Gratitud y esperanza para la vida consagrada

Queridos diocesanos, amigas y amigos de Málaga y Melilla:

La vida consagrada es un tesoro que el Espíritu ha suscitado desde los orígenes del cristianismo. También hoy, en nuestra Diócesis de Málaga, sigue siendo un regalo precioso. Lo sabéis bien quienes disfrutáis de la amistad de una persona consagrada o habéis tenido cerca una comunidad religiosa alegre, unida y entregada a su misión.

En esta carta deseo, ante todo, invitar a toda la comunidad eclesial a reconocer la grandeza de este don. La vida consagrada no es un adorno opcional dentro del cuerpo eclesial; es una presencia esencial que nos recuerda que Dios es lo primero, que el Evangelio puede vivirse con radicalidad y que una existencia entregada anticipa ya la plenitud del cielo.

Los consagrados no viven apartados del mundo, sino profundamente insertos en él desde la lógica del amor incondicional de Dios. Sus comunidades son escuelas donde se aprende a perdonar, a compartir, a escuchar, a discernir y a servir. Sus obras —educativas, sanitarias, sociales, contemplativas, misioneras— son signos visibles de la ternura de Dios hacia los más pequeños y vulnerables.

La Iglesia —nuestra diócesis de Málaga— necesita la vida consagrada, y el mundo también. Por eso, queridos hermanos y hermanas, os invito a valorar, acompañar y sostener a quienes han entregado su vida al Señor. Y animo a los chicos y chicas que se encuentran en discernimiento vocacional a preguntarse, delante de Dios, si Él los llama a este camino.

A vosotros, queridos consagrados y consagradas, deseo dirigiros una palabra especial en estos tiempos complejos. A quienes vivís vuestro carisma en esta diócesis, os pido con afecto lo mismo que el papa León ha pedido recientemente a los sacerdotes: “una fidelidad que genera futuro”. Es una expresión luminosa y desafiante para todos los bautizados. Os animo, pues, a permanecer firmes en la oración, fieles a la vida fraterna, disponibles para la misión, abiertos a la Iglesia diocesana, atentos a los pobres y dóciles al Espíritu. La fidelidad cotidiana —a veces escondida, a veces cansada— es la que fecunda a la Iglesia y transforma el mundo desde dentro.

La vida consagrada florece cuando se vive desde la verdad del Evangelio, sin rebajas ni exageraciones, sin prisa ni miedo; aunque seáis menos, aunque tengáis que unir comunidades, incluso de congregaciones distintas para llevar adelante un proyecto misionero. En cambio, no sirven de nada los atajos para obtener más vocaciones, el “todo vale” para conservarlas, los experimentos extraños para sostener comunidades sin recursos humanos suficientes, la rigidez que no da consistencia interior o la mundanización que busca satisfacer todos los caprichos.

El Señor no os llamó para tener éxito, ni para ser más en número e influencia, sino para ser testigos fieles de su amor, como Él y con Él, que manifestó su gloria desde el madero de la cruz. El Señor bendice vuestra entrega y sostiene vuestra esperanza.

Contad con mi oración, mi aprecio y mi apoyo.

+ José Antonio Satué
Obispo de Málaga

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