
La Catedral de Málaga ha servido de inspiración para numerosos escritores y poetas de gran proyección como Gerardo Diego, Camilo de Ory o José Salas, sin que podamos obviar al jesuita mexicano Ramón Cué, el célebre autor de “Mi Cristo roto” o “Cómo llora Sevilla”.
Pero, sin duda, el más imaginativo de todos ellos fue Rafael Pérez Estrada (1934- 2000), quien aunaba a sus dotes líricas su habilidad plástica, tan surrealista en sus modos como los aforismos que utilizaba en sus composiciones. A nuestra iglesia madre dedicó una retahíla de greguerías tan ingeniosas como las que siguen:
Para la catedral, el rascacielos es un materialista.
Odia la catedral a la miniatura.
Desde sus altísimas columnas, los ángeles disponen sus trapecios.
En toda catedral hay un intento de transustanciar la piedra en espíritu.
La catedral limita con lo azul desde el pararrayos y la veleta.
Ella preferiría que los canónigos se levantaran un poco más tarde, un poquito más, cuando los vitrales se encienden con toda la energía del sol…
Además, realizó una serie de textos y dibujos, que forman parte de su obra “La ciudad velada”, reflejo de su universo tan personal. En uno de ellos imaginó un proyecto, cuanto menos, cien por cien malagueño, acorde con el eterno debate sobre la conclusión del edificio:
Visto el inacabado estado de la Catedral, sería oportuno completar la torre que falta con un faro gemelo en altura a la existente, con lo que se conseguiría la ventaja de contar para su asentamiento con un lugar alto y cercano al mar.

