Este martes, 4 de septiembre, con la celebración de la Eucaristía a las 12:30h, la población de la Alpujarra almeriense de Alcolea culmina las fiestas patronales en honor de santa Rosa de Viterbo. Una fiestas marcadas por la despedida de su párroco, Antonio Agustín Joya Lamata, quien tras seis años ejerciendo su ministerio en esta localidad, a partir del día 13 del presente será el nuevo párroco de la parroquia de Vélez Rubio.
Con respecto a santa Rosa cabe señalar que nació en Viterbo en 1235. Los padres de Rosa eran pobres y excelentes cristianos. Y ya en su más tierna infancia todos se dieron cuenta de que Dios tenía grandes planes sobre ella. A los ocho años contrae una gravísima enfermedad, que dura quince meses. Fue milagrosamente curada por la Santísima Virgen, quien le mandó tomar el hábito de la Tercera Orden de San Francisco, hábito que recibió en la iglesia de Santa María. Aquel día empezó su vida de apóstol.
No faltaron las contradicciones ni las penas. Los partidarios de Federico II, enemigos de la Santa Sede, en seguida la hicieron objeto de sus ataques. Tras las mofas y las calumnias vino el destierro. Todo ello sirvió para demostrar el temple de aquella niña, quien, como los apóstoles en otro tiempo, dijo que no podía dejar de predicar la divina palabra.
Con sus padres tuvo que salir de noche de Viterbo, mientras la nieve barría los caminos. Acuden a oírla hombres y mujeres de los pueblos vecinos. A sus oyentes un día les anunció la muerte de Federico II, ocurrida en Fiorentino de Puglia el 13 de diciembre de 1250. Al fin de su vida el emperador se reconcilió con la Iglesia.
El biógrafo de San Francisco de Asís, Tomás de Celano, dice que «cantando recibió la muerte». Tenía diecisiete años y diez meses cuando falleció.
Inocencio IV inició su proceso de canonización, pero la muerte le impidió terminarlo. Calixto III la colocó en el catálogo de los santos. Desde su muerte, el lugar que guarda su cuerpo incorrupto ha sido centro de constantes peregrinaciones. En 1357 ocurrió en Viterbo un gran milagro. Quedó reducida a cenizas la capilla que guardaba sus reliquias, y se quemó la caja que las contenía; el cuerpo santo sólo cambió un poco de color.
Aunque su muerte ocurrió el día 6 de marzo de 1252, su fiesta se celebra el día 4 de septiembre, por ser el aniversario de la solemne traslación.