
El profesor de los centros teológicos diocesanos Ángel Nuño invita a profundizar en el Evangelio de este domingo, 8 de febrero de 2026.
Después de proclamar las bienaventuranzas, Jesús dirige a sus discípulos unas palabras exigentes y, en la misma medida, consoladoras. No les dice lo que deben ser, aquello en lo que se deben convertir, sino lo que ya son: sal y luz no por méritos propios, sino por la relación con Él, por su amor misericordioso. Podemos apreciar aquí el vínculo indisoluble entre la identidad y la misión del cristiano.
La sal está llamada a mezclarse y diluirse, no existe para sí misma, sino para dar sabor; la luz no se guarda, sino que se coloca en lo alto para que alumbre a todos. El discipulado cristiano no es evasión del mundo, sino presencia transformadora en medio de la vida concreta. Por eso la primera lectura insiste en un culto que se traduce en gestos reales de justicia y compasión: compartir el pan, acoger al pobre, no volver el rostro ante el hermano. Ahí —dice el profeta— nace la luz.
San Pablo, por su parte, recuerda que el Evangelio no se anuncia desde la autosuficiencia, sino desde la debilidad confiada, para que la fe se apoye en el poder de Dios y no en la elocuencia humana.
Ser sal y luz no es una tarea heroica reservada a unos pocos, sino la vocación cotidiana de toda la comunidad cristiana. Cuando la fe se hace vida entregada, discreta y fiel, entonces —sin ruido— el mundo percibe la luz de Dios.

