El clamor del agua: don divino, derecho universal y frontera de la justicia humana

Diócesis de Jaén
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La diócesis de Jaén es una iglesia particular española sufragánea de la archidiócesis de Granada. Sus sedes son la Catedral de la Asunción de Jaén y Catedral de la Natividad de Nuestra Señora de Baeza.

El agua es, simultáneamente, la materia prima de la existencia y el espejo donde se refleja la calidad moral de nuestra civilización. Científicamente, la vida en la Tierra es inexplicable sin su presencia; teológica y espiritualmente, constituye uno de los símbolos más potentes de renovación, pureza y gracia. Sin embargo, en pleno siglo XXI, este precioso recurso se ha transformado en uno de los mayores factores de desigualdad global. Mientras una parte del planeta abre el grifo con la certeza de la abundancia, millones de personas se enfrentan diariamente a la realidad asfixiante de la escasez, la insalubridad y la exclusión.

En este complejo escenario este mes de septiembre el Sumo Pontífice ha dedicado su intención de oración a una urgencia que no admite dilaciones: «el cuidado del agua». A través de la Red Mundial de Oración del Papa, León XIV convoca a los fieles y a todas las personas de buena voluntad a reconocer el agua no como un mero recurso económico o un bien de consumo, sino como un don de Dios, un regalo universal y un derecho inalienable sin fronteras. Esta convocatoria no es casual ni aislada. Coincide de manera precisa con el arranque del Tiempo de la Creación, una iniciativa ecuménica que comenzó el pasado 1 de septiembre con la Jornada Mundial de Oración para el Cuidado de la Creación y culminará el próximo 4 de octubre, memoria litúrgica de san Francisco de Asís. En este 2026 el período adquiere una densidad extraordinaria al conmemorarse el octavo centenario del tránsito de Francisco de Asís, el santo que cantó a la «hermana agua, la cual es muy útil y humilde, y preciosa y casta». El llamamiento del Sucesor de Pedro es, por tanto, una invitación a custodiar el oro azul desde tres coordenadas fundamentales: la gratitud, la justicia y la responsabilidad.

Para comprender la hondura del mensaje pontificio, es necesario acudir a la raíz espiritual que sostiene la Doctrina Social de la Iglesia respecto a los bienes naturales. En la oración que acompaña la intención mensual, el Obispo de Roma se dirige al «Señor de la Vida» para elevar una vibrante acción de gracias por el agua, definiéndola como «fuente de fecundidad, frescura y esperanza» y, de manera central, como símbolo de la gracia y el amor que nos renueva por medio del Bautismo.

En la tradición judeocristiana el agua posee un carácter primordial. Está presente desde los primeros versículos del Génesis, donde el Espíritu de Dios aleteaba sobre la faz de las aguas, configurando el caos original en un cosmos rebosante de vida. El agua fecunda la tierra, hace germinar la semilla y sacia la sed del pueblo en el desierto como signo de la providencia divina. En el Nuevo Testamento este elemento vital adquiere su máxima dignidad sacramental: es el vehículo visible del Bautismo, el signo del nuevo nacimiento y de la incorporación a la vida divina. Cuando Jesús se encuentra con la mujer samaritana junto al pozo de Jacob, el agua física se convierte en el trampolín pedagógico para anunciar el agua viva que salta hasta la vida eterna. Por lo tanto, degradar el agua o restringir su acceso no es solo un fracaso político o de ingeniería distributiva; es una profanación de un signo sagrado. Al concebir este recurso esencial como un reflejo del amor divino que sostiene la creación, Su Santidad nos recuerda que nuestra relación con este elemento mide la autenticidad de nuestra fe. No se puede amar al Creador mientras se desprecia o se destruye el don que sostiene a sus criaturas. La frescura y la esperanza que el agua evoca espiritualmente deben traducirse en realidades tangibles para los cuerpos y los campos de nuestro planeta.

Frente a la belleza del diseño divino, la realidad geopolítica actual presenta una dolorosa paradoja. El Santo Padre introduce en su plegaria un valiente acto de contrición colectiva al pedir perdón por haber convertido el agua «en mercancía», un error antropológico y económico que olvida sistemáticamente que nos encontramos ante «un regalo universal, un derecho sin profesar fronteras». La conversión del agua en un producto sujeto a las leyes de la oferta y la demanda, a la especulación financiera y a la privatización desmedida es una de las grandes desdichas de la modernidad tardía. Cuando el acceso al agua potable depende de la capacidad adquisitiva de un individuo o de una comunidad, la lógica del mercado sustituye a la lógica de la dignidad humana. En muchas metrópolis del Sur Global, sus habitantes pagan tarifas desproporcionadamente más altas a camiones cisterna privados por agua de dudosa calidad que las clases acomodadas por agua canalizada y purificada en sus hogares. La mirada del Pontífice se dirige con sincera empatía y agudeza social hacia quienes padecen de forma directa las consecuencias de esta asimetría: «tantos hermanos y hermanas que no tienen agua limpia, que caminan kilómetros para encontrarla, que enferman por su escasez». Las estadísticas de los organismos internacionales respaldan este grito de alarma: muchedumbres enteras carecen de servicios de agua potable gestionados de forma segura. Las mujeres y las niñas en entornos rurales de África y Asia recorren un promedio de seis kilómetros diarios cargando pesados contenedores, sacrificando su acceso a la educación y exponiéndose a graves riesgos de seguridad. La insalubridad del agua y la falta de saneamiento básico siguen siendo las principales causas de enfermedades diarreicas y mortalidad infantil prevenible en el mundo. Esta funesta realidad fractura el principio del destino universal de los bienes, pilar de la enseñanza social católica. El agua no pertenece a quien puede pagarla, ni al Estado que geográficamente la alberga en sus acuíferos, ni a las corporaciones que la embotellan. El agua es un derecho humano fundamental porque de ella depende la supervivencia misma. Negar el agua es negar el derecho a la vida.

El marco temporal de esta intención de oración confiere al texto una relevancia histórica particular. El año 2026 marca el octavo centenario del tránsito de san Francisco de Asís (1226-2026). Este preclaro hijo de la Iglesia no fue un mero ecologista romántico ante las fuerzas de la naturaleza; fue un místico que experimentó la fraternidad cósmica a partir de su profunda comunión con el Padre de todos. Al llamar a los elementos hermanos y hermanas, el Pobrecillo de Asís derribó la muralla de la dominación despótica que el ser humano ha pretendido ejercer sobre el entorno. El Papa recoge este testigo franciscano para articular su llamamiento a través de la Red Mundial de Oración. La conmemoración de esta efeméride no puede limitarse a celebraciones litúrgicas o académicas aisladas; debe traducirse en un cambio radical de mentalidad, en una genuina conversión ecológica. San Francisco nos enseña que el cuidado del agua nace de la gratuidad, no de la utilidad. La hermana agua nos sirve porque es humilde y preciosa, y precisamente por su vulnerabilidad exige de nosotros una custodia atenta y reverente. En la encíclica Laudato si’ el Papa Francisco no dejaba de remarcar que todo está conectado. En este sentido, la crisis del agua es un síntoma de una crisis ética y cultural más amplia: la cultura del descarte. Al festejar los ochocientos años de la pascua del santo de Asís, todos estamos llamados a redescubrir que la ecología integral une inseparablemente el clamor de la tierra con el de los pobres. Cuidar el agua, pues, es una forma concreta de vivir el Evangelio de la fraternidad universal.

La oración de León XIV no se circunscribe al diagnóstico del problema o a la lamentación de las injusticias; culmina con una hoja de ruta espiritual y práctica para la acción. La plegaria concluye invocando la fuerza del Espíritu Santo para que transforme a los creyentes y a todas las personas de buena voluntad en «peregrinos de lo esencial». ¿Qué significa ser un peregrino de lo esencial en la era del hiperconsumo y el cambio climático? Se trata de adoptar un estilo de vida caracterizado por tres virtudes operativas que Su Santidad desgrana con claridad. En primer lugar, vivir con sobriedad. Esto es un acto de liberación frente a la tiranía del desecho. Implica reconocer que nuestros recursos son finitos y que el consumo desmedido de agua en actividades secundarias priva a otros de lo necesario para subsistir. Es una apelación a la templanza doméstica y comunitaria. Es imprescindible asimismo evitar el derroche y la contaminación. El cristiano y el ciudadano consciente no pueden ser cómplices pasivos de las dinámicas destructivas. La dilapidación del agua en sistemas agrícolas ineficientes, el descuido industrial que vierte tóxicos en los ríos y la inacción ante las fugas en las redes de distribución urbana deben ser señalados con valentía y rigor técnico. Del mismo modo es fundamental la denuncia profética, que es una forma de caridad social. En efecto, nadie ignora la importancia de defender el derecho de cada persona «a beber sin miedo, sin desigualdad». Esto conlleva un compromiso político y ciudadano directo que consiste en apoyar legislaciones que protejan los ecosistemas hídricos, promover tecnologías de desalinización y purificación accesibles para los países en desarrollo, y garantizar que la gestión del agua priorice siempre el consumo humano y ecológico sobre los intereses comerciales. Beber sin miedo significa igualmente garantizar la seguridad sanitaria del agua, eliminando las fuentes de contaminación que siembran la enfermedad y la muerte en las periferias del mundo.

En definitiva, el Tiempo de la Creación de 2026 nos sitúa ante un umbral decisivo. El agua, que es signo de esperanza, no puede seguir siendo motivo de conflicto, enfermedad o exclusión. Al unir la herencia milenaria del Bautismo, el testimonio profético de san Francisco de Asís en su octavo centenario y el drama contemporáneo de multitud de seres humanos sin acceso al agua potable, el Papa León XIV nos propone un riguroso examen de conciencia que se transforme en acicate para que el agua sea un derecho sin fronteras. Este es, sin duda alguna, el gran desafío técnico, político y ético de nuestra generación. No se trata simplemente de un problema de escasez física, sino de una flagrante distribución injusta del poder y de los recursos. Que este mes de septiembre de 2026, impulsados por la oración y la acción comunitaria, dejemos de mirar al agua como una mercancía para volver a contemplarla y protegerla como lo que verdaderamente es: el abrazo de Dios que sostiene la vida de la humanidad entera. Solo así seremos capaces de construir un futuro donde la sed sea saciada por la justicia y donde cada ser humano pueda beber, con dignidad y en paz, de la fuente de la vida.

Fernando Chica Arellano
Observador Permanente de la Santa Sede ante la FAO, el FIDA y el PMA

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