde el acopio de armas parece ser la mejor solución. En cada instante de la historia de los hombres, donde sabemos que cualquier guerra es siempre una derrota para la humanidad, rebrota el mismo gesto del resucitado. La Iglesia tiene que recoger y esparcir de los labios del mismo Cristo, este don que Dios regala sin cesar a quienes quieren trabajar por la paz.

Ramón Carlos Rodríguez García

Rector del Seminario

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