
Hay escenas que no envejecen. Con familiaridad, vuelven cada año, como si ya las hubiéramos comprendido. Y, sin embargo, basta mirarlas con un poco de hondura para advertir que siempre nos interpelan. La entrada de Jesús en Jerusalén —el domingo de Ramos que abre la Semana Santa— pertenece a ese tipo de escenas: conocidas, pero nunca agotadas. A primera vista, todo sugiere celebración; ramas, mantos, cantos y aclamaciones. Un pueblo que reconoce y proclama. Y el centro de ese jubilo no es algo majestuoso ni poderoso, es un hombre en un pollino, un hombre que elige la humildad como lenguaje. Un rey que desarma porque no responde a las categorías del triunfo habitual.
El verdadero alcance del Domingo de Ramos está, sin duda, en lo que se celebra: La entrada del Señor en Jerusalén, anticipo de su entrada gloriosa en la Jerusalén celeste. Pero también está en lo que descoloca. Porque hay respuestas que no llegan con estruendo, ni con la inmediatez que desearíamos. También hoy pedimos ser salvados de nuestras incertidumbres, de nuestras heridas, de la fragilidad que experimentamos. Pero la salvación que se nos ofrece no siempre coincide con la que imaginamos. Llega de otra manera, con otro ritmo, con otra profundidad.
Quizá por eso esta escena sigue teniendo tanta fuerza hoy. Porque en un mundo que mide el valor por la eficacia y el éxito, Jesús muestra que lo decisivo se juega en lo escondido, en lo sencillo, en lo que no hace ruido. Nos invita a revisar qué tipo de salvación buscamos y si estamos dispuestos a acoger un amor que no responde a la lógica del poder, sino a la del don. Es la lógica de la cruz.
Entre el “hosanna” y el “aleluya” se despliega un camino interior. Un camino que va de la duda a la confianza, de la exigencia a la acogida, del rechazo a la capacidad de amar. La respuesta que ofrece el Señor pasa, inevitablemente, por la cruz. Y, tal vez en ella, podamos descubrir que Dios no entra en nuestra vida como un rey que impone, sino como amor que se inclina ante el hombre, de forma humilde, silenciosa… y que simplemente espera ser acogido.
Francisco Sáez Rozas
Vicario de Pastoral

