Homilía del arzobispo de Granada, Mons. José María Gil Tamayo, en la Eucaristía celebrada en la fiesta litúrgica de Nuestra Señora de las Angustias, Patrona de Granada y su Archidiócesis, el 15 de septiembre de 2026, en la S.A.I Catedral y ante su Sagrada Imagen.
Querido Rector de la Basílica de la Santísima Virgen de las Angustias;
queridos sacerdotes concelebrantes, diácono;
querido Hermano Mayor;
excelentísimo Teniente General del MADOC;
queridos hermanos miembros de la Junta de gobierno de la Hermandad de la Santísima Virgen de las Angustias;
queridas autoridades;
hermanos y hermanas en el Señor:
En esta solemnidad de la Santísima Virgen, que estamos celebrando de manera excepcional en nuestra iglesia catedral; en esta catedral, magnífica, simboliza la Iglesia de Granada. La Catedral es la sede del obispo, donde está la cátedra del obispo. Y la cátedra está en la Catedral, el lugar de la enseñanza del obispo.
Este templo, con sus 500 años, resume también la historia religiosa cristiana de Granada. Su grandiosidad expresa la fe grande de un pueblo. De este pueblo nuestro de Granada, que se hace presente y que, en septiembre, muestra de una manera especial su cariño a uno de sus pilares fundamentales de su fe cristiana: el amor a la Santísima Virgen de las Angustias, su fe mariana, que es una fe en Cristo. No se entiende María sin Cristo.
Acabamos de escuchar la Palabra de Dios en la que Jesús nos hace entrega, como nos ha relatado la proclamación del Evangelio de San Juan, en el momento decisivo de la salvación de los hombres -la cruz-; que nos ha dicho el evangelista, junto a la cruz del Señor estaba su madre, estaba María la de Cleofás y María Magdalena, y viendo Jesús a su madre dijo -y al discípulo, al que amaba, en el que estamos representados todos los cristianos, por eso no lo nombran con un nombre propio, somos discípulos amados de Cristo- “nadie tiene amor más grande”. “Nadie tiene amor más grande”, nos ha dicho Jesús: “el que da la vida por sus amigos; vosotros sois mis amigos”. “Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su Señor. A vosotros os llamo amigos”. Somos amigos de Dios los cristianos.
Y Jesús le dice a su madre “mujer, ahí tienes a tu hijo”. Mujer es la palabra que utiliza el evangelista Juan en boca de Jesús, también en las bodas de Caná, que tiene el recuerdo no sólo de las santas mujeres, cuyas alabanzas canta la Escritura, las mujeres fuertes del Antiguo Testamento; hoy ha sido proclamada en la primera lectura las alabanzas a Judith. Leemos en la liturgia de las horas estos días, los sacerdotes, la historia de Esther. Esas mujeres fuertes del pueblo de Israel, que interceden y salvan al pueblo. No sólo eso, sino que el evangelista está teniendo en cuenta a Eva, a la mujer por antonomasia que deja de serlo, porque ya empieza a serlo María. La mujer que con su desobediencia ató un nudo, y nos dicen los Padres de la Iglesia que ese nudo fue desatado por María, la madre de los vivientes. Ya en el libro del Génesis, se nos preanuncia no sólo al Mesías Salvador, sino a María que, con su obediencia “haga se en mí, según tu palabra”, se nos muestra como la esclava del Señor, la que es obediente. Esa obediencia que canta de Cristo la Carta a los hebreos que acabamos de escuchar y que nos ha llevado a la salvación, queridos hermanos.
María afecta, nos afecta como hijos. Después le dice al discípulo amado “hijo, ahí tienes a tu madre”. Y ha terminado la proclamación del Evangelio diciéndonos que el discípulo la recibió como algo suyo. María es inseparable del Misterio cristiano. No podemos ser cristianos, no podemos ser buenos hijos de la Iglesia sin María. Por eso, en la entraña cristiana de Granada, a la par que está su amor a la Eucaristía, al amor a Cristo, expresado en la madurez de una fe, de la fe de un pueblo, en la Eucaristía, la que adora y la que celebra el Misterio Redentor de Cristo, al mismo tiempo la fe de nuestro pueblo se muestra en esta Imagen bendita que nos preside. Esta Imagen que recoge a lo largo de los siglos la oración y la petición, porque es algo nuestro. Porque no se entiende Granada sin la Virgen de las Angustias. Por eso hacemos fiesta, por eso la manifestamos, por eso nos sentimos orgullosos de ella, por eso no la escondemos, por eso no lo hacemos en la clandestinidad o en lo privado, sino que la mostramos y salimos a la calle.
Y venimos todos sus días ahora a la Iglesia del Sagrario, a nuestra Catedral, a mostrarle nuestro cariño. Y detrás de esta bendita Imagen, en su Rostro, está la Madre del Señor, la que nos mira. Pero, fijaros, hasta qué punto es inseparable del Misterio de Cristo que nuestra Virgen lleva a Cristo delante. Está Ella ofreciendo también con su obediencia, con su sufrimiento resignado, pero al mismo tiempo esperanzado. Sus lágrimas no son las lágrimas apagadas de un destino trágico, sino son las lágrimas encendidas de resurrección, de esperanza.
Por eso, cuando la miramos, cuando acudimos a rezarle, cuando llevamos nuestras angustias, en plural, porque lo es de nuestras angustias; cuando llevamos nuestro dolor y nuestro sufrimiento, Ella nos entiende, Ella nos escucha en el silencio de una oración confiada, Ella se alegra ante el vítore, en la que expresamos nuestra alegría y la proclamamos Madre y la sentimos muy propia. A Ella la llevamos en nuestras medallas. A Ella la ponemos en nuestras casas. A Ella la llevamos siempre con nosotros, porque realmente es algo nuestro. No nos entendemos sin Ella.
Y queridos amigos, no es una devoción ñoña. Es una devoción de cristianos maduros, de cristianos confiados, de cristianos que van con el mazo dando y a Dios rogando, de cristianos que saben unirse y superar las dificultades. Las hemos tenido hace poco. No podemos ahora cada uno a lo suyo, sino todos estamos llamados a hacer lo que nos dice Jesús. Como Ella indicó a los discípulos y a aquellos criados en las bodas de Caná, ante la carencia de vino en la que se ven comprometidos los novios: “Haced lo que Él os diga”.
Y Ella intercede ante Jesús. Y Ella, la mujer, la nueva Eva, la de la obediencia, la que nos ha afectado como hijos y la que estuvo libre del parto en el nacimiento del Redentor, Virgen antes del parto, en el parto y después del parto. Ella se asocia al Misterio de la Pasión de Cristo, como nos dice San Pablo, completando en su carne. Ella nos hace nacer a su maternidad, a ser viejos, afiliarnos a Ella como madre propia nuestra, entregada por Cristo, como herencia última desde el dolor.
Hemos sido nacidos a la Gracia por el dolor de Cristo, por su costado abierto. María nos pide lo que recordaba el Concilio Vaticano II en la Lumen Gentium: hablar. Nos habla de que el amor a la Virgen no puede ser una devoción estéril, no puede ser una piedad que no dé fruto cristiano, una piedad que se queda en el sentimiento pasajero de septiembre a septiembre, sino que nuestro amor a la Virgen tiene que ser un amor filial, un amor de hijos e hijas.
Y así se lo transmitimos a los que vienen detrás, con confianza. La sentimos como nuestra. “Bajo su amparo -como dice la vieja oración cristiana, la más antigua probablemente oración cristiana- nos acogemos Santa Madre de Dios. No desoigas la oración de tus hijos necesitados. Antes bien, líbranos de todo peligro, oh, Virgen gloriosa y bendita”.
Pues, que ese sea nuestra oración. Manifestemos nuestro cariño. Mostremos no sólo las flores, sino el fruto; el fruto cuajado que viene después de la flor en nuestra vida. Y llevemos la semilla de una devoción mariana en nuestro pueblo, para extenderla a manos llenas, con nuestro cariño y con nuestra coherencia cristiana, viviendo como Dios manda, haciendo lo que Jesús nos dice.
Así sea.
+ José María Gil Tamayo
Arzobispo de Granada
15 de septiembre de 2026
S.A.I Catedral

