Homilía en la Función del Voto de Gracias del Rocío Chico 2026

Hermanos y hermanas, amados por el Señor:

Hay días que no necesitan muchas palabras porque hablan por sí mismos, hoy es uno de ellos.

Hoy Almonte tiene el corazón en esta Aldea de El Rocío. Un pueblo entero vuelve a encontrarse con su historia, con sus mayores, con sus raíces, con su fe. Hoy se renueva el Voto que nuestros antepasados hicieron hace más de dos siglos. Se cumple una tradición que no es simplemente recuerdo, sino memoria agradecida. Además, hoy la Virgen del Rocío se dispone a emprender de nuevo el camino a su pueblo, para permanecer nueve meses entre sus hijos almonteños.

Mientras nos disponemos a acompañarla en este camino que tantas generaciones han recorrido, Dios nuestro Padre sale amorosamente a nuestro encuentro con su Palabra, para que vivamos en diálogo con Él esta ocasión que nos ha reunido en torno al altar.

La primera lectura que hemos escuchado es del profeta Sofonías: El Señor está en medio de ti, no temas mal alguno. Estas palabras fueron dirigidas a un pueblo que ha experimentado la amenaza, la prueba y el miedo; al cual se le dice: Dios está en medio de vosotros.

Esta exhortación ilumina de una manera preciosa lo que hoy celebramos. También, el Rocío Chico nació cuando Almonte, en circunstancias por todos conocidas, sufrió la amenaza y la angustia por el invasor. Entonces el pueblo suplicó a Dios, acudiendo a la poderosa intercesión maternal de la Virgen. Después, cuando pasó el peligro, no quiso olvidar, dio gracias e hizo un Voto. Esta promesa se convirtió en memoria viva para las generaciones futuras, como acción de gracias por la salvación alcanzada.

Renovemos hoy con fidelidad creativa el Voto de Almonte a la Virgen del Rocío. Almonte conoce muy bien sus tradiciones rocieras y las conserva con celo. Pero la tradición cristiana no consiste simplemente en repetir. Tradición significa entregar, lo que nosotros hemos recibido tenemos que pasarlo a otros. No podemos guardar el Rocío solamente para nosotros, tenemos que pasarlo a los que vienen detrás. Y quizá esta sea una de las grandes preguntas que el Voto y el traslado de la Virgen pone delante de Almonte: ¿qué Rocío recibirán nuestros hijos?

Responder a esta cuestión nos sitúa ante la gran misión de la Iglesia en nuestro tiempo: la transmisión de la fe. Porque vivimos en una cultura dominante en la que el cristianismo ya no se combate abiertamente, simplemente, se vive como si Dios no existiera, como si Jesucristo nunca hubiera venido al mundo en las entrañas virginales de la Santísima Virgen por obra del Espíritu Santo, como si el Evangelio no tuviera nada que decir sobre la vida cotidiana de las personas.

Y esto nos tiene que hacer pensar también a nosotros. La fe no puede conservarse solo como una costumbre entrañable, como una tradición familiar, como una fiesta hermosa, como una emoción colectiva, pero sin tocar verdaderamente el corazón ni transformar la existencia. La grandeza de nuestra devoción a la Virgen del Rocío no está solamente en los sentimientos, por vivos que sean. La verdadera devoción rociera debe llevar siempre al Evangelio, a los sacramentos, a la caridad, al perdón, al compromiso por la verdad y la justicia y al servicio a los hermanos.

Queridos almonteños: tenéis un tesoro, que muestra su riqueza mucho más allá de los confines del pueblo, a España entera y más allá de nuestras fronteras; como viene sucediendo con la expansión de la devoción a la Blanca Paloma, particularmente, en las últimas décadas. Un tesoro que se guarda en la vida. El mejor modo de testimoniar vuestra devoción a la Virgen del Rocío será que las nuevas generaciones aprendan de sus mayores a rezar, a amar, a perdonar, a servir. Que aprendan que la fe no es una cosa del pasado, sino que se puede ser cristiano hoy, con alegría, con inteligencia, con libertad y con todas las consecuencias.

Volvamos al Evangelio. Cuando narra la Visita de la Virgen a su prima Isabel, está recordando deliberadamente una escena del Antiguo Testamento: el traslado del Arca de la Alianza a Jerusalén (cf 2 Sam 6, 12-19; 1 Cro 15, 1-28). El Arca era el signo de la presencia de Dios en medio de su pueblo. David sube con ella acompañado por todo el pueblo con alegría y júbilo desbordante, entre aclamaciones y al son de trompetas.

En el evangelio san Lucas nos presenta a María entrando en casa de Zacarías. Lleva en su seno a Jesús. Y Juan Bautista salta de alegría en el seno de Isabel.

El paralelismo es precioso. Lo que el Arca llevaba era la presencia de Dios simbólicamente. Ahora, María lleva realmente en sus entrañas virginales al mismo Dios hecho hombre. Por eso Isabel dice: ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?

Hoy Almonte puede hacer suya esa exclamación admirada: ¿de dónde a nosotros que venga a visitarnos la Virgen, la Madre de Dios? ¿de dónde a este pueblo tanta gracia? ¿de dónde esta historia de amor que ha pasado de padres a hijos? ¿de dónde esta emoción que hoy hace vibrar a tantos? La respuesta es sencilla: de la providencia amorosa de Dios con este pueblo.

Dentro de unas horas, la Virgen llegará a Almonte. Habrá lágrimas, campanas, flores y vítores. Habrá almonteños que sentirán que llevan sobre los hombros la memoria viva de sus padres y de sus abuelos. Y habrá rocieros venidos de tantos lugares que sentirán que también la Virgen del Rocío es su Madre. Almonte está dispuesto para recibir a la Virgen con sus calles engalanadas, como si entrara en la catedral más hermosa, efímera en la ornamentación y permanente en el alma de sus hijos almonteños.

María llega a una casa y la transforma. Eso sucedió en Ain Karim en la casa de Isabel y Zacarías. Eso tiene que suceder también en Almonte.

Queridos hermanos: Cuando esta noche el camino se llene de gente, el cansancio apriete, el polvo se levante, los hombros duelan, cuando alguien grite ¡Viva la Virgen del Rocío! y miles de voces respondan, cuando Almonte se estremezca y la emoción haga saltar las lágrimas. Cuando los almonteños digan con su manera tan propia de llevarla que la Virgen es de su pueblo y su pueblo es de Ella…que en medio de ese fervor compartido, cada uno, personalmente, también le diga: Madre, ven a mi casa. Ven a mi familia, a mi matrimonio, a mis hijos, a mis heridas, a mis pecados, a mis preocupaciones, a mi pueblo, a nuestra Iglesia. Y, sobre todo: muéstrame a Jesús, fruto bendito de tu vientre, el Pastorcito Divino.

Hemos escuchado del profeta Sofonías: Alégrate y gózate de todo corazón. Y el Evangelio nos ha mostrado a María llevando la alegría. Por eso, hoy, Almonte, alégrate. Alégrate por tu historia, por el Voto que renuevas, por tus hijos y por los rocieros que vienen de lejos. Alégrate porque tu Madre viene a visitarte. Recibe a tu Reina y Patrona. Llévala con amor, cántale, rézale, llora, grita si el corazón te lo pide y, sobre todo, vive como hijo suyo.

Queridos hermanos: La Virgen está dispuesta a emprender el camino. Almonte la espera. Los caminos están preparados. Los corazones palpitan. Y todos rezamos:

Santa María del Rocío,
Madre de Dios y Madre nuestra,
Patrona de Almonte,
Reina del Rocío:
quédate con nosotros.

Y que Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor,
el Pastorcito Divino,
sea siempre nuestro camino,
nuestra verdad
y nuestra vida. Amén

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