¿Por qué celebramos el 22 a Santa María Reina

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La institución de la fiesta tuvo lugar en 1954 por parte de Pío XII.

¿Por qué celebramos el 22 a Santa María Reina?
Coronación de María, fresco en el Oratorio de Santa María Reina, obra de Raúl Berzosa (detalle)

La celebración de la fiesta de Santa María Reina el día 22, en la octava del día de la Asunción (15 de agosto), resulta de su relación íntima con esta otra fiesta mariana. Nos lo explica la Constitución Apostólica Lumen Gentium: «la Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha de culpa original, terminado el decurso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial y fue ensalzada por el Señor como Reina universal con el fin de que se asemejase de forma más plena a su Hijo, Señor de señores (cf. Ap 19, 16) y vencedor del pecado y de la muerte».

«Ya desde los primeros siglos de la Iglesia Católica –señalaba el papa Pío XII en su encíclica “Ad Caeli Reginam” con la que instituyó la fiesta de Santa María Reina–, el pueblo cristiano elevó suplicantes oraciones e himnos de loa y piedad, así en sus tiempos de felicidad y alegría como en los de angustia y peligros; y nunca falló la esperanza en la Madre del Rey divino, Jesucristo, ni languideció aquella fe que nos enseña cómo la Virgen María, Madre de Dios, reina en todo el mundo con maternal corazón, al igual que está coronada con la gloria de la realeza en la bienaventuranza celestial».

En la actual “Guerra Mundial a pedazos”, como definió el papa Francisco a la situación actual, la Iglesia sigue invitando a los fieles a dirigirse especialmente a María Reina para pedir el don de la paz.

En el contexto posterior a la Segunda Guerra Mundial y en plena guerra fría, Pío XII encomendó al mundo especialmente a María como Reina de la Paz: «Y ahora, después de las grandes ruinas que aun ante nuestra vista han destruido florecientes ciudades, villas y aldeas; ante el doloroso espectáculo de tales y tantos males morales que amenazadores avanzan en cenagosas oleadas, a la par que vemos resquebrajarse las bases mismas de la justicia y triunfar la corrupción, en este incierto y pavoroso estado de cosas Nos vemos profundamente angustiados, pero recurrimos confiados a nuestra Reina María, poniendo a sus pies, junto con el Nuestro, los sentimientos de devoción de todos los fieles que se glorían del nombre de cristianos».

En la actual “Guerra Mundial a pedazos”, como definió el papa Francisco a la situación actual, la Iglesia sigue invitando a los fieles a dirigirse especialmente a María Reina para pedir el don de la paz. De hecho, el pasado 22 de agosto de 2025 el papa León convocó una jornada de ayuno y oración, «implorando al Señor que nos conceda la paz y la justicia, y que enjugue las lágrimas de quienes sufren a causa de los conflictos armados en curso». María –dijo León XIV entonces– «es la Madre de los creyentes aquí en la tierra, y también es invocada como Reina de la Paz, mientras nuestra tierra sigue herida por las guerras en Tierra Santa, en Ucrania y en muchas otras regiones del mundo».

El argumento teológico principal, en que se funda la dignidad real de María, además de las múltiples referencias que encontramos en la tradición y en la liturgia, es sobre todo su divina maternidad. Como resume “Ad Caeli Reginam”: «en las Sagradas Escrituras se afirma del Hijo que la Virgen dará a luz: “Será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y reinará en la casa de Jacob eternamente, y su reino no tendrá fin”; y, además, María es proclamada “Madre del Señor”. Síguese de ello lógicamente que Ella misma es Reina, pues ha dado vida a un Hijo que, ya en el instante mismo de su concepción, aun como hombre, era Rey y Señor de todas las cosas, por la unión hipostática de la naturaleza humana con el Verbo».

«La Beatísima Virgen ha de ser proclamada Reina no tan sólo por su divina maternidad, sino también en razón de la parte singular que por voluntad de Dios tuvo en la obra de nuestra eterna salvación»

Además, recuerda la encíclica, «la Beatísima Virgen ha de ser proclamada Reina no tan sólo por su divina maternidad, sino también en razón de la parte singular que por voluntad de Dios tuvo en la obra de nuestra eterna salvación» en la que «estuvo, en verdad, estrechamente asociada a Cristo».

La alusión a María como Reina está acreditada a lo largo de los siglos, por los numerosos himnos con los que nos dirigimos a ella como el Salve Regina, el Regina coeli, o el Ave Regina cœlorum. En el rezo del Rosario, además de la contemplación de la “coronación de María como Reina y Señora de todo lo creado”, la invocamos en numerosas ocasiones como Reina en las Letanías Lauretanas.

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