
La liturgia de la Iglesia nos ofrece en este domingo II después de Navidad la meditación del prólogo cristológico del evangelio de san Juan (1,1-18), editado en forma de poema, a modo de villancico navideño. Es un texto difícil. No obstante, animo a mis lectores a meditarlo sin prisas. Merece la pena. El himno expresa a manera de confesión de fe que Jesucristo es el Hijo de Dios y su origen es eterno de tal suerte que los que le acogen se convierten en hijos en el Hijo.
Algunos comentaristas dicen que el prólogo es como una obertura de una pieza musical porque anticipa los temas que serán tratados más adelante en la interpretación de la obra.
El prólogo, en efecto, es un gran himno a Cristo, con ecos del primer capítulo del Génesis en cuanto usa idénticas palabras, “en el principio”, pero con distinto significado: el Evangelio se refiere a la eternidad, mientras que el Génesis se refiere al momento concreto de la creación. También hay diferencias en la función que desempeña el Verbo: en el Génesis, Dios va creando todos los seres; en el Evangelio, se dice que todo fue hecho por el Verbo (Palabra) de Dios. Además, en el Génesis la obra creadora de Dios culmina con la creación del hombre a imagen y semejanza de Dios; en el Evangelio la obra del Verbo encarnado culmina en el reconocimiento de la dignidad del hombre como hijo de Dios, a modo de una nueva creación.
Como enseñanzas principales que aparecen en este pasaje pue den apreciarse: 1) la divinidad y eternidad del Verbo; 2) la Encarnación del Verbo y su manifestación como hombre; 3) la intervención del Verbo en la Creación y en la obra salvífica de la humanidad; 4) el comportamiento diverso de los hombres ante la venida del Salvador: unos le aceptan con fe y otros le rechazan, 5) por último, Juan Bautista es el testigo de la presencia del Verbo en el mundo.
La presencia del Verbo en medio de nosotros, «como vida y luz», no deja al mundo indiferente obligándole a decidir: «Vino a los suyos y los suyos no le recibieron. Pero a cuantos la recibieron les da poder para ser hijos de Dios» (v. 11ss). Se afirma que la realidad plena de la existencia, la vida auténtica, no se halla en el hombre mismo, sino en el autor de la vida que es Dios.
La Navidad nos recuerda que el Verbo hecho carne se hace uno de los nuestros para mostrarnos el misterio insondable de Dios al que «nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer» (v.18). ¡Admirable misterio!
Manuel Pozo Oller
Párroco de Montserrat

