La Iglesia de Huelva acompaña en la oración a los guardias civiles Germán y Jerónimo fallecidos en acto de servicio

La Iglesia de Huelva acompaña en la oración a los guardias civiles Germán y Jerónimo fallecidos en acto de servicio

La Parroquia de la Purísima Concepción de Huelva ha acogido en la mañana de este sábado, 9 de mayo, la celebración de la Santa Misa exequial por los guardias civiles Germán y Jerónimo, fallecidos en acto de servicio mientras participaban en una operación contra el narcotráfico en la costa de la provincia.

La Eucaristía ha estado presidida por el Obispo de Huelva, Mons. Santiago Gómez Sierra, y ha reunido a familiares de los fallecidos, compañeros de la Guardia Civil, autoridades civiles, militares y judiciales, así como a numerosos fieles que han querido mostrar su cercanía, afecto y oración en estos momentos de dolor.

Durante su homilía, Mons. Gómez Sierra ha expresado el pesar de toda la Iglesia diocesana ante una pérdida “arrancada de la vida mientras cumplían con su deber, mientras servían a la sociedad”. En un clima de profundo recogimiento, el prelado ha recordado que la esperanza cristiana ilumina incluso los momentos más difíciles, afirmando que “la muerte no tiene la última palabra” y que “una vida entregada por los demás no desaparece”.

El Obispo ha subrayado asimismo el valor del servicio realizado con fidelidad, justicia y entrega al prójimo, poniendo de relieve el testimonio de quienes dedican su vida a la protección de los demás. Del mismo modo, ha tenido palabras de agradecimiento hacia la Guardia Civil por su labor “abnegada, incomprendida y arriesgada”, reconociendo el sacrificio cotidiano que asumen tantos agentes en el desempeño de su misión.

Mons. Santiago Gómez Sierra ha advertido también sobre la gravedad del narcotráfico y sus consecuencias sociales, recordando que “la droga no es un negocio inocente”, pues detrás de esta realidad “hay muerte, corrupción, familias destrozadas y violencia”.

La celebración ha concluido con una oración por el eterno descanso de Germán y Jerónimo, así como por el consuelo de sus familias, compañeros y seres queridos, encomendándolos a la intercesión de la Virgen María, Madre del Consuelo.

La Iglesia de Huelva ha continuado unida en la oración por quienes entregan su vida al servicio de la sociedad y por todas las familias que sufren las consecuencias de la violencia y del narcotráfico.

HOMILÍA DE MONS. SANTIAGO GÓMEZ SIERRA

Textos: Apocalipsis 14,13; Sal 24; Juan 6, 37-40

Hermanos y hermanas todos, amados por el Señor:

Nos hemos reunido hoy con el corazón afligido. Nos duele la muerte de estos dos guardias civiles, Germán y Jerónimo, arrancados de la vida mientras cumplían con su deber, mientras servían a la sociedad, mientras protegían a tantas familias de una amenaza que destruye vidas y pueblos enteros.

Hoy lloran sus familias y sus compañeros. Y con ellos también se conmueve una sociedad que, demasiadas veces, se acostumbra a noticias terribles sobre el comercio criminal de la droga y su incursión en nuestra tierra, sin detenerse a pensar en el coste humano que conlleva.

Y, en medio de este dolor, hemos escuchamos la Palabra de Dios, que no viene a borrar las lágrimas, ni a negar el sufrimiento. La fe cristiana no nos hace de piedra. Pero sí nos dice algo decisivo: la muerte no tiene la última palabra.

“Bienaventurados los muertos que mueren en el Señor… porque sus obras los acompañan”, hemos oído en la primera lectura del Apocalipsis.

La palabra “bienaventurados” no niega el dolor de la muerte, pero proclama que el sacrificio vivido en fidelidad, sosteniendo valores de justicia, protección del débil, cumplimiento del deber y amor al prójimo, incluso en circunstancias difíciles y peligrosas, tiene valor eterno ante Dios.

Decir que “sus obras los acompañan” es afirmar que una vida entregada por los demás no desaparece. El bien realizado permanece: en las personas protegidas, en las familias servidas, en la paz custodiada y, sobre todo, ante Dios. El Señor acoge el sacrificio, conoce el servicio silencioso y no olvida ninguna entrega hecha por amor.

Jesús en el Evangelio proclamado nos ha hecho una gran promesa: “Al que venga a mí no lo echaré fuera… y yo lo resucitaré en el último día”.

Jesús se presenta como quien nos acoge definitivamente al terminar nuestra peregrinación por este mundo.

Ante una muerte dolorosa e inesperada, como la de Germán y Jerónimo, el Evangelio proclama que nadie queda perdido en el vacío ni olvidado por Dios: “No perderé nada de lo que Él me ha dado”, expresa la fidelidad de Cristo. Quienes han entregado su vida en servicio de los demás permanecen en las manos del Señor.

Así la Palabra de Dios nos invita a perforar la tragedia inmediata, abriendo un hueco de esperanza. La fe cristiana no elimina vuestro sufrimiento, queridas familias y compañeros guardias civiles, pero sostiene la esperanza de la resurrección y de la vida eterna. “Yo lo resucitaré en el último día” es la palabra central de consuelo: Cristo no abandona a quienes caminaron en el bien y en el deber cumplido.

En estos servidores públicos, Germán y Jerónimo, podemos reconocer una expresión concreta del amor que protege, sirve y se sacrifica por la seguridad de otros. Estos hombres salieron ayer para proteger la vida de otros. Han entregado su vida haciendo el bien, defendiendo a los demás, sembrando justicia y servicio. Por eso rezamos por ellos y ponemos sus almas, sus personas en las manos de Dios.

Queridas familias de Germán y Jerónimo, quisiera deciros, con enorme respeto y cariño, que os acompañamos en vuestro inmenso dolor. Hay ausencias que nadie puede llenar y heridas que tardarán mucho en cicatrizar. Pero no estáis solos. Dios camina en medio de vuestra noche. Y el amor que habéis compartido con ellos no desaparece; queda para siempre.

Y a vosotros, sus compañeros, Guardias Civiles: gracias. Gracias por vuestro servicio muchas veces abnegado, incomprendido y arriesgado. Gracias porque seguís saliendo cada día sabiendo que vuestra misión puede costar muy cara. España necesita hombres y mujeres que no se rindan ante el miedo, ante la violencia o ante el dinero fácil del crimen.

Porque hoy también debemos decir algo con claridad. La droga no es un negocio inocente. Detrás del narcotráfico hay muerte, corrupción, familias destrozadas, jóvenes perdidos, violencia y desprecio por la vida humana. El dinero de la droga parece fácil incluso admisible, pero siempre está manchado de lágrimas y sangre.

Y sería una grave irresponsabilidad mirar hacia otro lado. Quizás toda la sociedad tendríamos que reaccionar con menos silencio y mucha más intolerancia ante este negocio de muerte, que encuentra colaboradores en nuestros pueblos y ciudad, ávidos de dinero fácil.

La provincia de Huelva se ha convertido en los últimos años en una de las principales puertas de entrada de la droga al mercado nacional y europeo. El narcotráfico está sostenido por una delincuencia organizada, y cada vez más poderosa y violenta. La lucha contra esta plaga corresponde a las fuerzas de seguridad, a las que el Estado tiene la obligación de dotar de todos los medios necesarios y proporcionados para hacer frente a esta poderosa y tecnificada red criminal de la droga.

También, es una tarea de todos: de las familias, de la escuela, de la Iglesia en la predicación y la catequesis, de todas las instituciones, de la justicia, de los medios de comunicación, de toda la sociedad. No podemos resignarnos ante este fenómeno, que pervierte a nuestros jóvenes y familias, y corrompe nuestra convivencia.

Cada alijo interceptado, cada red desmantelada, cada noche de vigilancia en el mar o en las carreteras, no es solo una operación policial: es una defensa de la dignidad humana, por cuya causa Germán y Jerónimo han entregado su vida.

Pero ahora, por encima de todo, estamos aquí para rezar. Para poner estos dos nombres ante Dios, para asociar a estos dos hermanos a la muerte y resurrección de Jesucristo, que se actualiza en el sacrificio de la Misa que estamos celebrando. Para pedir que el Señor los reciba junto a Él, y les conceda vivir para siempre en su paz y felicidad eterna.

Y para pedir también fuerza y esperanza para quienes quedan aquí cargando el peso de su ausencia.

Y que nunca nos falte valentía para defender la vida, la justicia y la verdad.

Que la Santísima Virgen María, Madre del consuelo, abrace a estas familias y a sus compañeros, e interceda por todos nosotros. Amén.

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