
En las últimas semanas dos acontecimientos me han ayudado a pensar sobre el sacerdocio. Por un lado, la beatificación de Salvador Valera Parra, sacerdote fiel y entregado, también reconocido, que supo estar al lado de su pueblo siempre y cuya memoria de santidad ha perdurado por años en Huércal Overa. Por otro lado, el abandono del ministerio sacerdotal de uno de los sacerdotes más populares en redes sociales, Don Alberto Ravagnani, quien ha logrado aglutinar toda una serie de seguidores jóvenes que buscan vivir su fe en el mundo actual.
La cuestión del abandono del ministerio sacerdotal por parte de personas como don Alberto nos lanza un desafío como Iglesia. El perfil de este joven sacerdote ha sido exhibido en todo tipo de programas o entrevistas, podríamos decir que era el “niño bonito”, hasta el punto de que, en una diócesis como Milán, una de las grandes diócesis de la cristiandad, ha ocupado cargos relacionados con la pastoral juvenil. Se trata del modelo de sacerdote que, por así decirlo, sirve como gancho para llenar iglesias o cualquier clase de foro.
Pero detrás de esta imagen está el desgaste invisible del sacerdote joven. Seguramente en el momento más vulnerable de su vocación incipiente se ha visto obligado a no tener espacio para madurar, estar constantemente expuesto y a sostener una identidad pública sin poder ser él mismo. Sinceramente, no creo que esto pueda soportarlo nadie y, es más, creo que nuestros prelados o incluso el Papa deberían poner límites a la exhibición de sacerdotes en las redes sociales. Es inhumano. Me parece injusto zanjar el tema diciendo que es simplemente narcisismo y hacer leña del árbol caído.
Paradójicamente, la Iglesia promueve sacerdotes comunicadores, pide cercanía y nos anima a estar “en salida”. Pero todo esto debe sostenerse sobre unas estructuras de acompañamiento estable, sobre una base espiritual sólida para que la máscara no devore al personaje en el vacío interior. Espero que más pronto que tarde estemos dispuestos a responder como iglesia una pregunta: ¿estamos formando sacerdotes reales para vidas reales, o idealizamos una forma de vida que luego no sabemos acompañar?
No nos engañemos, de la respuesta a esta pregunta y de las acciones que llevemos a cabo dependerá el futuro del sacerdocio y, necesariamente, el de la Iglesia.
Jesús Martín Gómez
Párroco de Vera

