Las palabras del Papa León sobre el drama de los migrantes, siguiendo los pasos de sus predecesores
Andrea Tornielli. Vatican News
«¡Deténganse! ¡Conviértanse!». El grito del Papa León desde la Plaza del Cristo de La Laguna, en Tenerife, nos recuerda el fuerte llamamiento de San Juan Pablo II a la conversión de los mafiosos, pronunciado de improviso al término de la misa en el Valle de los Templos de Agrigento el 9 de mayo de 1993. El papa Wojtyła se dirigía a los afiliados a la Cosa Nostra; su tercer sucesor, a los traficantes de personas que engañan, reducen a la esclavitud y someten a toda clase de violencia a los migrantes en busca de un futuro.
León XIV, tras escuchar algunas de las experiencias vividas por los migrantes, basó los pasajes más contundentes de su llamamiento en pasajes de las Escrituras: «¡Deteneos! ¡Convertíos!» resuena el llamamiento a la conversión pronunciado por Jesús en el Evangelio de Marcos. Mientras que las palabras «Las lágrimas y la sangre de estos hermanos claman a Dios y sus sufrimientos llegan hasta Él» evocan la reacción de Dios ante el asesinato de Abel a manos de Caín que leemos en el Génesis y la escucha por parte de Dios del dolor de su pueblo, según las palabras del Libro del Éxodo.
El Sucesor de Pedro, que en los dos últimos días de su viaje a España, con paradas en Gran Canaria y Tenerife, quiso cumplir el deseo de un viaje expresado por el papa Francisco, advirtió: el dinero arrebatado a estos hermanos pobres no dará paz, ni honor, ni futuro. Ha amonestado a los traficantes de seres humanos, retomando a san Pablo en la segunda Carta a los Corintios, diciendo que por cada vida perdida, cada familia engañada, cada cuerpo sometido, cada mujer amenazada, cada trabajador explotado, «tendréis que comparecer ante la justicia divina». Y los invitó a liberar a quienes se encuentran en esclavitud, recordando que la misericordia de Dios se ofrece incluso al pecador más empedernido que explota la debilidad de mujeres, niños y hombres, pero «a través de la puerta estrecha de la verdad, la justicia y la conversión», como se lee en el Libro del profeta Ezequiel.
Las palabras del Papa León sobre el drama de los migrantes, siguiendo los pasos de sus predecesores
Andrea Tornielli
«¡Deténganse! ¡Conviértanse!». El grito del Papa León desde la Plaza del Cristo de La Laguna, en Tenerife, nos recuerda el fuerte llamamiento de San Juan Pablo II a la conversión de los mafiosos, pronunciado de improviso al término de la misa en el Valle de los Templos de Agrigento el 9 de mayo de 1993. El papa Wojtyła se dirigía a los afiliados a la Cosa Nostra; su tercer sucesor, a los traficantes de personas que engañan, reducen a la esclavitud y someten a toda clase de violencia a los migrantes en busca de un futuro.
León XIV, tras escuchar algunas de las experiencias vividas por los migrantes, basó los pasajes más contundentes de su llamamiento en pasajes de las Escrituras: «¡Deteneos! ¡Convertíos!» resuena el llamamiento a la conversión pronunciado por Jesús en el Evangelio de Marcos. Mientras que las palabras «Las lágrimas y la sangre de estos hermanos claman a Dios y sus sufrimientos llegan hasta Él» evocan la reacción de Dios ante el asesinato de Abel a manos de Caín que leemos en el Génesis y la escucha por parte de Dios del dolor de su pueblo, según las palabras del Libro del Éxodo.
El Sucesor de Pedro, que en los dos últimos días de su viaje a España, con paradas en Gran Canaria y Tenerife, quiso cumplir el deseo de un viaje expresado por el papa Francisco, advirtió: el dinero arrebatado a estos hermanos pobres no dará paz, ni honor, ni futuro. Ha amonestado a los traficantes de seres humanos, retomando a san Pablo en la segunda Carta a los Corintios, diciendo que por cada vida perdida, cada familia engañada, cada cuerpo sometido, cada mujer amenazada, cada trabajador explotado, «tendréis que comparecer ante la justicia divina». Y los invitó a liberar a quienes se encuentran en esclavitud, recordando que la misericordia de Dios se ofrece incluso al pecador más empedernido que explota la debilidad de mujeres, niños y hombres, pero «a través de la puerta estrecha de la verdad, la justicia y la conversión», como se lee en el Libro del profeta Ezequiel.

