Huelva celebra a San Sebastián desde el silencio, la fe y la esperanza cristiana

Huelva celebra a San Sebastián desde el silencio, la fe y la esperanza cristiana

La ciudad de Huelva se reunió en la parroquia de San Sebastián para celebrar, en un clima profundamente sobrio y orante, la Memoria Litúrgica de su patrón. El templo se encontraba abarrotado de fieles y representantes institucionales que quisieron acompañar a la comunidad cristiana en una Eucaristía marcada por el dolor compartido y la esperanza evangélica.

Asistieron a la celebración la alcaldesa de Huelva junto a miembros de la corporación municipal, el presidente de la Diputación Provincial con varios diputados, el delegado del Gobierno de la Junta de Andalucía y distintos delegados territoriales, la subdelegada del Gobierno de España, una consejera de la Junta de Andalucía, así como representantes de las hermandades parroquiales y miembros del Consejo de Hermandades.

Desde el inicio de la celebración se hizo explícita la intención de oración por las víctimas del trágico accidente ferroviario de Adamuz, así como por sus familiares y seres queridos. La suspensión de los actos festivos en honor a San Sebastián fue vivida, tal como se subrayó durante la homilía, no como una pérdida de devoción, sino como un gesto elocuente de respeto, cercanía y comunión con el sufrimiento que atraviesa a tantas familias.

En su homilía, Mons. Santiago Gómez Sierra reconoció el dolor que embarga a la ciudad y afirmó que la Iglesia no ofrece respuestas fáciles ante el misterio del sufrimiento, sino la cercanía, el consuelo y la oración. “No estamos aquí para entender lo incomprensible, sino para llorar con los que lloran y poner este dolor inmenso en manos de Dios”, señaló el obispo, recordando que el mismo Jesucristo lloró ante la muerte de su amigo Lázaro.

El prelado destacó que la fe cristiana no niega el dolor, pero se atreve a proclamar una esperanza humilde y firme: la certeza de que la muerte no tiene la última palabra. Desde la resurrección de Cristo, afirmó, los cristianos confían en una vida nueva, plena y definitiva, donde Dios acoge a cada persona por su nombre y enjuga toda lágrima.

Dirigiéndose especialmente a quienes sienten su fe sacudida por esta tragedia, el obispo recordó que Dios permanece incluso en el silencio y acompaña a su pueblo en el duelo. En este contexto, la figura de San Sebastián adquiere un significado renovado como testigo de fidelidad en medio del sufrimiento, recordando que Dios no abandona a quienes padecen injustamente.

Mons. Gómez Sierra invitó a la comunidad a vivir esta jornada como una forma auténtica de honrar al patrón de Huelva: desde la compasión, la cercanía y el compromiso con quienes más sufren. Asimismo, pidió la intercesión de San Sebastián para que la ciudad permanezca unida, sostenga a las familias golpeadas por la tragedia y transforme el luto en un renovado compromiso con la vida, la responsabilidad y la solidaridad.

La celebración concluyó con una intensa oración por el eterno descanso de las personas fallecidas y con una llamada a caminar como comunidad cristiana vigilante y esperanzada, sabiendo que la vida terrena no es el final, sino camino hacia la plenitud del amor de Dios, en comunión con todos los santos.

HOMILÍA

«Hermanas y hermanos, amados por el Señor: 

Hoy nos reunimos como ciudad y comunidad cristiana apenada. En el calendario litúrgico celebramos la fiesta de San Sebastián, nuestro patrón, día que normalmente vivimos como jornada de alegría, encuentro y fiesta. Sin embargo, en esta ocasión el silencio ha sustituido a la música, y el sobrecogimiento ha tomado el lugar del regocijo. La suspensión de las fiestas no es un menosprecio devocional por nuestro Patrón, sino un gesto elocuente de respeto ante el dolor que nos aflige, desde el pasado domingo, a raíz del accidente ferroviario en Adamuz. 

Absorben nuestra atención las noticias, los comentarios, el recuerdo de nombres, historias, rostros de personas únicas e irrepetibles: niños, jóvenes, adultos, ancianos, hombres y mujeres, que hasta hace dos días compartían la vida de cada día con nosotros y que hoy nos faltan de un modo inesperado y doloroso. 

Ante tanto sufrimiento no tenemos explicaciones fáciles ni respuestas apresuradas a tantos por qué. No estamos aquí para entender lo incomprensible. Sencillamente, queremos llorar con los que lloran, sostenernos unos a otros, y poner este dolor inmenso en manos de Dios, nuestro Padre, cuyo amor no nos abandona ni en la vida ni en la muerte. Como fieles cristianos traemos ante Dios nuestro desconcierto, nuestro disgusto y las preguntan y el dolor de los que lloran a sus familiares y amigos, también nuestras oraciones por el eterno descanso de los que han muerto. 

El mismo Jesús lloró por la muerte de su amigo Lázaro. El Evangelio nos muestra así que Dios no es indiferente a nuestras lágrimas. No mira el dolor desde lejos. En Jesucristo, Dios ha entrado en nuestro valle de lágrimas, ha sufrido el miedo y la angustia hasta sudar sangre, conoce el dolor que provoca la muerte. Por eso hoy podemos presentarnos ante Él tal como nos sentimos. 

Pero en medio de esta oscuridad, la fe cristiana se atreve –con humildad a pronunciar una palabra, para que no nos aflijamos 

como los hombres sin esperanza. No es una esperanza ingenua que niega el dolor, sino una esperanza que nace precisamente desde la cruz de Cristo. 

Creemos que la muerte no tiene la última palabra. Creemos que Jesús, que murió y fue sepultado, resucitó al tercer día. Y creemos que su resurrección no fue solo para Él, sino para todos. Como dice San Pablo: «Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él”. 

No sabemos cómo será esa vida nueva. No podemos describirla. Pero confiamos en que es una vida plena, sin lágrimas, sin violencia, sin accidentes, sin despedidas. Confiamos en que estas personas, a quienes hoy lloramos, están ahora en manos de un Dios que es Padre, que conoce sus nombres y recoge cada una de sus historias y las abraza en su amor infinito. 

A quienes sienten que esta tragedia ha sacudido su fe, la Iglesia les dice: no estáis solos. Dios permanece, incluso cuando parece callar. Él recoge nuestras lágrimas y camina con nosotros en este duelo. ÉI permanece, incluso cuando nosotros no lo sentimos. 

En esta aflicción de Huelva, la figura de nuestro patrón San Sebastián adquiere un significado especial. Él fue un hombre joven, soldado, que permaneció fiel en medio de la persecución y la violencia, un testigo que conoció el sufrimiento injusto y la fragilidad de la vida. Su martirio no glorifica el dolor, pero nos recuerda que Dios no abandona a quienes sufren, y que la fidelidad, la solidaridad y la esperanza pueden brotar incluso en los momentos más oscuros. 

Hoy no celebramos a San Sebastián con músicas ni procesiones, sino con fe, con compasión, con cercanía, con un corazón atento al dolor de nuestros vecinos y familiares. Quizá esta sea una de las formas más auténticas de honrar a nuestro Patrón. Pidamos a San Sebastián que interceda por nuestra ciudad, que nos ayude a permanecer unidos, a sostener a las familias que han perdido a sus seres queridos, y a transformar este luto en un compromiso renovado con la vida, la justicia y el cuidado mutuo. 

Pidamos hoy la gracia de acompañarnos como comunidad, de no dejar solos a quienes más sufren, de convertir este dolor en un compromiso más profundo con la vida, con el cuidado, con la responsabilidad y con la solidaridad. También, supliquemos el auxilio del Señor para vivir vigilantes, como los siervos buenos y fieles que aguardan a que su Señor vuelva y llame, porque sabemos que aquí no tenemos domicilio permanente, sino que caminamos en busca de la ciudad futura. 

Que en este golpe que nos entristece, nos sostenga la esperanza humilde y firme de saber que esta vida terrena no es el final, sino que se abre a otro modo de existir en el amor de Dios para siempre. 

Que el Señor conceda el descanso eterno a nuestros hermanos y hermanas que han muerto. Y la intercesión de nuestro patrón, San Sebastián, nos ayude a caminar buscando su compañía en la asamblea a de los santos, porque (como reza un himno litúrgico): 

‘Cuando el Rey nos ame y nos mire, 
para que nosotros le amemos, 
y podamos hablar con él 
sin palabras, cuando gocemos 
de la compañía feliz 
de los que aquí tuvimos lejos, 
entonces, sólo entonces, estaremos contentos.

Amén.

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