
Hace apenas una semana que recibíamos la noticia del choque de dos trenes en la provincia de Toledo. No es la única tragedia que nos ha conmocionado en el último año, aunque es la más reciente. En la vida pasamos por la pérdida de seres queridos, tenemos diagnósticos médicos desfavorables o, simplemente, un momento difícil debido a una mala racha en la que parece que el horizonte se desdibuja. Cuando la vida se rompe, ¿qué significa creer en Dios?
En estos casos no sería honesto responder con una frase hecha. Tampoco es justo pedir a alguien que acaba de perder a un ser querido que encuentre inmediatamente un sentido a su dolor. Hay sufrimientos que nos superan, heridas que necesitan tiempo, silencio y compañía. Por ello, como creyentes, como Iglesia, hemos de reconocer que no siempre tenemos una respuesta. Hay veces en las que lo único que podemos hacer es permanecer junto a quien sufre.
“Jesús lloró” (Jn 11, 35), es decir, el sufrimiento humano no es indiferente para Dios. La conmiseración, es también una forma de anunciar el evangelio. Cuando intentamos buscar una explicación rápida lo único que conseguimos es recuperar nuestra tranquilidad. Pero nuestra fe no nos obliga a encontrar un sentido inmediato a la tragedia, ni nos pide que ocultemos nuestras dudas o que reprimamos nuestra indignación ante el mal. La búsqueda de un “por qué” se convierte aquí en una forma de dirigirnos a Dios desde lo más profundo de nuestra humanidad.
Pero entonces, ¿qué puede aportar en estos casos la fe? Creer es seguir buscando a Dios también cuando no encontramos respuestas. La fe no es una forma de escapar de la realidad, sino la convicción de que el sufrimiento y la muerte no tienen la última palabra. De que el amor de Dios es más fuerte que nuestras heridas y que la resurrección de Cristo abre un horizonte más allá de aquello que podemos comprender o ver. La esperanza cristiana es reconocer que incluso cuando todo va mal, el amor de Dios no nos abandona.
La esperanza nos permite llorar sin desesperar, sufrir sin sentirnos abandonados y seguir viviendo sin negar la gravedad de lo ocurrido. A veces la palabra más importante no es una explicación, sino una presencia. Así, esta esperanza comienza cuando alguien descubre que no está solo en medio de su sufrimiento.
Jesús Marín Gómez
Párroco de Vera

