Homilía de Monseñor José Ángel Saiz Meneses en la Misa Funeral por las víctimas de los accidentes ferroviarios de Ademuz (Córdoba) y Gelida (Barcelona). Catedral de Sevilla, 28 de enero de 2026.
- Saludos. Queridos hermanos y hermanas: Hemos venido a esta Santa Iglesia Catedral para celebrar la Eucaristía por el eterno descanso de las 45 víctimas mortales del accidente ferroviario ocurrido el domingo 18 de enero en Adamuz (Córdoba), y también por el joven sevillano Fernando Huerta Jiménez, fallecido en el accidente que tuvo lugar posteriormente en Gelida (Barcelona). Saludo a los sacerdotes concelebrantes, diáconos; miembros de la vida consagrada y del laicado; a las excelentísimas autoridades presentes, civiles, militares, académicas, judiciales, y a los representantes de instituciones; a los cuerpos y fuerzas de seguridad, a los sanitarios y todas las personas que han colaborado y siguen colaborando; saludo especialmente a la familia de Fernando, a los hermanos de la Macarena y a los representantes del Sevilla Fútbol Club; a todos los presentes en esta celebración.
- Ante una tragedia tan grande no es fácil pronunciar palabras. Cuando la herida está abierta, cuando la ausencia es tan dolorosa, cuando nos invade la oscuridad, es más importante y eficaz la presencia cercana, el silencio respetuoso, la oración esperanzada. La Iglesia hoy quiere, ante todo, estar junto a los que lloran, sostener a quienes se sienten sin fuerzas, acompañar a aquellos que no alcanzan a comprender lo sucedido. Y lo hacemos como comunidad, porque nadie debe sentirse solo. Quiero expresar nuestra condolencia más sincera a los familiares de los fallecidos, nuestra cercanía a los heridos y a quienes siguen convalecientes, y nuestro abrazo a tantas personas afectadas de un modo u otro: familiares, amigos, compañeros de trabajo, vecinos, y también a quienes han seguido estas noticias con el corazón encogido.
- Agradecemos, de manera explícita, a cuantos han auxiliado desde el primer instante: sanitarios, fuerzas y cuerpos de seguridad, bomberos, voluntarios, psicólogos, sacerdotes, personal ferroviario y tantos servidores públicos que han puesto su profesionalidad y su humanidad al servicio del dolor ajeno. En esta comunión de la Iglesia, hemos recibido también el consuelo y la cercanía del Santo Padre. Ya el día 19 de enero, el papa León XIV envió un mensaje de condolencias, de solicitud y de aliento, expresando su pesar por las víctimas y su deseo de pronto restablecimiento para los heridos. Este gesto del Sucesor de Pedro, que se hace voz de la Iglesia universal, es un bálsamo en la herida y nos recuerda que no sufrimos aislados, sino en el gran abrazo de la comunión eclesial.
- La Palabra de Dios que hemos escuchado no ofrece respuestas fáciles. Nos ofrece la palabra que nace del drama humano y de la misericordia divina. En la primera lectura, Job es el justo que sufre: un hombre golpeado por la desgracia, incomprendido, agotado, con una pregunta que le quema el corazón, con el grito del que sufre. Pero en medio de la noche, pronuncia una confesión que es como una lámpara encendida: “Yo sé que mi Redentor vive” (Job 19, 25). Esa frase no elimina el sufrimiento, pero lo atraviesa con una esperanza que nace de la fe. Cuando la muerte llega de forma inesperada, cuando irrumpe en un trayecto ordinario, en una jornada que parecía igual a tantas, la pregunta brota espontánea: ¿por qué? ¿Por qué ellos? ¿Por qué ahora? ¿Por qué así? Queridos hermanos, hay tragedias ante las que el ser humano se queda sin palabras. Pero el creyente no se queda sin camino: el camino es llevar el “por qué” a Dios, sin disimulos, con lágrimas, como hicieron tantos justos en la Biblia.
- El Salmo 22 es la oración de un corazón herido que, sin embargo, se atreve a decir: “El Señor es mi pastor, nada me falta… aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo”. Hoy esas “cañadas oscuras” tienen nombres: Adamuz, Gelida; y tantos hogares donde se llora. Y, a pesar de todo, la fe nos permite decir “tú vas conmigo”, no como una idea abstracta, sino como una presencia. Dios no es espectador del sufrimiento, no mira desde lejos: entra en nuestra historia, se acerca al corazón herido, sostiene al que ya no puede más. La segunda lectura que hemos escuchado nos ofrece un fundamento firme: “¿Quién nos separará del amor de Cristo?”. San Pablo enumera todo lo que parece capaz de romper la vida: tribulación, angustia, persecución, hambre, desnudez, peligro, espada… y nosotros añadimos hoy: accidente, golpe, pérdida repentina, duelo. Y san Pablo concluye: nada, absolutamente nada, “podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro”. Esta es la certeza cristiana que hoy proclamamos con temblor y con dolor, pero también con esperanza: la muerte no tiene la última palabra.
- El Evangelio nos conduce al corazón del misterio: la cruz. San Marcos nos presenta a Jesús en la hora más dramática: “Desde la hora sexta hasta la hora nona, vinieron tinieblas sobre toda la tierra”. Tinieblas como las que también nosotros hemos experimentado. Y Jesús, desde la cruz, grita: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Es importante escucharlo bien: Jesús no se desentiende del dolor humano. No lo contempla desde fuera. Lo asume, lo carga, lo atraviesa. El Hijo de Dios entra en la noche del hombre, entra en el silencio del que sufre, entra en el desconcierto del que no entiende. Por eso, cuando hoy nosotros preguntamos “¿por qué?”, no estamos fuera de la fe. Estamos dentro del Evangelio. La fe no es negar la herida, es mirarla con Cristo y desde Cristo. Y, desde la cruz, se abre un camino sorprendente: porque el centurión, viendo morir a Jesús, confiesa: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios”. En la hora de la muerte, se revela un amor que no abandona.
- El Evangelio, en la siguiente escena nos lleva al amanecer del tercer día: las mujeres van al sepulcro y escuchan: “Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado: ha resucitado; no está aquí”. He aquí el núcleo de nuestra esperanza. No estamos celebrando hoy un homenaje, ni un consuelo psicológico, ni un ejercicio de memoria. Estamos celebrando la Eucaristía: el memorial de la Pascua, de la muerte y resurrección del Señor, del amor que atraviesa la muerte y nos abre a una nueva vida.
- En esta Catedral, corazón de nuestra diócesis, en esta Eucaristía que es sacrificio de amor, encomendamos a los fallecidos a la misericordia infinita de Dios. Pedimos al Señor que los acoja en su paz, que los lleve a la luz de su rostro, que los introduzca en la vida que no termina. Recordamos especialmente a Fernando Huerta Jiménez. Pedimos también por los heridos, por quienes han sobrevivido con secuelas físicas o psicológicas; por quienes reviven una y otra vez el instante del horror; por los equipos de emergencia que han visto escenas durísimas; por los profesionales que han acompañado el duelo. Y pedimos por todos nosotros: para que el dolor no nos endurezca, para que la tristeza no nos encierre, para que la prueba no nos robe la fe. Pedimos especialmente por los familiares, para que el Señor os conceda la fortaleza y el consuelo necesarios para seguir adelante.
- Lo ponemos todo bajo el amparo maternal de la Santísima Virgen María, que estuvo de pie junto a la cruz, que conoce bien el dolor, que no huye del sufrimiento, y que nos conduce hacia su Hijo resucitado. A Ella le confiamos a los difuntos y a sus familias. Que María Santísima de la Esperanza Macarena, nos ayude y nos enseñe a esperar cuando cuesta, y a amar cuando duele. Queridos hermanos: Cristo ha muerto y ha resucitado. Él es luz y consuelo en nuestro dolor. Pedimos al Señor que transforme nuestro llanto en confianza, nuestra herida en compasión, nuestra noche en esperanza. Así sea.

