4 de octubre: clausura del Tiempo de la Creación

Diócesis de Jaén
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La diócesis de Jaén es una iglesia particular española sufragánea de la archidiócesis de Granada. Sus sedes son la Catedral de la Asunción de Jaén y Catedral de la Natividad de Nuestra Señora de Baeza.

El mundo estalla en un relámpago de belleza física, pero el barro no se basta a sí mismo. Mirar el paisaje no es divisar un escenario mudo; es asistir al latido vertical de una presencia. San Francisco de Asís no se detuvo en el follaje, ni en las alas que triscan el viento invernal, ni en la corteza rugosa de los árboles de Umbría, su enclave nativo. Supo saltar del río a la Fuente. Este preclaro Religioso rompió el cristal de las apariencias para tocar la carne viva del Creador. Su biografía no es la de un mero idilio bucólico; es el itinerario de un alma que cruza el puente de la materia para descubrir el Absoluto Divino.

La naturaleza, en su muda y densa urdimbre de hojas y raíces, clama por una voz que la redima. San Francisco fue esa lengua encendida, esa palabra justa y virgen que precisaba la tierra. Sus ojos cruzaban la luz del sol no como un destello cósmico, sino como el reflejo exacto de una Paternidad infinita. Cada criatura era un peldaño, un escalón para ascender al cielo. Así, el Santo de Asís inauguró una poética del espíritu consistente en pasar de la maravilla física al temblor de la adoración agradecida. La creación entera se convierte, en sus labios humildes, en un gigantesco altar de alabanza sincera.

Al concluir el Tiempo de la Creación, iniciativa anual propuesta por el papa Francisco entre el uno de septiembre y el cuatro de octubre, estamos llamados a contemplar cómo cruje la madera del mundo bajo la ternura de la mirada divina. Este sencillo hijo de la Iglesia nos enseña a caminar descalzos sobre las piedras hostiles, sobre el polvo humedecido por la brisa fresca de las mañanas otoñales.

El Santo nos recuerda que la naturaleza no es un cuadro lánguido; es un hontanar de pulcritud que gime bajo el sol. Francisco escucha el alarido del suelo, comprende su dolor cuando viene maltratado, esquilmado, devorado por la codicia humana, y lo arranca de la sombra. Con manos llagadas de luz impoluta, eleva la arcilla hacia el firmamento estrellado. Francisco silba con el viento, percibe el fuego del Creador en las entrañas de la tierra. No hay distancia entre la brizna y el lucero cuando el amor deshace las distancias del cosmos. El pobrecillo de Asís levanta la mano y el aire se vuelve partitura. Los elementos no chocan: danzan. La hermana Luna copia su perfil de plata en el remanso exacto del arroyo. Todo es ritmo, todo es música vibrante en el pentagrama del universo. El cántico no admite el desorden, exige la dócil entrega del alma que se sabe perfectamente amada.

Francisco, las criaturas te reconocen porque has borrado el egoísmo que separa los cuerpos. Eres la voz que dice «tú» al hermano lobo y «tú» a la hermana muerte. Eres el anhelo que busca la verdad desnuda, la sed que ansía el agua incólume. Al final, desposeído de todo ropaje mundano, solo te quedaste con el fulgor primero del origen.

El cuatro de octubre de cada año trae a nuestra memoria esta mística franciscana. Un susurro orante que no se identifica con un panteísmo vago, ni con una ecología meramente horizontal. Es una invitación de estricto cuño evangélico. El papa Benedicto XVI perfiló esta urgencia sin ambages al poner de relieve el sublime valor del mundo físico: “La tierra es un don precioso del Creador, que ha diseñado su orden intrínseco, dándonos así las señales orientadoras a las que debemos atenernos como administradores de su creación. Precisamente a partir de esta conciencia, la Iglesia considera las cuestiones vinculadas al ambiente y a su salvaguardia como íntimamente relacionadas con el tema del desarrollo humano integral. Sintiendo la común responsabilidad por la creación, la Iglesia no solo está comprometida en la promoción de la defensa de la tierra, del agua y del aire, dados por el Creador a todos; sobre todo se empeña por proteger al hombre de la destrucción de sí mismo. De hecho, cuando se respeta la ecología humana en la sociedad, también la ecología ambiental se beneficia. ¿No es verdad que la utilización desconsiderada de la creación comienza donde Dios es marginado o incluso se niega su existencia? Si falla la relación de la criatura humana con el Creador, la materia queda reducida a posesión egoísta, el hombre se convierte en la última instancia, y el objetivo de la existencia se reduce a una carrera afanosa para poseer lo más posible” (Audiencia General, 26 de agosto 2009). Aprendemos de este luminoso magisterio de Ratzinger que no somos dueños absolutos de la viña; somos siervos y administradores que rinden cuentas ante el Altísimo. La creación entera exige respeto porque porta los planos del Arquitecto Celestial.

Por su parte, el papa León XIV ha venido a actualizar este mismo clamor en las febriles encrucijadas de nuestro siglo con atinada claridad: “El cuidado de la creación representa una verdadera vocación para cada ser humano, un compromiso que debe cumplir dentro de la propia creación, sin olvidar nunca que somos criaturas entre las criaturas y no creadores. Por eso es importante, «recuperar la armonía serena con la creación, para reflexionar acerca de nuestro estilo de vida y nuestros ideales, para contemplar al Creador, que vive entre nosotros y en lo que nos rodea» (Enc. Laudato si’, 225)” (Homilía en la inauguración y bendición del Borgo Laudato si’, Castelgandolfo, 5 de septiembre de 2025). De este modo, el Sucesor de Pedro nos anima a pasar de los discursos propagandísticos al compromiso cotidiano por cuidar la casa común que a todos nos acoge; de la retórica ambientalista a una conversión ecológica que transforme el estilo de vida personal y comunitario. ¡Basta de diagnósticos estériles! Es hora de actuar ya sobre la propia vida optando por la sobriedad.

Al dirigir en su fiesta litúrgica nuestros ojos al Santo de Asís, su testimonio adquiere un dramatismo insoslayable. No podemos cantar al hermano Sol si envenenamos los ríos. No podemos pretender la paz del espíritu si derrochamos el agua, recurso fundamental para la subsistencia humana. Su gestión, sensata y solidaria, adquiere en la hora presente una relevancia especial. La hermana agua es, en palabras de san Francisco, “útil, humilde, preciosa y casta”. En nuestros días, sin embargo, languidece zaherida por la codicia y la negligencia. El agua no es una mercancía infinita; es la lágrima viva de la creación que sostiene la vida de los más pobres.

¡Cierra el grifo del derroche! ¡Custodia cada gota como un milagro! Usar responsablemente el agua no es un mero consejo técnico de supervivencia urbana; es un deber ineludible, un acto de estricta justicia con el Creador y con el prójimo. San Francisco nos apremia hoy a rescatar la reverencia ante el Manantial. ¡Despierta tu conciencia dormida! ¡Sé custodio fiel del agua pura! Que el término de este Tiempo de la Creación no sea el final de una campaña, sino el nacimiento de un hombre nuevo. Un hombre que, al beber un vaso de agua fresca, sepa arrodillarse, encomiar y proteger la santidad de la vida.

Fernando Chica Arellano
Observador Permanente de la Santa Sede ante la FAO, el FIDA y el PMA

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