DOMINGO IV DEL TIEMPO ORDINARIO, por Manuel Pozo Oller

Diócesis de Almería
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La diócesis de Almería es una sede episcopal sufragánea de la archidiócesis de Granada, en España. Su sede es la Catedral de la Encarnación de Almería.

El evangelio de san Mateo sitúa la predicación de las Bienaventuranzas en una pequeña colina cercana a Cafarnaúm. Jesús sube al monte, toma asiento, como era costumbre en los maestros de su época para enseñar con autoridad, y se dirige a los presentes con el discurso que se conoce como el sermón del monte (cap. 5 al 7). La escena evoca a Moisés y los acontecimientos del Sinaí con la novedad de que la predicación de Jesús es anuncio de la nueva alianza que supera a la ley del Sinaí.

En este domingo IV del tiempo ordinario nos detenemos en la contemplación del pórtico de este conjunto de enseñanzas (5,1-12a) que, en palabras del Papa Francisco, «son los “nuevos mandamientos”, que superan las normas y señalan el camino nuevo para hallar la felicidad» (Catequesis 20 enero 2020). Estas enseñanzas son consideradas como la “carta magna” y el “corazón del Evangelio”.

El dominico P. Garrigou-Lagrange, teólogo y filósofo francés, en su precioso tratado de Las tres edades de la vida interior, nos explica el significado de las enseñanzas de Jesús del modo siguiente: «Las ocho bienaventuranzas del sermón de la montaña condensan de modo admirable los principios que constituyen el ideal de la vida cristiana y revela toda su sublimidad». Más adelante, prosigue el autor citando a san Agustín y santo Tomás de Aquino, proponiendo un itinerario de vida espiritual que lleva a la felicidad plena: «Las ocho bienaventuranzas van en orden ascendente: las tres primeras, que harían más referencia a la vía purificativa de la vida espiritual, miran a la felicidad que se encuentra en la huida y liberación del pecado, en la pobreza sobrellevada por amor de Dios, en la mansedumbre y en las lágrimas de la contrición. Las dos bienaventuranzas siguientes, que harían referencia a la vía iluminativa de la vida espiritual, pertenecen a la vida activa del cristiano: se refieren a la sed de justicia y a la misericordia con el prójimo. Y vienen luego las tres bienaventuranzas últimas, que harían referencia a la contemplación de los misterios divinos: la limpieza de corazón que dispone a ver a Dios, y la paz que acompaña a la verdadera sabiduría. En fin, la última y más perfecta de las bienaventuranzas, es la que concentra o reúne las anteriores en el centro mismo de la persecución sufrida por la justicia; son las últimas pruebas, condición indispensable de la santidad» [Tomo I (Madrid 1975) 160 y 185].

Las Bienaventuranzas son el programa de vida del seguidor de Jesús. La felicidad, remitiéndome a la traducción del profesor Juan Mateos, la encontramos en aquellos que «no tienen el corazón apegado ni al dinero ni a las cosas, porque tienen a Dios por rey».

Manuel Pozo Oller

Párroco de Montserrat

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