
Homilía de Mons. Jesús Catalá en la Eucaristía con motivo del Día del Seminario 2025 celebrada en la Catedral de Málaga
DÍA DEL SEMINARIO
(Catedral-Málaga, 16 marzo 2025)
Lecturas: Gn 15, 5-12.17-18; Sal 26; Flp 3, 20 − 4, 1; Lc 8, 28b-36.
(Domingo Cuaresma II-C)
1.- La transfiguración en el monte
El evangelio de san Lucas narra el hermoso pasaje de la transfiguración del Señor en un monte alto, lugar preferente para las manifestaciones y revelaciones de Dios a su pueblo; se trata, por tanto, de un acontecimiento especial de revelación de la persona y de la misión de Jesús.
Vamos a comentar tres elementos de la naturaleza que indican la presencia de Dios. Para indicar esa presencia se recurre a uno de los símbolos más significativos en la tradición: una nube que les envuelve: «Estaba diciendo estas cosas cuando se formó una nube y los cubrió con su sombra; y al entrar en la nube, se llenaron de temor» (Lc 9, 34).
La nube significa la presencia protectora y salvadora de Dios, como narra el relato del éxodo de Egipto (cf. Ex 13, 21; Sal 77, 14)). Su presencia, simbolizada en la nube, da firmeza a la fe y a la esperanza en las dificultades del duro camino.
En la transfiguración Jesús quiere afianzar la fe de sus discípulos en su persona. Este acontecimiento es el anticipo del final glorioso, como una primicia de su gloria ante la dureza del camino que conduce a la muerte de cruz, que provocará un profundo escándalo en los discípulos. El final concluye con la victoria, el triunfo y la gloria. La transfiguración anticipa la gloria que se manifestará después en la resurrección del Señor.
La liturgia actualiza los acontecimientos salvadores de Jesús. La trasfiguración revela al creyente de hoy que Dios no defrauda; que en su pedagogía divina le ofrece en cada momento lo que necesita para seguir caminando en el discipulado de Jesús. También a nosotros nos va acompañando la presencia de Dios en medio de las dificultades de esta vida, en las caídas, en los obstáculos. El Señor nos acompaña, como acompañó a los discípulos en el camino de Emaús (cf. Lc 24, 13-35).
2.- La oración transformadora
Otro elemento de la naturaleza es la luz. Jesús tomó consigo a sus tres discípulos preferidos y subió al monte. Queridos seminaristas, ¿a qué subió Jesús al monte? ¿A pasear con sus discípulos? Subió a orar: «Y sucedió que, mientras oraba, el aspecto de su rostro se mudó, y sus vestidos eran de una blancura fulgurante» (Lc 9, 29).
En la oración el rostro del Señor se transforma y la presencia de Dios-Padre ilumina el rostro de su Hijo amado. Dios ofrece a los discípulos un anticipo de la gloria de Jesús. Y él nos enseña con su ejemplo la necesidad de la oración y los buenos frutos que se obtienen con ella. Siendo Dios la Luz, quien se acerca a Él en la oración, en la contemplación, en la mirada, queda iluminado y transformado; su presencia es transformante, transfigurante. El Señor nos invita a que lo contemplemos, porque contemplar a quien es la luz, la bondad, la transparencia, nos hace más bondadosos, más luminosos, más transparentes.
La mirada humana no ve las cosas transcendentes con claridad, puesto que los propios intereses, los deseos internos, los planes personales y los estímulos externos ofuscan nuestra mirada y no podemos ver con claridad. Hace falta mirar a Jesús, para empaparnos de su mirada; y ver las cosas con su Luz. Necesitamos la Luz de Dios, que ilumina nuestra vida, tal como hemos rezado en el Salmo: «El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?» (Sal 26,1).
Es preciso ver con los ojos de la fe y de la esperanza cristianas; y obtener una mirada de caridad, de misericordia y de bondad hacia todas los demás.
3.- La voz del Padre
Además de la nube y la luz, ¿cuál es el tercer elemento? La Voz. La figura del Padre aparece con la confesión e invitación solemne: «Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle» (Lc 9, 35). Se trata de un mandato; porque es la Palabra del Padre, el Verbo que nos dice cómo es el Padre.
En adelante la presencia de Dios y el lugar de encuentro con él ya no será en la nube, la luz, u otros elementos naturales como sucede en otras religiones (sol, luna, árbol, monte, agua); sino que será su propio Hijo, Jesucristo, hecho hombre.
Los hombres somos invitados a escuchar a Jesús, que tiene palabras de vida eterna, según la confesión de san Pedro (cf. Jn 6, 68). Necesitamos escuchar la Palabra de Jesús, a través de su Iglesia, para profesar la fe apostólica. A lo largo de la historia de la salvación aparece muchas veces la invitación a escuchar la voz de Dios. Los israelitas tenían muy presente el mandato: “Escucha, Israel” (cf. Dt 5, 1; 6, 4; 9, 1; Mt 12, 29).
La palabra de Dios ha sido siempre una oferta de libertad; pero ha encontrado muchos obstáculos para ser acogida y vivida. Aunque en muchos aspectos sea incomprensible para el hombre, la palabra de Dios no destruye ni coarta la libertad del hombre, porque éste ha sido creado por Dios a su imagen y semejanza (cf. Gn 1, 26).
Queridos seminaristas, el Señor os llama para que le respondáis con diligencia y con plena libertad; vuestro “sí” debe ser libre y agradecido como el de la Virgen María (cf. Lc 1, 38). Es un “sí” que libera. La respuesta libre debe hacerla también todo cristiano. Cuando los no-creyentes nos critican que somos esclavos de los mandamientos, hemos de responder que somos muy libres para aceptar el amor de Dios; mientras que los que siguen sus propios deseos, son esclavos de ellos mismos.
Dios no tiene otra Palabra plena y definitiva más que la del Hijo; todo lo que nos quería decir Dios, nos lo ha dicho ya en Jesucristo. Por eso no hay que buscar otras palabras, ni otras revelaciones. Lo que llaman revelaciones posteriores, no son tales; sino simplemente aclaraciones o esclarecimientos de lo ya dicho, pero no hay “novedad de revelación”.
Primero escuchamos al Hijo, Jesucristo, y después a sus apóstoles y a sus sucesores en la Iglesia, porque el mismo Jesús ruega por aquellos que creerán a través de la palabra de ellos (cf. Jn 17, 20). Jesús nos felicita y nos llama bienaventurados por creer en su palabra.
4.- El “Día del Seminario”
Celebramos hoy el “Día del Seminario” con motivo de la fiesta de san José, patriarca de la Iglesia universal y protector de las vocaciones al sacerdocio. En esta jornada la Iglesia nos invita a dar gracias a Dios por los sacerdotes y a pedir vocaciones al ministerio sacerdotal. No solemos apreciar la presencia y el servicio de los sacerdotes, porque estamos acostumbrados a tenerlos siempre en nuestras parroquias; pero hemos de ser agradecidos, quererlos, acompañarlos y ayudarlos.
Además de dar gracias a Dios por los sacerdotes, hemos de pedir por las vocaciones al ministerio sacerdotal, porque los sacerdotes son necesarios para celebrar el misterio pascual. Jesucristo ha confiado esta misión a los sacerdotes.
En este año celebramos el centenario del primer curso de seminaristas que vivió en el Seminario diocesano, construido por san Manuel González. Aunque no hay una fecha exacta, el edificio del Seminario fue terminado en 1923. Por ello damos gracias a Dios y pedimos que el Buen Pastor nos conceda santos y sabios sacerdotes, buenos pastores según su corazón.
El lema que orienta esta jornada es: «Sembradores de esperanza», que va de la mano con el año Jubilar 2025. La esperanza implica confiar en un futuro mejor, pese a todas las dificultades; significa no perder la ilusión, ni desanimarse; sobre todo significa la esperanza en la vida eterna.
Todos tenemos la misión ser «Sembradores de esperanza»; y, como el apóstol Pablo, hemos sido llamados a ser apóstoles «de Cristo Jesús por mandato de Dios, Salvador nuestro, y de Cristo Jesús, esperanza nuestra» (1 Tim 1, 1).
Vosotros, queridos seminaristas, debéis responder a la llamada del Señor siendo buenos “Sembradores de esperanza”. Nuestro mundo necesita mucha esperanza, porque hay muchas cosas que no funcionan bien, a causa de la corrupción del ser humano por el pecado original. No podemos echar la culpa a Dios de los males que nos toca vivir; porque Dios no tiene la culpa, ni se goza haciéndonos sufrir. Muchos problemas (guerras, sufrimientos) son debidos a la toma de decisiones egoístas de los humanos.
Rezamos por nuestros seminaristas y formadores, agradeciendo a los primeros que respondan con prontitud a la llamada del Señor y a los formadores su dedicación y generosidad en su tarea; y pedimos a Dios que siga enviando obreros a su mies, que sirvan a la Iglesia como ella desea ser servida.
Pedimos la intercesión de san José y de María Santísima en la advocación de la Victoria, Patrona de la Diócesis, para que intercedan ante su Hijo y ayuden a los candidatos a responder a la llamada del Señor con fidelidad y con alegría. Amén.

