
Queridas hermanas y hermanos de la comunidad parroquial de Los Ángeles, saludo al Delegado Episcopal de MANOS UNIDAS y a los voluntarios. La diócesis, en mi nombre agradece de corazón vuestra misión. Hermanos sacerdotes: Jesús y Francisco.
Tuvimos que adelantar nuestra celebración eucarística en una semana, porque el día 8 celebramos la Acción de Gracias por la beatificación de nuestro Cura Valera. Pero la Palabra de Dios nos ilumina de una manera especial cuando la campaña de este año señala con fuerza dos palabras: GUERRA y HAMBRE, es decir nuestra tierra y la humanidad están heridas de muerte. La campaña nos señala que la única guerra permitida es la lucha por la paz y la justicia, y de verdad que nos queda mucho camino. Vivimos en un mundo marcado por la desigualdad y la injusticia, por la soledad y el abandono, por la violencia y la pobreza. En este momento hay 56 guerras en el mundo que involucran a 92 países. Aunque solo los medios nos hablen de 2, la guerra de Israel y de Rusia, la franja de Gaza y Ucrania. Pero volvamos a la Palabra de Dios, que nos alimente y nos nutra.
¿Quién nos dará la felicidad? Así exclamaba el salmista (Sal 4,7). La búsqueda de la felicidad es uno de los motores de la vida de la humanidad. También es objeto de grandes debates, espejismos y engaños. Cada época tiene sus recetas. El consumismo es la que prevalece hoy, tener más para ser más felices. Es como una tela de araña que nos atrapa
San Mateo, el evangelista del Reino, en su capítulo 5 nos habla del Sermón de la Montaña y en el capítulo 25 del Juicio Final. ¿Recordáis? tuve hambre, estaba desnudo, fui forastero… y me acogisteis. Este texto de la Bienaventuranzas es uno de los más bellos del Evangelio, y uno de los más conocidos universalmente. Gandhi lo sabía de memoria. Es considerado, y con razón, como la Carta Magna del Reino de Dios. Lo presenta en la montaña como cuando Moisés recibió los mandamientos. Pero hay una diferencia, el decálogo está en negativo: no harás. Las bienaventuranzas en positivo: dichosos los que hacen. Y por hacer o no hacer seremos juzgados.
En todas las bienaventuranzas, aunque distintas, hay un espíritu común, un mismo latido de sencillez y de humildad, de alegría y de paz, de voluntad de Dios y de felicidad.
En el camino de la felicidad en un bello equilibrio entre lo que se manifiesta como una elección íntima, personal (ser pobre de corazón, manso, tener compasión, un corazón puro) y lo que nos compromete a hacer felices a los demás: tener hambre y sed de justicia, ser artesano de la paz o perseguido a causa de la justicia.
Igual que la pobreza, la justicia también tiene su propio sentido en el lenguaje bíblico. Los pobres no son sólo los que carecen de todo, sino los que necesitan todo del Señor. Y la justicia bíblica equivale a santidad y abarca, por tanto, además de la mera justicia, la caridad, es decir, el amor absoluto, del que no pide nada a cambio. Así dice Jesús que es preciso cumplir toda justicia, todo lo que Dios ha dispuesto, es decir, cumplir la voluntad de Dios, ser justos. No es cuestión de ideologías sino de entrega.
En el centro de las bienaventuranzas, como en su corazón, está la quinta, la de la misericordia: “¡Felices los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia!” Hermanos, el perdón, la reconciliación. Esta es la gran tarea de nuestras vidas para permanecer felices con nuestra familia, con nuestros amigos, en todo grupo humano, entre todas las naciones. La misericordia es el corazón mismo de Dios: “Su misericordia se renueva cada mañana” dice el salmista. O si no, el himno profético de Zacarías: “Por la entrañable misericordia de nuestro Dios” (Lc 1,78) Es también la obra de Jesús: “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34) “Jesús, en la cruz –proclama san Pablo– ha matado el odio” (Ef 2,16).
Las Bienaventuranzas nos marcan el camino de la felicidad. Ellas describen el fondo de las entrañas de Cristo, la elección de su vida, el fruto de su libertad y de su amor. Es necesario leerlas y releerlas, profundizar en lo que nos permite hacer un discernimiento valiente, descubrir aquello que nos conduce más lejos de lo que nosotros habíamos esperado de nuestra vida. La misericordia será nuestro alimento cotidiano, incluso cuando nosotros podemos conocer la persecución a causa de Jesús. Si la misericordia no habrá paz. Hermanas y hermanos, ánimo y adelante.
Almería, 1 de febrero de 2026
+Antonio Gómez Cantero, obispo de Almería

