La Cuaresma, un desierto que nos cambia

Diócesis de Córdoba
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Mensaje del obispo de Córdoba, monseñor Jesús Fernández, para la Cuaresma

Un día, Jesús de Nazaret decidió irse al desierto. Después de recibir el bautismo de manos de Juan el Bautista, creyó oportuno retirarse por un tiempo. Con ello, no pretendía huir de sí mismo ni de su responsabilidad, sino prepararse para la misión. En primer lugar, deseaba orar, escuchar la voz del Padre a quien siempre obedeció. Quería también ayunar, desprenderse de todo lo accesorio para centrarse en lo esencial. En definitiva, quería prepararse para la misión dejándose guiar por el Espíritu de Dios y cerrando el paso al espíritu del mundo que se le ofreció goloso por parte del Maligno.

En la Biblia, el número cuatro seguido de ceros indica la condición terrena del hombre pecador, penitente, sujeto a todo tipo de trabajos. El diluvio duró cuarenta días (Gen 7, 17); los israelitas estuvieron en Egipto cuatrocientos años (Gen 15, 13); su peregrinación por el desierto hasta llegar a la Tierra prometida duró también cuarenta años. Como buen hijo de su pueblo, Jesús también aceptó la prueba del desierto durante cuarenta días (Mt 4, 2).

Siguiendo la estela de Jesucristo, sus discípulos nos retiramos también por cuarenta días al desierto cuaresmal buscando la conversión de nuestros pecados y la preparación para participar en el misterio pascual cuya celebración llega a su culmen en la semana grande de nuestra fe, en la Semana Santa.

Precisamente, la liturgia del miércoles de ceniza, día en que se inicia este tiempo litúrgico, nos habla de tres herramientas para la conversión, para sanar nuestras relaciones heridas con Dios, con nosotros mismos y con los demás, para la nueva vida en Cristo: la oración, el ayuno y la limosna. “El desierto -decía el Papa Francisco- es el lugar de la desconexión del estruendo que nos rodea. Es la ausencia de palabras para hacer espacio a otra Palabra, la Palabra de Dios, que como una brisa ligera nos acaricia el corazón (cf. 1 Re 19, 12). Sí, el desierto es el lugar de la Palabra con mayúsculas y, por lo tanto, el ámbito para renunciar a otras palabras menores, a las palabras inútiles, a las que denigran a los demás. En cambio, es el momento de la escucha del Mensaje divino y del diálogo filial con Él.

El desierto es también el lugar del ayuno. “Ayunar es saber renunciar a las cosas vanas, a lo superfluo, para ir a lo esencial. Ayunar es buscar la belleza de una vida sencilla” (Papa Francisco). Habitualmente identificamos el ayuno con la privación de alimento corporal, pero también cabe renunciar a otras muchas realidades superfluas, incluso perjudiciales. La cuaresma es un buen momento para hacer dieta en el uso exagerado del teléfono móvil, en el desperdicio de tiempo en el juego; es un buen momento para dejar atrás el rencor y el pecado.

Finalmente, desierto es sinónimo de limosna. Estamos ante un tiempo propicio para abandonar la autorreferencialidad y para volcarnos en la atención al otro. Es tiempo para la solidaridad y la ayuda de todo tipo. Dar limosna es no sólo proporcionar una ayuda material, es también ofrecer tiempo, acompañamiento, consejo, consuelo… “Se recomiendan las obras de misericordia -dice el Papa León XIV-, como signo de la autenticidad del culto que, mientras alaba a Dios, tiene la tarea de disponernos a la transformación que el Espíritu puede realizar en nosotros, para que seamos todos imagen de Cristo y de su misericordia hacia los más débiles”.

No temamos entrar en el desierto, no dudemos en ejercitarnos en la oración, el ayuno y la limosna para renovar nuestras relaciones y alimentar nuestra vida en Cristo. Caminemos hacia la Pascua del Señor bajo el signo de la cruz que significa amor, servicio y entrega por los demás.

+ Jesús, Obispo de Córdoba

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