«Declara la guerra al hambre». Manos Unidas – Campaña contra el hambre 2026

Queridas hermanas y hermanos, amigos todos:

«El silencio de quienes mueren de hambre grita en la conciencia de todos, aunque a menudo sea ignorado, acallado o tergiversado. No podemos seguir así, ya que el hambre no es el destino del hombre sino su perdición» (León XIV, Discurso ante la FAO del 16.10.2025, n.4).

Estas duras palabras del Papa, que constatan una triste y dolorosa realidad, no pueden dejar indiferente a nadie, mucho menos a quienes nos llamamos y somos seguidores de Jesucristo, aquel que se identificó con los más pequeños, también los hambrientos, cuando afirma en la parábola denominada del juicio final: «Porque tuve hambre y me disteis de comer» (Mt 25, 35). Él, el Señor –y no otro– tuvo hambre, y nosotros –tú y yo– podemos caer en la tentación de no darle de comer, sino dejarle que siga pasando hambre con una frialdad impropia de nuestra condición humana, y mucho más de nuestra condición de hijos e hijas del Dios que es Padre y cuida amorosamente de nosotros con su providencia.

El hambre, fruto de una sociedad injusta y desigual, de «una cultura que descarta a los demás sin advertirlo siquiera y tolera con indiferencia que millones de personas mueran de hambre o sobrevivan en condiciones indignas del ser humano» (León XIV, Exhort. Apost. Dilexi te, n. 11) sigue siendo uno de los principales enemigos del ser humano en este siglo XXI que aboca a la muerte a un elevadísimo número de hermanos de nuestra familia humana, especialmente en lugares de guerra, injusticia y pobreza.

Queremos un mundo en paz. Deseamos que se acabe el sonido de las armas que matan a personas; que se acaben las guerras y los conflictos para que todos podamos vivir una paz integral y duradera. Sin embargo, como nos recuerda Manos Unidas en su Campaña contra el hambre de este año 2026, aún nos queda una guerra que luchar: la del hambre. Una guerra que esta humanidad sigue perdiendo a causa de tanta indiferencia, desigualdad e injusticia que condena a numerosas personas y poblaciones a no tener acceso al alimento necesario. Una guerra que nuestros países y los organismos internacionales siguen perdiendo al no ser capaces de proteger el derecho a una seguridad alimentaria, ese derecho humano fundamental, que pertenece a cada ser humano y que no es privilegio de unos pocos, que garantiza el acceso a alimentos suficientes, seguros y nutritivos para llevar una vida activa y saludable.

«Declara la guerra al hambre» es el provocativo lema de la campaña de Manos Unidas de este año que se acompaña con la imagen de una niña pobre, mal vestida y sucia, que nos mira desafiante con unos ojos fijos alzando una cuchara queriendo reclamarnos el alimento que no tiene para poder vivir, ese que quizás nosotros tiramos a la basura en nuestra sociedad opulenta o que no compartimos con ella ni con quienes pasan hambre.

«Quien padece hambre no es un extraño. Es mi hermano y he de ayudarlo sin dilación alguna» (León XIV, Discurso ante la FAO del 16.10.2025, n.1). Por esa razón no podemos ser indiferentes ante esta cruda realidad que viven muchos hermanos y hermanas. Abramos nuestro corazón al dolor del prójimo, dejémonos interpelar en nuestras conciencias e involucrémonos de forma afectiva y efectiva en esta lucha contra el hambre colaborando generosamente con esta campaña de Manos Unidas.

Unamos nuestras manos para declarar la guerra al hambre con el firme propósito de ganarla o, al menos siquiera, poder avanzar ganando terreno, ofreciendo alimento, evitando la muerte de tantas personas, especialmente niños y niñas que no pueden crecer ni desarrollarse, sino que están destinados a una muerte prematura por malnutrición o hambre. ¿Dónde está el corazón humano? ¿Dónde la fe cristiana que nos mueve a vivir especialmente el amor hacia los pobres? Para enfrentar la pobreza, el hambre y la desigualdad trabajemos por la paz que permita el desarrollo integral de los pueblos desde la justicia social y la igualdad.

Gracias a Manos Unidas, a sus voluntarios y colaboradores, por la labor que realizan para despertar nuestra conciencia individual y colectiva que a veces vive dormida e indiferente ante el drama del hambre en el mundo. Que el Señor bendiga su labor y a quienes –según nuestras posibilidades– colaboramos con nuestra oración y nuestra aportación económica declarando la guerra al hambre, de modo que un día podamos escuchar de los labios de Cristo: «Ven bendito de mi Padre… porque tuve hambre y me diste de comer».

Que el Señor nos bendiga con su amor y nos haga vivir en la caridad.

Eloy A. Santiago Santiago,

Obispo de San Cristóbal de La Laguna

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