
La novedad de las Bienaventuranzas, como estilo de vida, la concreta Jesús en enseñanzas universales en continuidad con el Antiguo Testamento. El Evangelio en este domingo VI del Tiempo ordinario (Mt 5,17-37) nos presenta cuatro casos concretos de aplicación de estas normas fundamentales: la ofensa al hermano y el precepto de «no matarás» (cf. Ex 20,13 y Dt 5,17), ampliado a toda ofensa hecha al hermano; la prohibición «no cometerás adulterio» (cf. Ex 20,14 y Dt 5,18), referida no sólo a la acción, sino también al deseo desordenado; y la prohibición de jurar en falso o hacerlo con ligereza (cf. Lv 19,12 y Nm 30,3 y Dt 23,22), que obliga a decir la verdad sin necesidad de jurar.
La novedad de Jesús ante la Ley no produce ruptura con lo que se venía enseñado: «No penséis que he venido a derogar la Ley o los profetas: no he venido a abolir sino a llevarlas hasta sus últimas consecuencias» (v.17). Jesús ha recibido del Padre la misión (= he venido), no a derogar la Ley sino «a dar plenitud». En consecuencia, el ser humano ya no se justifica ante Dios solo por la observancia de la Ley sino principalmente por la adhesión a la causa del reinado de Dios y el seguimiento de Jesucristo.
Para no excedernos en las comparaciones entre la ley antigua y la novedad de Jesús nos fijamos en el Decálogo, los diez mandamientos, principios fundamentales de la moral y la ética en la tradición judeocristiana (cf. Ex 20, 1-17). Bien entendidos, en lugar de oprimir a la criatura, son un camino de libertad. Hemos de recordar que fueron entregados a Moisés y al pueblo después del pacto de la Alianza que culminó con la liberación de la esclavitud. Es decir, la gracia/liberación precede al mandamiento y la obediencia a la ley divina brota del corazón agradecido.
En tiempos de Jesús, las escuelas rabínicas de marcado acento farisaico, favorecían una interpretación excesivamente legalista y casuística de la Ley. Además, la Misná, la tradición de los ancianos, la costumbre, tenía la categoría de ley obligatoria para el pueblo puesto que, según su parecer, participa de la santidad de la Torá. De ahí que a la pregunta de cómo se justifica la criatura ante Dios, los fariseos respondan sin vacilar, «observando escrupulosamente la ley» entendiendo por ésta, no solo la Torá sino también la Misná, la tradición y la costumbre recogidas en 613 mandamientos (mitzvot o tzaváh). (407)
El seguimiento del Señor es camino de libertad. Para Jesús la Ley es importante pero ya no ocupa el lugar central. Acoger la buena nueva del Evangelio implica la conversión que cambia nuestra mirada sobre el mundo, las personas y las cosas.
Manuel Pozo Oller
Párroco de Montserrat

