En el día de hoy los sacerdotes y diáconos de la Diócesis han celebrado el retiro Cuaresma, dirigido por el Administrador Apostólico D. Ramón Valdivia, quien quiso centrar su meditación en una convicción fundamental: “necesitamos una intervención divina” para renovar nuestra vida y nuestro ministerio.
Comenzó agradeciendo sinceramente la oración del presbiterio desde que recibió la misión de servir a la diócesis como administrador apostólico, subrayando que sin esa comunión espiritual su tarea no sería posible. Invitó también a tener presente en la oración a D. Juan José del Junco Domenech, en el día de su centenario, dando gracias por su ministerio fiel y fecundo.
El retiro se planteó en dos grandes momentos. En primer lugar, una mirada sincera a la realidad cultural y eclesial actual, marcada por el cansancio, la incertidumbre y, en muchos casos, la pérdida de esperanza. A partir de referencias culturales contemporáneas, el Administrador Apostólico mostró cómo, incluso en medio de una sociedad aparentemente secularizada, emerge un grito profundo del corazón humano que clama por ser amado y salvado. Ese grito —expresado de múltiples formas— revela que el hombre sigue necesitando a Dios, aunque a veces no sepa nombrarlo con claridad.
Desde ahí, trasladó esa reflexión a la vida sacerdotal: también los presbíteros pueden experimentar rutina, desgaste, pérdida del fervor inicial o la tentación de reducir el ministerio a una mera gestión de tareas. Como los discípulos en la barca sacudida por la tormenta (cf. Mt 14, 22-33), podemos sentir que navegamos solos en la noche. Sin embargo, Cristo ya ha intervenido en la historia. No es un “fantasma”, sino el Señor vivo que se acerca y dice: “Soy yo, no temáis”. La clave está en recuperar la confianza y atrevernos a gritar como Pedro: “¡Señor, sálvame!”, reconociendo nuestra necesidad y nuestra fragilidad.
En un segundo momento, la meditación se adentró en el misterio del Huerto de los Olivos (cf. Lc 22, 39-53). Allí se contempla a Jesús en su intimidad más profunda: turbado, angustiado, pero totalmente confiado en el Padre. Su oración —“no se haga mi voluntad, sino la tuya”— se presenta como modelo de la respuesta que también el sacerdote está llamado a dar. No basta con reconocer que necesitamos a Dios; es preciso tomar una decisión personal de conversión, renovando la entrega y aceptando incluso “ser contado entre los pecadores”, participando del misterio de la redención con humildad. 
El Administrador Apostólico subrayó que la raíz de esta respuesta es la confianza. Inspirándose en la enseñanza de santa Teresa del Niño Jesús, recordó que “la confianza, nada más que la confianza, puede conducirnos al Amor”. Frente al escepticismo, el individualismo o la tentación de la autosuficiencia, el camino cristiano —y sacerdotal— pasa por abandonarse en las manos del Padre, incluso cuando todo parece oscuro.
Finalmente, propuso dos compromisos concretos para esta Cuaresma. En primer lugar, pedir ayuda a una persona concreta que acompañe la propia vida con sinceridad, capaz de alentar y también de corregir desde la verdad. En segundo lugar, asumir el cansancio de acompañar a quien sufre, aprendiendo a permanecer en el amor a través de una escucha paciente y orante.
El retiro concluyó como una invitación a renovar la comunión presbiteral y a responder con confianza humana a la intervención divina que nunca deja de sostener a su Iglesia.

