
Fotografía: Monseñor José Rico Pavés junto a los nuevos neófitos que han recibido los Sacramentos de Iniciación Cristiana en la Vigilia Pascual.
Monseñor José Rico Pavés, Obispo de Asidonia-Jerez, ha presidido en la Santa Iglesia Catedral las celebraciones del Triduo Pascual, centro del año litúrgico, culminando con la Eucaristía del Domingo de Resurrección en el primer templo de la Diócesis.
JUEVES SANTO, MISA CENA DEL SEÑOR
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El Jueves Santo la Santa Iglesia Catedral acogía el inicio del Triduo Santo con la celebración de la Cena del Señor, presidida por el Obispo de Asidonia-Jerez. Tras las distintas celebraciones litúrgicas previas, como la bendición de ramos y palmas y la Misa Crismal, el Pueblo de Dios se reunía junto a su pastor para conmemorar la Última Cena del Señor.
Monseñor José Rico Pavés centró su homilía en el mandamiento del amor como seña de identidad del cristiano, recordando las palabras de Cristo: “que os améis unos a otros como yo os he amado”. En este sentido, subrayó que lo que la Iglesia celebra en estos días no es solo un don recibido, sino a Jesucristo mismo convertido en don, cumpliendo la promesa de un “corazón nuevo”, capaz de amar con el mismo amor de Dios.
El Sr. Obispo explicó que la vocación del cristiano es aprender a amar como Cristo, un camino que ensancha el corazón, abre horizontes y permite anticipar la alegría eterna. Asimismo, destacó que la liturgia no se limita a recordar hechos pasados, sino que hace a los fieles partícipes del misterio de la pasión, muerte y resurrección del Señor, permitiéndoles ser contemporáneos de esos acontecimientos.
En esta línea, invitó a vivir el Triduo Santo con una fe viva, reconociendo que Cristo sigue pasando por la vida de cada persona. Recordó, a partir de san Agustín, la importancia de no dejar pasar esa presencia del Señor, acogiendo las ocasiones en las que se hace cercano como camino, verdad y vida.
Asimismo, destacó la centralidad de la Eucaristía en la vida de la Iglesia, señalando que en ella se hace presente Cristo mismo como alimento para sostener el camino del cristiano. Subrayó que el amor de Cristo, tal como recoge el evangelista san Juan, es un amor “hasta el extremo”, es decir, sin límite, manifestado en toda su vida y especialmente en la pasión.
El prelado explicó que este amor se expresa en la entrega total de Cristo, que, siendo Señor, se hace siervo y se postra a los pies de sus discípulos, mostrando que no hay amor verdadero sin servicio. De este modo, señaló que el mandamiento del amor no es una carga, sino un don que encuentra su fundamento en la Eucaristía, sin la cual no es posible vivir la caridad.
En este contexto, recordó que esta jornada es también una ocasión para dar gracias por el ministerio sacerdotal, citando a san Juan María Vianney al afirmar que el sacerdote es “amor del corazón de Cristo”. Invitó a orar por los sacerdotes, para que en su vida, palabras y gestos se transparente ese amor, especialmente en el modo de acompañar el sufrimiento de los demás.
Finalmente, animó a aprovechar la celebración del Triduo Santo para dejarse amar por Cristo y aprender de Él el servicio, la humildad y la entrega a los demás. Encomendó a todos a la protección de la Virgen María, invitando a confiar la vida a su intercesión para crecer en la configuración con su Hijo.
La celebración estuvo marcada por los gestos propios de este día, especialmente la institución de la Eucaristía y del sacerdocio, así como el mandamiento del amor fraterno. Al término de la Eucaristía, el Santísimo Sacramento fue trasladado a la Capilla de la reserva, donde permaneció para la adoración de los fieles.
VIERNES SANTO, CELEBRACIÓN DE LA PASIÓN DEL SEÑOR
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El Viernes Santo tuvo lugar la celebración de la Pasión del Señor, también presidida por Monseñor José Rico Pavés, en la que el signo de la cruz y su adoración ocuparon un lugar central.
En esta celebración, la Iglesia contempló la entrega total de Cristo en la cruz, recordando su pasión y muerte, en un clima de recogimiento y oración. Los fieles participaron en la adoración de la cruz, signo del amor redentor de Cristo, y en la comunión eucarística.
Durante la homilía, el Monseñor Rico Pavés recordó que la liturgia no es una simple evocación de hechos del pasado, sino una participación real en el misterio de la salvación, en la pasión, muerte y resurrección de Cristo. En este sentido, subrayó que la celebración permite a los fieles hacerse contemporáneos de estos acontecimientos y vivirlos desde la fe.
El prelado explicó que el Triduo Santo se abre con el mandamiento del amor, invitando a los discípulos a amarse unos a otros como Cristo ha amado, un amor que —señaló— se manifiesta «hasta el extremo». Destacó que Jesucristo responde con amor a todas las situaciones de sufrimiento, desprecio y humillación, y que ese mismo amor es el que ofrece a los fieles para que puedan vivirlo en su propia vida.
Asimismo, indicó que este amor se hace presente en la Eucaristía, donde el Señor se entrega para que quien comulga viva por Él, recordando que el verdadero amor se expresa en el servicio, en ponerse a los pies de los demás y en anteponer el bien de los otros al propio.
A continuación, el Sr. Obispo explicó el sentido de la celebración de la Pasión del Señor, señalando sus partes principales: la escucha de la Palabra de Dios, la oración universal, la adoración de la cruz y la comunión. Subrayó que sin la escucha de la Palabra no se alimenta la fe y que estos días invitan a acoger interiormente lo que el Señor comunica.
En relación con la adoración de la cruz, destacó que la Iglesia invita a reconocer en ella el misterio de la redención, mediante el gesto de veneración que expresa la fe en Cristo. Invitó a abrazarse a la cruz para comprender el sentido de la vida como don y descubrir en ella la esperanza, incluso en medio de las dificultades.
El prelado animó también a vivir este tiempo como una oportunidad para amar como Cristo, llevando paz donde hay conflicto, comunión donde hay división y esperanza donde otros no la encuentran.
Finalmente, señaló que la celebración culmina en la comunión con Cristo, invitando a dejarse amar por Él para poder amar a los demás, y puso como ejemplo a la Virgen María, que permanece fiel al pie de la cruz.
SÁBADO SANTO, VIGILIA PASCUAL
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La noche del Sábado Santo, la Santa Iglesia Catedral acogió la solemne Vigilia Pascual, la celebración más importante del año litúrgico, presidida por el Sr. Obispo.
La celebración comenzó en el exterior del templo con la bendición del fuego nuevo y el encendido del Cirio Pascual, símbolo de Cristo resucitado. Posteriormente, los fieles entraron en la Catedral para continuar con la liturgia de la Palabra, la liturgia bautismal y la liturgia eucarística.
El prelado inició su homilía recordando que las primeras palabras de Cristo resucitado en el Evangelio son una invitación a la alegría: “Alegraos”. Subrayó que la Resurrección es el fundamento de una alegría que va más allá de cualquier dificultad personal, ya que Cristo vive para siempre.
El Sr. Obispo explicó que, a lo largo del Triduo Santo, la Iglesia ha permitido contemplar el amor de Cristo, un amor que se manifiesta en la entrega total, sin reservarse nada, cargando con el pecado, ofreciendo el perdón y poniéndose al servicio de los demás. En esta Vigilia Pascual, indicó, la liturgia introduce a los fieles en ese misterio a través de signos que ayudan a comprender cómo ama el Señor.
En este sentido, destacó el paso de la oscuridad a la luz como uno de los signos centrales de la celebración, afirmando que Cristo es la luz que guía la vida del cristiano. Invitó a abandonar la tiniebla del pecado y a dejarse conducir por la luz de Cristo, que permite orientarse, conocerse a uno mismo y reconocer a los demás.
Asimismo, señaló que la escucha de la Palabra de Dios en esta noche permite pasar de la ignorancia al conocimiento, ayudando a responder a las preguntas fundamentales sobre el origen y el sentido de la vida. Recordó que la vida es un don y que sólo desde Cristo se puede comprender plenamente su significado.
Dirigiéndose especialmente a los catecúmenos, destacó que, a través de los sacramentos de la iniciación cristiana, iban a pasar de la muerte a la vida, recibiendo una vida nueva como hijos de Dios. Añadió que este momento no sólo afecta a quienes reciben los sacramentos, sino que también invita a los ya bautizados a renovar su propia vida cristiana.
Monseñor Rico Pavés subrayó también la importancia de la Eucaristía como alimento para la vida cristiana, especialmente en medio de las dificultades del mundo actual. Invitó a vivir cada día lo que la Iglesia propone en la Vigilia Pascual: pasar con Cristo de la oscuridad a la luz, de la ignorancia al conocimiento, de la muerte a la vida y de la soledad a la comunión.
En su mensaje a los nuevos miembros de la Iglesia, les animó a preguntarse por su lugar en ella y a responder a la llamada del Señor, ya sea a través del servicio, la catequesis o la participación activa en la vida parroquial y en las hermandades. Recordó que en el plan de Dios nadie se salva solo y que el testimonio de cada cristiano es fundamental para que otros puedan conocer a Cristo.
Finalmente, encomendó a todos a la protección de la Virgen María, pidiendo que la gracia recibida crezca y prepare para el encuentro definitivo con el Señor.
Por último, cabe destacar que esta Vigilia Pascual ha estado marcada por la alegría de la Resurrección y por celebración de los Sacramentos de la Iniciación Cristiana de varios catecúmenos, que han sido incorporados plenamente a la vida de la Iglesia.
DOMINGO DE RESURRECCIÓN
Tras la celebración de la Vigilia Pascual, la Santa Iglesia Catedral acogió en la mañana del Domingo de Resurrección la solemne Eucaristía presidida por Monseñor José Rico Pavés.
La Iglesia celebraba así el triunfo de Cristo sobre la muerte, entrando de lleno en la alegría pascual. Esta celebración, que ha contado como preludio con la salida de la Hermandad del Resucitado, ha permitido a los fieles profundizar en el misterio central de la fe cristiana: la Resurrección del Señor.
De este modo, la Iglesia Asidonense ha vivido intensamente el Triduo Pascual, corazón del año litúrgico, renovando su fe en Cristo muerto y resucitado, fuente de vida y esperanza para el mundo.
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