Las guardianas de la tierra. Jornada Internacional de las Mujeres Rurales

Diócesis de Jaén
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La diócesis de Jaén es una iglesia particular española sufragánea de la archidiócesis de Granada. Sus sedes son la Catedral de la Asunción de Jaén y Catedral de la Natividad de Nuestra Señora de Baeza.

Por voluntad de la Asamblea General de las Naciones Unidas desde 2007 cada 15 de octubre, cuando el otoño empieza a afilar sus garras de escarcha y el sol declina con timidez dorada sobre los rastrojos, se nos convoca a un acto de relevante significado: el Día Internacional de las Mujeres Rurales. Este 2026 la efeméride no es un hito aislado; se inscribe con letras de arcilla y labranza en el Año Internacional de la Mujer Agricultora.

La jornada nos brinda un momento propicio para fijar la atención en aquellas que, con las manos agrietadas por la labor y el alma templada en la paciencia de las estaciones, en muchas partes del mundo, sostienen el armazón invisible de los campos, favorecen la seguridad alimentaria y ayudan denodadamente a la erradicación de la pobreza.

Durante siglos la crónica oficial ha silenciado el latido de la periferia. Se ha pintado el agro como un páramo monótono, donde el protagonismo era propiedad de los hombres. Sin embargo, quien observe los sembrados con ojos serenos descubrirá a menudo que el verdadero motor de la aldea, el custodio del léxico extinguido y el pilar que frena la sangría de la despoblación tiene nombre femenino. Ellas son las costureras de un paisaje que se deshilacha; las que conocen el secreto de cada mata de tomillo, el remedio exacto para la ubre inflamada de la res y el arte supremo de amasar el pan cuando la madrugada es aún un pozo de sombra.

Hay un rigor bellísimo en la limpieza del lenguaje con el que debemos aproximarnos a sus vidas. No caben aquí los almíbares del bucolismo urbano ni la conmiseración altanera. La vida en el medio rural es recia, a menudo ingrata. Se advierte todavía hoy en variadas regiones del planeta, marcadas por una subordinación doble que pesa como un fardo de leña húmeda: la sumisión a los caprichos del clima y la sumisión a esa tendencia que relegó a la mujer a la penumbra del hogar, despojándola de la titularidad de las tierras que sus propios sudores fertilizaban.

Es impresionante escuchar testimonios llegados de África, América Latina y Asia sobre todo. Relatan que el esfuerzo en los cultivos recae solo sobre la madre o la abuela, que el ganado lo apacienta la pastora. Su jornada empieza antes de que el gallo rasgue el alba. Hay que avivar el rescoldo del hogar, ordeñar a las cabras con movimientos rítmicos y precisos, atender a la progenie y, de inmediato, calzarse las albarcas para salir al encuentro del surco.

En tantas mujeres rurales la azada no es un simple instrumento para la faena, sino una prolongación de su propio cuerpo. También en determinadas zonas de nuestra patria son ellas las que mejor manejan el bieldo y la guadaña. Su destreza desafía la fragilidad biológica que los teorizantes de la ciudad les atribuyen. Su cuerpo es un mapa topográfico donde el sol ha inscrito su ley a base de pecas y arrugas precoces; una geografía de la resistencia. Escuchar su habla es adentrarse en un bosque de palabras vivas, un inventario de términos precisos que la modernidad agonizante ha arrojado al desván del desuso. Ellas dicen barbecho, torrentera, esparceta, ventisca y cabañuelas con la naturalidad de quien se refiere a sus hijos. En su diccionario no hay espacio para la ornamentación superflua; sus frases son sobrias como la meseta castellana, pero brillan con la contundencia del pedernal. Hay una dignidad sagrada en esa pulcritud léxica, un respeto reverencial por el entorno que las rodea. Si una planta es amargaza, no la llamarán flor; si el viento viene del este y corta la respiración, es solano y no simple brisa.

Existe una poesía profunda, a veces dolorosa, en el interior de un establo en pleno invierno. Es el lirismo de la carne que nace y de la carne que muere. La mujer rural habita ese territorio fronterizo. Es ella quien asiste el parto difícil de la oveja, con los brazos hundidos en la calidez del útero animal, sintiendo el temblor de la vida que empuja por salir entre la paja sucia. Hay allí una comunión telúrica que la literatura urbana jamás alcanzará a comprender, una certeza forjada con la urdimbre de la ruda experiencia.

La vida rural no se escribe con tinta, sino con la leche que bala en el balde, con el olor a estiércol noble y a tomillo quemado, con el crujido de las hojas secas bajo la bota. Es la belleza de lo minúsculo, del milagro cotidiano que ocurre en el corral. Sin embargo, este cantar de gesta diario ha sido no pocas veces sepultado bajo el manto de la invisibilidad. A la mujer del campo se la definió siempre por lo que no era: «la esposa de», «la ayuda de». Su trabajo no figuraba en las estadísticas económicas; era una energía gratuita, un flujo constante de cuidados y abnegación que se daba por descontado, como la lluvia de primavera o la caída de la hoja.

Hoy las nuevas generaciones de mujeres del campo alzan la voz para reclamar el puesto que les corresponde, no desde el rencor, sino desde el orgullo de la estirpe. Hay una pasión eléctrica en esta voluntad, una urgencia por gritar que sus saberes son cultura con mayúscula. No son seres desvalidos que necesitan ser rescatados; son las dueñas de una soberanía alimentaria que la urbe, en su loca carrera hacia el asfalto y la pantalla, ha terminado por perder.

Frente a quienes auguraban que el destino de la mujer del sector primario era la resignación pasiva en una cocina fulginosa, la historia y el presente demuestran una intrepidez inquebrantable. Con una valentía que escandalizaría a los salones cortesanos de antaño, la mujer rural ha sabido romper el determinismo geográfico y social. Se necesita un coraje colosal para plantar cara a los retos que han afrontado, a la palabra tomada con competencia en la cooperativa. Se requiere bizarría para ponerse a la cabeza de una explotación agraria cuando el torbellino arrecia y el escepticismo no deja de crecer. Esa bravura femenina no es ruidosa; es una audacia de grano fino. Se manifiesta en la decisión de introducir sistemas de regadío tecnológico en el viñedo, en el arrojo de comercializar el queso artesanal más allá de las fronteras de la comarca, o en la osadía de negarse a abandonar el pueblo cuando la escuela cierra y los servicios se evaporan. Son mujeres que cabalgan entre la tradición más remota y la vanguardia más exigente. Manejan el tractor con la misma solvencia con la que administran las complejidades burocráticas de las ayudas comunitarias, sin perder jamás esa conexión umbilical con el terrón original.

El Año Internacional de la Mujer Agricultora o la Jornada Internacional de las Mujeres Rurales no pueden quedarse en una sucesión de discursos engolados en moqueta parlamentaria. Deben ser el trampolín para una transformación jurídica y cultural definitiva. Salvar el campo es, en términos absolutos, dignificar a sus mujeres. Si ellas se marchan, el pueblo muere; si el pueblo muere, la ciudad se queda sin memoria, sin raíces y, en última instancia, sin sustento.

Celebremos, pues, este quince de octubre reconociendo la grandeza sobria de nuestras paisanas. Devolvamos a su figura el esplendor que frecuentemente les negaron, con la convicción de que ellas son una brújula segura para sus hogares, un torrente de creatividad que arranca del anquilosamiento a sus comunidades, especialmente en los países en desarrollo, donde no solo son beneficiarias sino verdaderas impulsoras del progreso de las sociedades en las que viven. Miremos sus rostros curtidos no como el vestigio de un pasado extinguido, sino como el faro de un porvenir sostenible. Porque mientras una sola mujer siga saliendo al campo a interrogar a la tierra con mirada intuitiva y paso firme, habrá esperanza para este viejo suelo que pisamos. Ellas son las verdaderas soberanas de la llanura y la montaña: animosas en el sacrificio, inspiradas en su cotidianidad y dueñas de una verdad tan precisa y vigorosa como la propia naturaleza. Reconozcamos, por tanto, el papel esencial que tienen en el seno de la familia rural y hagamos todo lo posible para que puedan conciliar debidamente las diversas tareas que desempeñan, tanto a nivel doméstico como en el ámbito profesional.

Fernando Chica Arellano
Observador Permanente de la Santa Sede ante la FAO, el FIDA y el PMA

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