

Como demuestra gráficamente la foto adjunta, hemos visitado al Papa los miembros del Consejo Episcopal de Guadix, correspondiendo a la gentil invitación de nuestro obispo don Francisco Jesús. Los días de Roma me han permitido recordar los años de estancia en el Colegio Español y en la Universidad Gregoriana…, nunca tendré gratitud suficiente ni para aquellos años, ni para estos días. Mi relación con Roma viene de antiguo: con diez años me llevaron a cantar ante San Pablo VI como miembro de la Escolanía. Desde entonces, mis visitas han sido frecuentes en razón de estudios o de peregrinaciones guiadas de muy diversa índole. El amable lector comprenderá que mis emociones romanas, tras conocer y saludar personalmente a bastantes papas, estén un tanto corregidas por la reiteración.
Ahora bien, esta vez, en la audiencia con el papa León, la conmoción ha sido completa y especial: con anterioridad a nuestro saludo, el Papa se multiplicó pacientemente en recibir a un numeroso grupo de enfermos en sillas de ruedas, discapacitados y ciegos. Una madre le indica que su niña de doce años es ciega de nacimiento; para «verle» su hija necesita palpar el rostro y la sotana del papa. Inmediatamente, León XIV se quita las gafas y se deja tocar en el rostro, la cabeza y las ropas durante un buen rato, todo el que necesitó la ciega para hacerse idea interior de lo que estaba palpando exteriormente.
He podido visitar varias veces a San Juan Pablo II y en otras ocasiones a Benedicto XVI y al Papa Francisco, pero en esta ocasión debo admitir que el gesto papal ante la niña invidente me llegó a lo más hondo de mi hondura sacerdotal.
Me ha parecido que el Papa se comporta como una especie de párroco del mundo, cuya veracidad doctrinal es pareja con sus actitudes completas. Me explico: en la catequesis previa a los encuentros personales, Prevost habló de San Agustín y de nuestra amistad con Dios. Según el doctor de Hipona, para la amistad se requiere igualdad; ahora bien, nosotros no somos iguales a Dios… ¿Cómo podemos ser sus amigos? Muy sencillo, Dios se ha igualado con nosotros. Hasta aquí, mal resumido, el discurso papal previo. Lo precioso es que el Papa no sólo proclamó este agustiniano mensaje tan lleno de dignidad, sino que lo hizo veraz y auténtico, igualándose a la invidente para que pudiera palparle.
Aquí, predicar y dar trigo fueron una sola y misma cosa. No tengo gratitud suficiente. Manuel Amezcua Morillas

