Homilía de Mons. Saiz Meneses. Ordenación de un presbítero y cuatro diáconos (26-09-2026)

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Homilía de Mons. Saiz Meneses. Ordenación de un presbítero y cuatro diáconos (26-09-2026)

Ordenación de un presbítero y cuatro diáconos

Pedro Lu, Carlos Javier Corento, Elder João Tavares, y Javier Garrido, del Seminario Metropolitano, y Fabio Martarelli, del Seminario Redemptoris Mater

Catedral  de Santa María de la Sede de Sevilla- 26 de septiembre de 2026

«El Espíritu del Señor está sobre mí». Queridos hermanos y hermanas que participáis en esta celebración: Hermanos en el episcopado, rectores y formadores de nuestros Seminarios, Consejo Episcopal, Cabildo de la Catedral, presbíteros, diáconos, seminaristas, miembros de la vida consagrada, miembros del laicado, hermanos todos en el Señor. Especialmente queridos Pedro, Carlos Javier, Elder, Javier, Fabio y los familiares presentes. Un saludo también a quienes seguís la celebración a través de los medios de comunicación y las redes sociales. Celebramos hoy un día grande para nuestra Iglesia diocesana. El Señor vuelve a mostrarnos que no abandona a su pueblo, que continúa llamando, consagrando y enviando servidores para su Iglesia. Un hermano nuestro va a ser incorporado al orden de los presbíteros y otros cuatro recibirán el orden del diaconado. Damos gracias a Dios por ellos, por sus familias, por nuestro Seminario Metropolitano, y nuestro Seminario Redemptoris Mater, por sus formadores, por sus parroquias y por todos los que los han acompañado en el camino de la vocación.

La primera lectura nos ofrece la clave para comprender lo que aquí acontece: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados» (Is 61,1-2). No somos nosotros quienes hemos iniciado esta historia. La iniciativa es siempre de Dios. Él llama, elige, unge y envía. Por eso, queridos ordenandos, el ministerio que hoy recibís no es la culminación de un proyecto personal, ni el reconocimiento de unas capacidades adquiridas durante los años de formación. Es gracia, elección y misión. Hoy el Espíritu Santo va a actuar sobre vosotros mediante la imposición de las manos y la plegaria de ordenación. Vuestras vidas quedarán marcadas sacramentalmente para pertenecer de un modo nuevo a Cristo y servir a su Iglesia.

El Concilio Vaticano II enseña que los presbíteros, mediante el sacramento del Orden, quedan «configurados con Cristo Sacerdote» y son constituidos cooperadores del orden episcopal para el cumplimiento de la misión apostólica confiada por Cristo (Presbyterorum ordinis, 2). Por eso, toda vida ministerial comienza y termina en Cristo. Cuando el ministro deja de mirarle a Él, corre el peligro de convertir el ministerio en actividad, organización, protagonismo o simple cumplimiento. Cuando permanece unido a Cristo, incluso la tarea más pequeña y oculta está impregnada de fecundidad apostólica. San Pablo nos ha recordado que «siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo, pero cada miembro está al servicio de los otros miembros» (Rom 12,5). Y añade algo particularmente hermoso para esta celebración: «si es el servicio, dedicándose a servir» (Rom 12,7). Aquí está la lógica del ministerio ordenado: el don recibido se convierte en servicio ofrecido.

Queridos hermanos que vais a recibir el diaconado: la Iglesia os entrega hoy una palabra que deberá acompañaros durante toda vuestra vida: servicio. El Concilio Vaticano II enseña que los diáconos reciben la imposición de las manos «no en orden al sacerdocio, sino en orden al ministerio» y que, fortalecidos por la gracia sacramental, sirven al Pueblo de Dios «en el ministerio de la liturgia, de la palabra y de la caridad» (Lumen gentium, 29). No consideréis jamás el diaconado como un simple tránsito administrativo hacia el presbiterado. Lo que hoy recibís dejará una huella permanente en vuestra identidad ministerial. También cuando seáis sacerdotes tendréis que seguir siendo servidores.

Servid en el altar con reverencia. Servid la Palabra sin manipularla ni rebajarla. Servid a los pobres, a los enfermos, a los ancianos, a quienes viven solos, a los que han perdido la esperanza. Servid también cuando nadie lo vea, cuando no haya reconocimiento, cuando vuestra entrega resulte incómoda o cansada. El diácono encuentra su modelo en Cristo, que no vino «a ser servido, sino a servir» (Mc 10,45). El ministerio no coloca al discípulo por encima de los hermanos; lo sitúa en medio de ellos para servirlos. San Policarpo, citado precisamente por el Concilio al hablar de los diáconos, exhortaba a ser «misericordiosos, diligentes», siguiendo al Señor «que se hizo servidor de todos» (San Policarpo de Esmirna, Carta a los Filipenses, 5,2; cf. Lumen gentium, 29). Que éste sea siempre vuestro estilo.

El Evangelio contiene también una expresión especialmente adecuada para este día. Jesús envía a los setenta y dos y les dice: «¡Poneos en camino!» (Lc 10,3). Después añade: «La mies es abundante y los obreros pocos» (Lc 10,2). La ordenación es envío. La Iglesia no os ordena para quedaros cómodamente instalados. Os ordena para la misión. Habrá que salir, buscar, escuchar, acompañar, consolar, anunciar, celebrar y servir. El Señor no esconde las dificultades: «Mirad que os envío como corderos en medio de lobos» (Lc 10,3). No promete una misión fácil, pero tampoco permite el miedo. Y esto quisiera decírtelo particularmente a ti, querido hermano que hoy vas a ser ordenado presbítero: no tengas miedo de entregar tu vida entera a Cristo y a su pueblo. Vive tu sacerdocio con valentía. No una valentía mundana, forjada por la dureza o la autosuficiencia, sino la valentía humilde del que sabe en quién ha puesto su confianza.

El ministerio sacerdotal es actualmente una tarea sumamente compleja y exigente debido a los profundos cambios sociales, culturales y eclesiales que desafían el ejercicio del ministerio. Pero no debemos tener miedo, porque El que nos llama es el Señor de la vida, el Señor de la historia, y nuestra seguridad se fundamenta en su vida, muerte y resurrección. Recuerda estas palabras cuando lleguen las dificultades. Habrá momentos hermosos y también momentos de cansancio. Encontrarás acogida y encontrarás indiferencia. Conocerás la alegría de acompañar a una persona hasta Cristo y experimentarás también lo que significa sembrar sin llegar a ver los frutos. No tengas miedo. Predica a Cristo, celebra a Cristo, lleva a Cristo a los demás, vive en Cristo. Que la Eucaristía sea verdaderamente el centro de tu jornada. Celebra cada Santa Misa con fe, reverencia y asombro. Acércate con misericordia al sacramento de la Reconciliación. Ama la Palabra de Dios, cuida la oración personal, entrégate a los más pobres y necesitados, permanece cercano a tus hermanos sacerdotes y unido a tu obispo.

Hay todavía un mandato del Evangelio que quisiera dejaros a los cinco: «Cuando entréis en una casa, decid primero: “Paz a esta casa”» (Lc 10,5). Sed hombres de paz. Nuestro mundo sangra por demasiadas heridas, enfrentamientos y divisiones. También nuestras comunidades necesitan ministros capaces de unir, reconciliar y escuchar. No seáis hombres de bandos, no busquéis vuestro pequeño espacio, no hagáis del ministerio una plataforma personal. Sed hombres de comunión, de todos y para todos, manteniendo abiertas las puertas para que las personas puedan encontrarse con Cristo. Y no olvidéis nunca a los pobres. Allí donde haya un corazón desgarrado, una familia herida, un joven desorientado, un enfermo, un anciano solo, un migrante, una persona que haya perdido la fe o alguien que piense que Dios se ha olvidado de él, allí debe llegar también vuestra presencia. Porque para eso unge el Espíritu: para anunciar la Buena Noticia, vendar corazones desgarrados y consolar a los afligidos.

Queridos ordenandos: dentro de unos momentos os postraréis en tierra mientras toda la Iglesia invoca sobre vosotros la intercesión de los santos. Esa postración expresa mejor que muchas palabras lo que hoy acontece: vuestra vida ya no os pertenece. Entregaos por entero, no reservéis parcelas para vosotros, no seáis calculadores en la entrega. No tengáis miedo de gastaros. El sacerdote y el diácono encuentran la vida precisamente cuando la entregan. Y cuando aparezca vuestra pobreza —porque aparecerá—, recordad que la vocación no se sostiene únicamente sobre vuestra fidelidad, sino principalmente sobre la fidelidad de Dios. Queridas familias: gracias por haber acompañado estas vocaciones. Gracias también porque hoy entregáis nuevamente estos hijos a la Iglesia. Queridos seminaristas: contemplad lo que hoy sucede. El Señor continúa llamando. Escuchadlo con generosidad. Y todos nosotros pidamos al Dueño de la mies que siga enviando obreros a su mies.

Confiamos estos cinco hermanos a Santa María de la Sede, a Nuestra Señora de los Reyes y a san Isidoro y san Leandro. Que María, sierva del Señor, les enseñe a pronunciar cada mañana el mismo «hágase» de Nazaret. Queridos hermanos: poneos en camino. Servid con alegría. Entregaos sin miedo. Y haced de toda vuestra vida una única proclamación: «Está cerca de vosotros el Reino de Dios» (Lc 10,9). Así sea.

Monseñor José Ángel Saiz Meneses, arzobispo de Sevilla

 

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