
El Convento de San José de las Clarisas, en Jerez de la Frontera, acogió ayer la celebración de la festividad de Santa Clara de Asís, fundadora de la Orden de Santa Clara.
La Eucaristía estuvo presidida por Monseñor José Rico Pavés, Obispo de Asidonia-Jerez, quien quiso acompañar a la comunidad de religiosas clarisas en una jornada especialmente significativa para esta realidad de vida consagrada presente en la Diócesis.
La celebración permitió dar gracias por el carisma de Santa Clara, marcado por la oración, la pobreza evangélica, la fraternidad y la entrega total a Dios, así como por la presencia y el testimonio de las clarisas en la Iglesia diocesana.
Durante la homilía, Mons. José Rico Pavés tomó como punto de partida la petición realizada al comienzo de la Eucaristía: que, «siguiendo a Cristo en pobreza de espíritu, lleguemos a contemplar al Padre». El obispo señaló que esta llamada no está dirigida únicamente a las hermanas clarisas o a la familia franciscana, sino a todos los cristianos, llamados a encontrar en el testimonio de los santos un camino para crecer en el seguimiento fiel de Jesucristo.
A partir de la Palabra de Dios proclamada, el prelado propuso tres imágenes para comprender qué significa seguir a Cristo en pobreza de espíritu: el desierto, el barro y el sarmiento.
En primer lugar, se detuvo en la imagen del desierto, recordando las palabras de la primera lectura: «Te llevaré al desierto y te hablaré al corazón». Explicó que vivir la pobreza de espíritu supone llegar a comprender que con el Señor se tiene todo. El desierto representa precisamente el lugar donde faltan incluso las seguridades más elementales y donde el creyente puede experimentar que solamente Dios es capaz de colmar plenamente sus necesidades.
En este sentido, Mons. Rico Pavés señaló que quien ha experimentado verdaderamente la llamada del Señor no pone el acento en aquello a lo que ha renunciado, sino en todo cuanto ha recibido de Él. Así sucede especialmente en la vida consagrada: quien profesa la pobreza descubre que, porque el Señor se ha entregado completamente, ya no necesita poner su confianza en los bienes pasajeros de este mundo. Por ello, animó a no tener miedo al desierto ni a aquellas experiencias de soledad en las que Dios quiere hablar al corazón.
La segunda imagen propuesta fue la del barro. Retomando las palabras de san Pablo sobre el «tesoro en vasijas de barro», explicó que el barro representa la fragilidad humana, mientras que el tesoro es la vida de la gracia y la presencia misma de Dios que se comunica al creyente.
El preladp destacó la enorme desproporción existente entre la fragilidad de quien recibe el don y la grandeza del tesoro recibido. Sin embargo, Dios conoce perfectamente la debilidad humana y, aun así, ha querido regalar su presencia. Por ello, invitó a aprender de Santa Clara a no asustarse ante las propias limitaciones, pequeñeces e incluso torpezas, porque «el tesoro que el Señor pone en nosotros es mayor que todo esto». De esta manera, la propia fragilidad puede convertirse en ocasión para que se manifieste con mayor claridad la fuerza de la gracia de Dios.
Finalmente, se refirió a la imagen del sarmiento, partiendo de la invitación de Jesucristo: «Permaneced en mi amor». Del mismo modo que el sarmiento, separado de la vid, se seca y deja de dar fruto, recordó que el cristiano tampoco puede vivir separado de Cristo: «Sin mí no podéis hacer nada».
Así, explicó que seguir a Cristo en pobreza de espíritu significa insertar completamente la propia vida en Él, dejando que la vida que procede del Señor anime los pensamientos, las decisiones y los afectos. Desde esta perspectiva, afirmó que el verdaderamente pobre de espíritu es aquel que es rico en la presencia de Dios.
Mons. Rico Pavés invitó también a acudir a la intercesión de Santa Clara y a aprender de su relación con los santos. Recordó que la santidad no aparece de manera aislada en la historia de la Iglesia, sino que el Señor la suscita «como en racimos», de manera que la cercanía y el testimonio de las personas santas despiertan también en los demás el deseo de alcanzar la santidad.
Finalmente, puso la mirada en la Virgen María como modelo perfecto de pobreza de espíritu, pues ella sabe que teniendo al Señor lo tiene todo y nada más necesita. Con esta invitación a aprender de María concluyó la homilía con su habitual expresión: «Nada sin María, todo con ella».
La festividad se convirtió así en una ocasión para acompañar a la comunidad del Convento de San José y poner en valor la riqueza de la vida contemplativa, que sostiene con su oración la misión de toda la Iglesia.
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