Recientemente he leído la «Magnífica Humanitas» del Papa León y he escuchado la magistral homilía del Arzobispo José María Gil Tamayo, en la inauguración del curso académico de la Facultad de Teología y del Centro Lumem Gentium de Granada, pronunciada ante los profesores y alumnos.
Al salir de la espléndida iglesia de la Cartuja granadina, algún sacerdote me comentaba la agudeza del Arzobispo al establecer una singular escala entre sabiduría, conocimiento, información e inteligencia artificial. Todo ello es gradual y descendente: a los profesores se nos llama a tener alumnos…, que no es poco, pero a los maestros se nos convoca a suscitar discípulos…, que es mucho mejor e infinitamente más importante y completo, más bíblico y evangélico, más propio de la excelencia de la enseñanza católica.
Mientras leía al Papa o escuchaba al Arzobispo, iba rumiando lo siguiente: la inteligencia artificial es un instrumento, por definición, meramente instrumental. Como todo instrumento, depende del uso constructivo o destructivo que cada cual, en cada instante, le otorguemos. No deja de ser un artificio, artificioso, artificiado…, el fruto de un algoritmo reiterativo con mucha menos poesía que la guía de teléfonos antigua.
Por otra parte, es mucho llamar «inteligencia» a algo que carece de moral, de sentimientos y de la hondura de libertad, porque es esclava de la complejidad estadística de sus datos. El hacha del hombre de Cromagnon fue un avance extraordinario en su momento; desde entonces pudo trocear la madera o las carnes, tanto como el cráneo de algún semejante. Toda hacha fue un avance y un peligro. Es más, todo avance es peligroso y todo progreso puede suponer un riesgo de regreso.
Estamos ante un reto de humanización o deshumanización. Don José María Gil nos advertía a los doctos y doctores de los riesgos académicos y humanísticos… que no son pocos. el Papa, de los peligros para la paz mundial. Tampoco escasean.
Estamos ante un progreso magnífico y arriesgado.
Yo, humildemente, me permito insistir al paciente lector sobre los posibles daños para la belleza, la autenticidad poética o la grandeza de la hermosura de la retórica y la dialéctica… sin necedad artificial.
Manuel Amezcua Morillas
Párroco de Virgen de Gracia, de Guadix, y profesor del Centro Lumem Gentium de Granada

