
Es imposible evitar el boom mediático que ha provocado el segundo largometraje que han dirigido Javier Ambrossi y Javier Calvo, los Javis. Se trata de una película que merece la pena no perderse. La película trasciende la experiencia concreta: la homosexualidad, la represión, la vergüenza, la memoria de quien tuvo que esconderse. Lo propiamente queer ha quedado absorbido por lo humano contándonos una historia profunda llena de personajes que no pueden vivir quienes son. De alguna forma nos obliga a preguntarnos qué hacemos con nuestra propia historia.
Una mirada superficial nos hará buscar culpables, como si cada uno fuera el único responsable de su propia tragedia; pero más allá de la culpa personal, la narrativa nos muestra que hemos recibido una herencia sangrante. Lo que una generación silencia, la siguiente lo hereda y una tercera lo recibe sin conocer el origen. Carlos (Lorca), Sebastián y Alberto, son los eslabones donde la herida sigue abierta. Porque la memoria es más que un museo de injusticias, es aquello que sigue viviendo dentro de nosotros, quizá de manera imperceptible, pero real. Sin embargo, heredar una herida no significa estar condenado a repetirla.
Luchar contra nosotros mismos o huir de nuestra identidad son errores que con frecuencia nos impiden construir algo nuevo. Cuando hablamos de aceptarnos, no podemos quedarnos en la afirmación de nuestra identidad como algo individual. Aceptarse es preguntarse por la verdad de nuestra historia. De dónde venimos, qué hemos recibido, qué nos ha herido, qué hacemos con las heridas y qué queremos transmitir. Ni individual, ni colectivamente se puede construir desde el conflicto con nosotros mismos.
Por ello la cuestión no es simplemente “¿qué nos pasó?”, sino sobre todo “¿qué vamos a hacer con lo que nos pasó?”. Es en este punto en el que acontece la redención. Porque nuestra tarea no es solo sanar, también exige cortar la hemorragia para que no siga atravesando generaciones. La memoria debe dejar de ser condena para transformarse en camino. La herida debe dejar de ser destino y, aunque no quede borrada, aunque deje cicatriz, porque la redención no la elimina, nos debe quedar la certeza de que no tiene la última palabra.
Jesús Martín Gómez
Párroco de Vera















