Homilía en la clausura del Año Jubilar de la Virgen de las Maravillas, de Cehegín

La Virgen de las Maravillas

Clausura del Año Jubilar

Cehegín, 26 de julio del 2026

Demos gracias a Dios por todo lo que ha supuesto este tiempo de gracia, tiempo jubilar junto a la imagen de Nuestra Madre, que para Cehegín es una vecina más, una vecina muy cercana, llena de hermosura y gracia; y en su honor se han celebrado muchas actividades de piedad y de caridad. La ciudad se ha vestido de fiesta, se ha adornado con sus mejores galas, no importando el esfuerzo, ni el tiempo dedicado a tan altos honores. Habéis abierto los brazos para acoger a los peregrinos ofreciéndoles lazos de fraternidad y comunión. Esta clausura quedará grabada en el corazón de todos, incluidos los cehegineros ausentes. Este es el momento preciso para seguir valorando la grandeza y devoción de nuestra Madre. Todos nuestros ojos se dirigen a la Madre de Dios, porque es una mujer que tiene mucho que decirnos. Ella, al pie de la cruz y manteniendo a su Hijo Jesús en sus brazos con dulzura, es todo un símbolo de entereza humana; es centinela de la lealtad a toda prueba; es testimonio de fidelidad inquebrantable, constante en su entrega y en su amor hacia sus hijos.

Cuando todos habían huido, solo quedó ella junto a la cruz de Jesús. A eso se llama fidelidad, es la mujer serena y valiente que continúa en el calvario manteniendo su palabra, sin miedos ni temores. Mantiene el mismo sí de la Anunciación. Cuando en otros pudo más el miedo que la fe, ella estaba junto a su Hijo agonizante como el gran ejemplo de la mujer fuerte que no desfallece, porque su amor es más grande que la angustia. María, la Madre que sostiene a Jesús en sus brazos mostrando a todo el mundo quién es el Salvador, entendió como nadie el misterio de la cruz, la vía dolorosa, el misterio del Salvador que parecía derrotado, el misterio de una fuerza salvadora que aparentaba debilidad. Y nunca desfalleció porque captó, con su profunda fe y firme esperanza, que Dios está siempre cercano, que su palabra es de fiar, que aquella muerte desembocaría en vida y sería fuente de esperanza para tantos y tantos hombres y mujeres que a lo largo de la historia serían seguidores de Jesús. Nuestra Madre ha entendido que su sufrimiento junto al Hijo en la cuna de Belén y en la cruz ha sido el camino que conduce a la resurrección.

La fidelidad de alguien a una persona o a una causa en la que se cree no consiste en alejarse de su lado cuando el camino está lleno de peligros o cuando todo va bien y se pisa sobre una alfombra de rosas. Eso no es fidelidad, sino oportunismo. Precisamente, la fidelidad de María aparece inalterable siempre, porque permanece y está presente cuando se le necesita, tanto ante el dolor de ver a su Hijo en la pasión, como cuando el pueblo grita: «Bendito el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron» (Lc 11, 28). Siempre, en las alegrías y en las penas, María es un ejemplo para grandes y chicos, hombres y mujeres de ayer, de hoy y de siempre, porque es de la verdad, de una palabra y su secreto ha sido permanecer. Su fe ha sido inquebrantable, por eso nuestra fe debe actualizarse y hay que vivirla sin miedos.

La Virgen de las Maravillas es un gran regalo para vosotros y para toda la Diócesis, porque su belleza nos lleva al cielo. Por eso, ¡bendecid al Señor por esta bendita imagen! ¡Saltad de júbilo y bendecid al Señor, por este tiempo jubilar que habéis disfrutado! La Virgen de las Maravillas no se ha ido, permanece aquí, entre vosotros, como lo hizo con Cristo en su calvario; camina con vosotros, oye vuestras plegarias e intercede continuamente ante el Padre por su pueblo querido señalando siempre el camino del cielo.

Santa María, mujer de inquebrantable fidelidad, de enorme fortaleza, maestra experta del padecer sin vacilaciones, de sonrisa eterna, trono de sabiduría y Madre de Dios, haz que asumamos nuestra vida como un tiempo de salvación. Tu imagen es una cascada de vida, un bello signo de amor y de entrega sin límites, un camino que desemboca siempre en los brazos del Altísimo. En tu bendita imagen, Madre, están impresas las huellas de la historia, las huellas de innumerables hombres y mujeres de Cehegín, de ahora y de siempre, que te han rodeado con el cariño, el afecto y la devoción y eres portadora de nuestras oraciones al Padre, fortalece nuestra débil condición e inspíranos para pedir a Dios lo que más nos conviene para hoy, porque el camino se hace largo y la vida es compleja. Escucha nuestras plegarias por los niños y mayores, por los enfermos y ancianos, los matrimonios y las familias. Escucha nuestras oraciones por todas nuestras autoridades locales, autonómicas y nacionales.

Aprendamos de la Madre de las Maravillas, de la mujer cuya fe ha sido siempre una respuesta personal, libre y generosa a la llamada concreta de Dios. Tu fe en Dios, Madre, rosa escogida del jardín de nuestro Señor, ha sido la consigna que ha dado sentido a toda tu vida. Imitarte es nuestra meta; sentirte cercana, nuestra alegría; y mirar tu cara bonica y morena es el orgullo de tus hijos, el motivo de nuestra felicidad.

Te pido, Madre, por todos los habitantes de Cehegín, por todos, sin dejar ninguno fuera, y por todos los que te honran y glorifican al Señor.

+ José Manuel Lorca Planes

Obispo de Cartagena

 

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