Ver mejor: la profundidad de la mirada
La mirada humana no capta la luz, sino lo que los objetos que la luz revela. Esta paradoja óptica encierra una paradoja moral: aprendemos a ver no cuando miramos más, sino cuando miramos mejor. El lema que León XIV eligió para su viaje apostólico a España, «Alzad la mirada», pone de manifiesto una exigencia de calidad óptica: contemplar la realidad con la nitidez que ella merece. Durante los siete días en que recorrió Madrid, Barcelona y las Canarias, tres escenarios modularon, con distinta temperatura, una misma pregunta de fondo: ¿qué queda de nuestra humanidad cuando dejamos de mirar a Dios, cuando ya no ponemos los ojos en el otro?
Ante el jefe del estado y en la sede de la soberanía nacional, el Santo Padre recuperó las figuras de santa Teresa de Ávila y de san Juan de la Cruz como maestros de «una mística con los ojos abiertos», arraigada en la historia, al tiempo que convocó la Escuela de Salamanca como antecedente de una conciencia jurídica que pone la dignidad humana antes que cualquier consenso de mayoría: «una ley no alcanza su verdadera grandeza por el mero hecho de haber sido formalmente aprobada; la alcanza cuando puede comparecer ante la dignidad de la persona y salir de ese examen sin avergonzarse». Con los jóvenes reunidos en la Plaza de Lima, León XIV usó un lenguaje radicalmente distinto, sin que el fondo cambiara, cuando afirmó: «quiero confiar a todos vosotros una misión: que seáis humanos. Sí, ¡sed humanos!: hombres y mujeres de carne y hueso». La dignidad que la ley debe custodiar es la misma que el joven debe encarnar; la mirada que funda las instituciones y la mirada que establece la base de las relaciones personales nacen del mismo manantial.
La noche del miércoles 10 de junio, ante la Sagrada Familia recién coronada con la torre de Jesús, el Papa ofreció la lectura más densa del legado de Gaudí al que definió como una peregrinación espiritual que se recorre, ya que el arquitecto «concibió estos espacios con el deseo de narrar los misterios de la vida del Señor.» Las tres fachadas de la basílica –Natividad, Pasión, Gloria– son la estructura del anuncio cristiano que la belleza traduce. La torre más alta, coronada por la cruz, brilla de día reflejando la luz del sol y brilla de noche, iluminando la ciudad como un faro abierto al Mediterráneo. La luz que no se ve, revela en los objetos, como el faro que, sin ser el destino, señala la dirección.
Barcelona fue también el lugar de la mirada más difícil, la que no da la espalda al sufrimiento. En el Estadio Olímpico, tres jóvenes presentaron tres heridas reales: el vacío de quien ha probado el éxito y ha encontrado únicamente soledad; la oscuridad de quien ha llegado al límite; el agravio de quien busca perdonar lo imperdonable. León XIV respondió sin sistemas, ni distancia. A quien preguntó dónde está Dios cuando se hace presente la oscuridad absoluta, el Papa señaló las horas de oscuridad, de angustia y de dolor que vivió Jesús en Getsemaní y la cruz, es decir, que el Señor no resuelve el dolor desde fuera, lo habita desde dentro. Él sigue crucificado con nosotros en el momento del dolor y de la soledad extrema.
En el Puerto de Arguineguín, con el anillo del Pescador en la mano, León XIV nombró también allí sin eufemismos lo que acecha en esas aguas: «mafias que trafican con la desesperación, tratantes que esclavizan mujeres y niños, la indiferencia de muchos que permiten que los pobres sean tragados por la explotación o por el olvido». No hay en ese inventario una condena abstracta, sino la descripción de un crimen real que pide respuesta concreta. A Blessing –víctima de trata cuyo testimonio fue leído en el puerto– el Papa le habló con una ternura paterna: «si otros pusieron precio a tu cuerpo, Dios no ha dejado nunca de mirarte como alguien invaluable. Tu vida no es de quienes te dañaron». Y así, en La Laguna, dirigiéndose a los traficantes de personas sin ningún rodeo: «deténganse. Conviértanse. Las lágrimas y la sangre de estos hermanos claman a Dios». La mirada que ve al otro como persona –no como cifra migratoria, no como cuerpo vendible– es la misma que exige a las instituciones vías legales y seguras, y a las comunidades, integración real, pues la acogida abre la puerta; la integración ayuda a cruzar el umbral.
Si la luz revela los objetos sin consumirlos, la mirada verdadera sobre la persona hace lo mismo, esto es, la descubre sin reducirla, nombrándola sin llegar nunca a poseerla. Los tres escenarios del viaje del Santo Padre León XIV a España se han erigido en tres formas de una misma pedagogía óptica. La mirada que mide las leyes por la persona que amparan o desamparan, la mirada que sube por la belleza hasta Dios y baja por el dolor hasta el hermano, la mirada que se niega a acostumbrarse al sufrimiento como paisaje habitual de nuestras costas. Hay en ello un programa que no requiere eslóganes: ver bien es ya transformar. El kairós –la palabra que el Papa usó en Madrid para describir cada encuentro con el otro– es el instante en que la mirada se convierte en responsabilidad y no puede aplazarse. La cosecha se pierde si no se recoge cuando el trigo está maduro. Muchas gracias, Santo Padre León.
+José Ángel Saiz Meneses
Arzobispo de Sevilla
The post ‘La profundidad de la mirada’ Tribuna en Diario de Sevilla (16-06-2026) first appeared on Archidiócesis de Sevilla.


